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jueves, 30 de enero de 2020

FEROZ


FEROZ
         Cuando recibí la segunda llamada supe que ya no había marcha atrás. Esa llamada nunca debió producirse. Caperucita no entendía mi desazón. Su cerebro robótico no era capaz de procesar datos que no fueran numéricos. Por desgracia para mi, en aquel momento de desesperación absoluta no tenía ninguna otra compañía así que se lo estaba contando a la máquina.
                   —Caperucita, es el fin. Ya nadie vendrá a rescatarme. Me quedaré aquí atrapada hasta que la estación reviente por falta de arreglos.
         Miré a la máquina. No sé si esperaba que me devolviera la mirada. En realidad no sabía qué esperar.
                   —Puede que antes de que eso ocurra se me terminen los alimentos ¡Qué ironía! morir de hambre por intentar salvar a un planeta que agoniza por causa de la sobreexplotación. Aunque es mucho más probable que me vuelva loca si no me sacan de aquí.
         Caperucita seguía a mi lado, impasible ante mi desesperada disertación.  No era el robot más moderno del mundo, pero era capaz