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miércoles, 30 de diciembre de 2020

TRAICIÓN

Antes de leer este relato te sugiero que leas No me creeis  ya que esta historia está enlazada con aquella.

TRAICIÓN

         A mis cincuenta y ocho años mi cuerpo ya no era fértil cuando todo se desató, pero hice todo lo posible por salvar la vida ante la que se nos venía encima y lo logré. Aunque nada es gratis y hay deudas que solo se saldan con lágrimas y dolor, esperaba poder seguir adelante cuando el poder cambiara de manos y sin embargo, estaba aterrada.

         Tras el encuentro con aquel ser comenzó a correr el tiempo que me había concedido para buscar un lugar seguro y pertrecharme de todo lo necesario para sobrevivir por un tiempo. Además había tenido que conseguir un trabajo en aquel edificio para vigilar de cerca hasta que se produjera el aviso. Me dijeron que sabría lo que era cuando llegase el momento. Sin embargo el plazo convenido había expirado antes de lo previsto. Cuando salí del despacho que se había convertido en mi lugar de trabajo y la vi correr desnuda y haciendo aspavientos con los brazos, mientras intentaba gritar sin voz supe que el momento había llegado.

         Cubrí el cuerpo de la hermosa joven asustada con mi vieja gabardina y mientras ella se deshacía en lágrimas de desesperación y terror la llevé al hospital a buscar respuestas. Sabía que no las encontraríamos, pero mi objetivo era ganarme su confianza. Era una cuestión de vida o muerte. De su vida y de su muerte para ser más exactos. De eso dependía también mi vida.

         Cuando le dijeron que no podían abrirle la boca supuse que era el momento de tomar cartas en el asunto, pero la muy terca se empeñó en intentar convencer a todo el mundo de que su locura era real, de que era terrible lo que le había pasado y que los alienígenas nos estaban invadiendo. ¡Qué necia! Al cabo de dos días estaba tan deshidratada y débil  que apenas era capaz de caminar. No podía seguir permitiéndolo. La llevé a mi guarida: una granja aislada en la montaña, lejos de la ciudad. Allí estaríamos seguras hasta que llegara el gran destructor. Teníamos combustible y placas solares para abastecernos de energía todo el tiempo necesario.



         Lo primero era asegurarme de que Karen se alimentara así que le abrí la boca con un cuchillo que cogí de la cocina. Le tuve que mentir diciéndole que ya lo había hecho antes muchas veces, porque casi la da un ataque de pánico. Sin duda fue lo más repugnante que había hecho en mi vida, pero desde aquel momento todo fue sórdido para mí. Por suerte la sangre del huésped hizo que la herida en que convertí su boca cicatrizara rápidamente.

         Desde ese día la cuidé y acompañé, a pesar de su carácter irascible y egoísta ¡Se creía la mujer más desgraciada del mundo y que todos estaban en su contra! Fue insufrible durante los dos meses que duró su extraño embarazo, pero me mantuve a su lado, por la cuenta que me traía. Sabía que el miedo crecía dentro de ella igual que el ser que estaba gestando, y ese mismo miedo crecía también dentro de mi según pasaban los  días y se acercaba el desenlace de aquella pesadilla.

         Karen estaba cada vez más gorda, más azul y más insoportable. Pasar el tiempo a su lado estaba siendo demasiado duro para mí, pero tenía que aguantar. Valdrack cumpliría su promesa cuando el aniquilador total naciera. Entonces yo quedaría liberada y gozaría del privilegio de ser una superviviente. Podría vivir de nuevo en la ciudad si mantenía mi lealtad y estaba dispuesta a mantenerla hasta el final.

         Parecía que el momento había llegado.

                   —Karen.

                   —¿Qué quieres?

                   —Tienes los pies azules.

         La muy pánfila se quedó pálida mientras el aniquilador se disponía a salir de su cuerpo. Mi gran momento había llegado, sabía lo que tenía que hacer. Había sido matrona en mi juventud así que sería fácil pasar ese trance. Pero por algún motivo mi cuerpo se paralizó. No había marcha atrás. Era ella o yo. Ella con su lozana juventud y siendo la madre del aniquilador tenía el futuro asegurado… si sobrevivía al parto. Sin embargo yo era una anciana infértil para Valdrack y ni siquiera estaba segura de si aquel engendro intergaláctico cumpliría su palabra de salvar mi vida, pasara lo que pasara.

                   —Juana, abrázame.

         Lo hice. Dos meses cuidándola habían hecho que hubiera nacido en mi un afecto que no podía ignorar. Karen estaba temblando. Yo también. El primogénito de Valdrack estaba llegando. Era hora de elegir entre mi vida y la de Karen. Ella era dulce antes de la violación y eso y un cuerpo flexible y joven la habían convertido en la anfitriona perfecta. Podría volver a ser dulce y feliz cuando todo pasara. Tendría un gran futuro por delante junto a la élite del nuevo mundo. Por eso había sido elegida por aquella civilización. Su sacrificio debía dar ejemplo a la humanidad para someterse al poder de aquellos seres.

         La ayudé a ponerse a cuatro patas para dar a luz, con semejante barriga no era capaz de mantenerse tumbada y respirar al mismo tiempo. Además estaba segura de que no sería capaz de hacer aquello mirándola a la cara.

         Mientras ella gritaba de dolor, o de miedo, clavándome su agudo grito en el cerebro, cogí la azada que guardábamos junto a la cama como defensa y con todas mis fuerzas descargué un tremendo golpe contra su nuca. Su  grito cesó y Karen se despanzurró en la cama boca abajo, como un bicho muerto, mientras entre sus piernas nacía aquel ser indefenso, deforme y azul. No podía creer lo que había hecho. Cogí al ser entre mis manos. Se retorcía, resbaladizo, emanando maldad a su alrededor.

                   —¡Valdrack!¡Cumple tu palabra!—Grité con todas mis fuerzas, muerta de miedo, pero segura de que el alienígena cumpliría. Acaba de matar a mi única compañía con tal de salvar mi vida. Las lágrimas rodaban por mi mejillas cuando llegó el padre, atravesando la puerta con su imponente presencia.

                   —Juana, admiro tu falta de escrúpulos. No creí que serías capaz de cuidar a la madre para que todo saliera bien, como te pedí. Y admiro la compasión que has demostrado al evitarle el sufrimiento de verse devorada por su progenie.—Le miré. Era enorme y azul y en aquel momento el ser más poderoso de la Tierra.— Te recompensaré.

                    —Así lo prometiste, mi señor— ¿Porqué le hablaba así? ¿Acaso ya me sentía sometida?

                   —Te lo has ganado.

         Con su vástago aún retorciéndose entre mis brazos, Valdrack alargó su mano hacia mi cara. Creí que iba a imbuirme de algún poder ancestral o algo así con aquellas afiladas manos azules. Estaba paralizada por el terror. Por un momento dudé de si podía confiar en él.



         Entonces sentí un agudo dolor en el ojo. Aquel engendro me había clavado uno de sus dedos en él. Por un segundo oí como los tejidos crujían húmedos y gorgoteaban mientras se abría paso hacia mi cerebro. Era el fin. Había matado a Karen para nada.

         Rota de dolor e impotencia solté a la criatura que chillaba en mis brazos y con mis últimas fuerzas, le pisé la cabeza.


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OBJETIVO PERSONAL:
 El objetivo personal que me propuse a principios de año era el de escribir seis relatos extra, enlazando relatos del origireto2019 y escondiendo en cada uno 2 objetos del origireto2020

Este relato es el cuarto de los seis (y seguramente el último de ellos, esta vez si porque al año le quedan dos suspiros).
Está enlazado con No me creeis, relato de agosto del Origireto2019.
He seleccionado este relato porque al final de él empezaba una historia y creí conveniente darle un poco más de espacio a ese detalle

Objetos ocultos:6:combustible y 12:placas solares

Además: milpalabrista (1185 palabras), 

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.


SOBERBIA

 Antes de leer este relato te sugiero que leas La Emperatriz, ya que es una continuación de aquella historia.

SOBERBIA

         El caos se desató en el imperio. La ira de la emperatriz no conoció límite alguno después de aquello: que su espejo mágico hubiera decidido suicidarse antes que tener que volver a reflejar la mueca de la horrible mujer fue más de lo que pudo soportar. Cuando el cristal azogado estalló en mil pedazos, el grito que profirió Exmara hizo temblar hasta los cimientos de palacio. Todas las personas que allí se encontraban huyeron despavoridas al reconocer el grito de su señora, mucho más desgarrador y desesperado que otras veces. Muchísimo más aterrador. Un grito que no presagiaba nada bueno.



         Sus asesores huyeron del palacio dejando a la poderosa mujer sola con su odio y su frustración. Todos los peluqueros y maquilladores hicieron lo mismo, al igual  que las lavanderas y planchadoras y también todas las costureras. Los pasos de la enfurecida emperatriz de la moda retumbaban en el vacío que la falta de personas había dejado a su alrededor en el imponente edificio. Incluso el emperador y su séquito habían decidido abandonar atropelladamente el palacio con tal de no cruzarse con semejante montaña de ira.

         Cada vez quedaban menos días para que se celebrara la Conferencia Internacional del Agua y Yokarlo tenía mucho trabajo y mucho que estudiar. Quería que cuando saliera el sol ese día, el reino de Fashionshow quedara en el mejor lugar posible con sus propuestas en la gran cita, y las injerencias de Exmara examinando su posible atuendo para ese día le causaban una profunda irritación, amén de una absoluta desesperación, así que  antes de irse de palacio le pidió a un lacayo que cogiera un traje cualquiera que estuviera limpio para llevarlo con él. No necesitaba más. La Conferencia pondría de manifiesto los sacrificios que cada reino estaría dispuesto a hacer para proteger acuíferos y desaladoras y el comité científico del emperador había desarrollado un proyecto magistral de depuración de aguas residuales que podría aportar grandes beneficios en salud humana y animal al resto del planeta. La cuestión era extremadamente seria y no podía dejar que la frivolidad y el mal humor de su esposa distrajesen ni por un instante a ningún miembro de su equipo de trabajo.

         Sin embargo Yokarlo también estaba muerto de miedo. No era capaz ni de imaginar cual sería la venganza de Exmara ante semejante desplante. Dejarla sola en el enorme palacio, sin nadie sobre quien descargar su enfado y sus frustraciones podía resultar en un tremendo desastre. Y además tampoco contaría con ninguna ayuda para vestirse o peinarse. ¡Hasta los cocineros habían huido! Realmente tener miedo ante lo que se pudiera desatar en el podrido corazón de aquella mujer era la reacción más lógica.

         Yokarlo lo asumía, y estaba dispuesto a tomar las riendas de una vez por todas. Se había dado cuenta de que no podía dejar el imperio en manos de semejante arpía. Estaba dispuesto a sacrificar su persona, pero no podía sacrificar las vidas de todos sus súbditos, así que junto con su equipo de expertos y científicos empezó a idear un plan para sacar a Exmara de palacio y poder así gobernar el imperio con la cordura que tanta falta hacía. Sin embargo los habitantes de Fashionshow estaban tristes y aterrados, ya que el emperador se hallaba oculto para poder urdir todo el plan. Se sentían indefensos ante la irracional emperatriz.        

         Al cabo de un par de días todo estaba listo para derrocar a la mujer y hacerse cargo del trono. Debía ser así, para que la Conferencia Internacional del Agua se pudiera desarrollar sin contratiempos. Yokarlo había dispuesto un primer equipo de exploradores que se ocuparían de llevar presentes a palacio con el objetivo de aplacar los ánimos de la emperatriz. Con ellos iría un segundo equipo con peluqueras, costureras y asistentes que el emperador había reclutado en secreto entre los paisanos. Cuando Exmara estuviera lista para la falsa presentación de la Conferencia, un cochero la llevaría al pabellón del agua, y ahí era cuando el plan debía ser preciso, para que aquella limusina atravesara la frontera sur en lugar de ir al pabellón. Al otro lado de esa frontera estaba el Monte del Olvido. Si lograba dejar a su esposa cerca de allí, su memoria empezaría a borrarse y quizá volviera a ser la muchacha alegre con la que se casó. O quizá olvidase hasta su propio nombre… en cualquier caso no perdía nada. Todo estaba listo. Solo faltaba ponerlo en práctica.

         El equipo de exploradores llegó a palacio y se encontró con un silencio sepulcral. Se decía en las calles que la emperatriz se había encerrado en su cámara y que lo único que hacía era llorar y lamentarse, una vez agotadas sus fuerzas tras desatar todo su mal genio. Llegaron a la puerta de sus aposentos y depositaron allí exquisitos manares y una buena cantidad de joyas que Yokarlo había reunido entre sus amistades reales de otros reinos.



         El chofer esperaba en la puerta de palacio con una magnífica limusina mientras el equipo de belleza intentaba convencer a la emperatriz de que debía acicalarse para el ensayo de la inauguración de la conferencia.

                   —Majestad, no puede fallar en semejante ocasión. Toda la prensa cardiovascular estará presente ese día y su persona debe ser la que más destaque. No nos cabe duda de que podemos ayudarla a lucir como nunca, si usted quiere, por supuesto.

         El osado maquillador estaba convenciendo a la mujer, porque conocía a fondo los límites de su vanidad, tras años (sufriendo) a su servicio. Finalmente Exmara cedió y les dejó pasar a todos. Se esmeraron como nunca en su labor de embellecer a la emperatriz y el resultado fue sobresaliente. A falta de su espejo mágico, ella se miró en el espejo grande de su vestidor privado, quedando bastante satisfecha con el resultado. La ira, la fuerza y la frustración habían dejado paso a una mujer derrotada que intentaba estar a la altura de sí misma, pero cuyo ánimo solo la llevaba a lo más profundo de su soledad.

         Llegaron a la limusina y todos se deshicieron en alabanzas hacia la belleza que acompañaba a la emperatriz, no había otra como ella en toda la Tierra. Recuperando su porte regio montó en el vehículo y fijó su mirada al frente con desaire. El trayecto hasta el pabellón no era largo, pero el chofer parecía estar dando un ligero rodeo. Por motivos de seguridad, le dijo a ella. Salieron de la ciudad y ante la estupefacción de Exmara, cuyo carácter violento estaba volviendo a ocupar su lugar, la limusina se detuvo en un margen del camino. El chofer, embozado, bajó del vehículo y abrió la puerta trasera.

                   —Majestad, le vendrá bien tomar un poco de aire antes de ir al pabellón.    

                   —¡No necesito tomar aire!¡Necesito llegar ya, inútil! ¡Mi vestido se está arrugando!

                   —Tu soberbia acabará contigo.

                   —¿Quién osa hablarme así? ¡Cochero! ¡Quiero ver tu cara!

         Cuando el cochero descubrió su rostro, una rugiente carcajada salió de los labios pintados de la emperatriz, levantando ecos imposibles.

                   —Yokarlo… Debí imaginarlo. Nadie en su sano juicio se me opondría.

         Dijo la mujer mientras se atusaba el peinado y parpadeaba coqueta, destilando maldad por cada poro. Entonces el emperador se acercó y la sujetó por la cintura, acercando sus labios los de ella.

                   —Mírame a los ojos —Le pidió mientras forcejeaba para mantener el abrazo.—Necesito saber si aún existe la mujer de la que me enamoré.

         Exmara profirió otra sonora carcajada-

                   —Eres un iluso Yokarlo—dijo ella cesando el forcejeo, bajando la voz y mirando a su esposo tan de cerca como hacía años que no hacía. Entonces sintió como una gota escurría desde detrás de su oreja, justo donde el hombre había puesto su mano intentando acercar sus ojos.

         No sintió dolor, solo paz. Sintió como su vida se escurría entre los brazos de su apocado esposo, que la sostenía mientras ella se desvanecía.

                   —Mi vestido …

         Esas fueron sus últimas palabras, mientras su sangre azul teñía de rojo su mortaja.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OBJETIVO PERSONAL:
 El objetivo personal que me propuse a principios de año era el de escribir seis relatos extra, enlazando relatos del origireto2019 y escondiendo en cada uno 2 objetos del origireto2020

Este relato es el tercero de los seis (y seguramente el último de ellos).
Está enlazado con La emperatriz, relato de febrero del Origireto2019.
He seleccionado este relato porque tanta maldad no podía quedarse así

Objetos ocultos:5: el sol y 21: sangre azul

Además: milpalabrista (1330 palabras), 

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

foto 1: palacio de verano de San Petersburgo.
foto 2: de la página "las mejores limusinas".
foto 3: francamente no me acuerdo, la saqué de internet y me encanta.



martes, 8 de diciembre de 2020

LA DESCONOCIDA DEL PANTEON

 

LA DESCONOCIDA DEL PANTEÓN

                   —Virgine, ¿de verdad está tan mal?

                   —Si, Camille. Aunque la ves lúcida de mente, su cuerpo se está apagando. La muerte de su nieto le ha dado la puntilla.

                   —Lo cierto es que desde que murió mi hermana, mi madre empezó a empeorar. La pena se enquistó en su corazón.

                   —Ha de ser horrible perder a tu primogénita, y más cuando deja un niño pequeño.

                   —Mi madre no ha podido con ello. La muerte de mi sobrino era más de lo que podía soportar la pobre a estas alturas. Al menos mi padre está con ella, él lo ha llevado mejor.

                   —Eso parece, pero si hablas un rato con él verás que su mente está confusa.

                   —Es muy mayor. Ha sido también un duro golpe para él. Menos mal que tienen la ciencia. La química siempre le ha unido y les ha dado fuerza para salir de todos los problemas.

                   —Lo sé. Podríais ser ricos si tu padre hubiera patentado sus descubrimientos.

                   —Nos va bastante bien, ¿no te parece? Mi padre es un hombre de principios, siempre pensó que acumular riquezas resultaba indigno. El valor de la ciencia está en ser para todos.

                   —Nunca he alcanzado a comprender como tu madre le permitió no registrar las patentes, siempre fue una mujer práctica.

                   —Si, práctica y enamorada Virgine. Desde que conoció a mi padre dejó de posar para pintores y se dedicó por entero a él. Bueno, a él y a la química. Cuando les ves hablar de experimentos y descubrimientos es como si el tiempo se detuviese a su alrededor.

                   —Lo sé. Lo he visto mil veces. Sin embargo ella siempre hizo todo el trabajo.

                   —No seas injusta. Mi padre siempre ha trabajado duro.

                   —¡Pero Camille! ¡Tu madre más aún! Fue capaz de cuidar de ti y de tus hermanos y de gobernar esta casa para que todo funcionara con la precisión de un reloj suizo. Y además de todo eso le dio a tu padre la mitad de sus ideas geniales.

                   —La verdad es que juntos han hecho grandes cosas.

                   —En ti misma tienes la prueba.



         Virgine posó su mano en el hombro de Camille, con la mirada llena de la admiración que siempre le había profesado. Desde que la conoció había vivido prendada de su forma particular de ver el mundo. Y es que ser Camille Berthelot y haberse criado  con unos padres científicos le había forjado un carácter único.

         Había aprendido de su madre Sophie como ser una buena mujer y una buena esposa, y también que el trabajo y el esfuerzo siempre daban sus frutos, con la ayuda del Señor. De ella también había aprendido a valorar los pequeños detalles, como el gesto que Virgine acababa de hacer. Como la sutil diferencia existente en las reacciones químicas. Su padre, Marcellin, había establecido años atrás la diferencia entre  las reacciones exotérmicas y las endotérmicas y era asombroso observar cómo se producían diferentes tipos de pequeñas explosiones y espumas cuando sus padres desplegaban su magia en el laboratorio del sótano.

         La química nunca había sido lo suyo, pero había aprendido que los más ínfimos detalles pueden generar enormes diferencias. Y por eso valoraba mucho esa mano amiga en su hombro. Ese gesto le transmitía mucho más que amistad en esos momentos dolorosos.

                   —Gracias, Virgine, por todo. Sé que estás haciendo un gran esfuerzo para cuidar de ellos.

                   —En realidad tu padre no se aparta de su lado.

                   —Y si no fuera por ti estoy segura de que ni siquiera comería.

         La mirada de Camille expresaba mucho más que gratitud. Sin embargo había aprendido otra cosa de su madre: que aparentar tiene más letras que ser. Era la hija del ministro, debía guardar las formas. Por eso había elegido casarse y formar una familia. Su amante esposo había resultado ser un buen hombre que la amaba con locura y ella había aprendido a quererle. Pero eso no evitaba que lo que sentía por Virgine menguara ni una pizca siquiera. Hacía años, cuando sus padres la contrataron como cocinera en la casa no tenía ni idea de en lo que aquella mujer se convertiría con el tiempo. Era su mejor amiga, su confidente. El cariño que le tenía era muy especial. Y lo que estaba haciendo por sus padres no se lo podría pagar nunca, aunque se llevara un buen sueldo por ello.



                   —Virgine, ¿recuerdas cuando te hablé de aquel señor de Flandes?

                   —¿El flamenco estirado ese que se hizo tan amigo de tu padre en el ministerio?

                   —Si.

                   —Ayer recibí un mensaje suyo. Me daba las condolencias por su muerte.

         El rostro de Virgine palideció al oírlo. Era una mujer muy supersticiosa, y nombrar a la muerte en casa de un moribundo traía malos augurios. Cierto era que la moribunda era Sophie, pero igualmente le dio mala espina.

                   —¿Cómo comete alguien de su posición un error tan grave?

                   —No solo trabajaba con él en el ministerio. Lleva tiempo detrás de patentar todas las cosas que mi padre no ha patentado. Anda malmetiendo con unos y otros, ya ha convencido a casi cuarenta científicos de que los descubrimientos de mis padres deberían estar dando beneficios en sus cuentas. Piensa que se hará de oro si logra robar los tesoros científicos de mi padre, como si fuera Ali Babá. Creo que su mensaje fue un error planificado.

                   —¿Planificado?

                   —Si. Creo que está intentando provocarme para que le diga la contraseña que abre la gruta. Piensa que perderé los papeles y le abriré el camino hacia la cátedra de mi padre. Me conoce muy poco.

         Virgine estaba segura de eso. Ni siquiera ella, con quien la unía una relación especial, era muchas veces capaz de prever las reacciones de la mujer.

                   —¿Qué vas a hacer?

                   —Nada. Ignorarle. Es lo que habría hecho mi madre. No puedo dejar que algo así me afecte. Ahora lo más importante es ella. Debo estar a su lado.

                   —Creo que te equivocas. Deberías ponerle en su sitio.

                   —No. Mi marido se ocupará de él. Yo debo cuidar de mi madre en este momento. Solo quería decírtelo para que sepas entre la clase de gente que nos encontramos. No confíes en nadie. Son como hienas.

         Camille regresó a la alcoba donde su padre velaba incansable a su madre enferma. La pérdida de su hija hacía nueve años la había hecho enfermar y la reciente muerte de su querido nieto la había debilitado en exceso. La enfermedad se la estaba llevando al otro lado. La chispa de sus ojos se estaba apagando poco a poco y veía desesperada como su padre se estaba dejando la vida en cuidarla. Aún a ratos les oía hablar de sus siete amores: sus seis hijos y la termoquímica. Era inimaginable, pero así era. En el lecho de muerte de su madre expresiones como bomba calorimétrica eran normales, a ella no la sorprendían.

         El anciano se levantó.

                   —Camille, quédate con tu madre un momento, he de comprobar una cosa en el laboratorio.

                   —Si padre.

         Mientras Camille se quedaba al cuidado de Sophie, un agotado Marcellin se dirigió al laboratorio donde sus colaboradores seguían sus instrucciones para evaluar la influencia del radio en los cultivos. Estaba seguro de que lograría grandes avances en ese campo, aunque también lo estaba de que la vida se le escurría entre los dedos enjutos y cansados.



         Al entrar en el laboratorio sintió una enorme paz. Aquel laboratorio era su hogar tanto como lo era su casa, con la diferencia de que allí las variables las podía controlar y eso le daba la seguridad que enfrentarse a la inminente muerte de su esposa le estaba arrebatando. Dio unos cuantos pasos adentrándose en la pequeña huerta con la que estaban probando algunas ideas cuando lo vio. Era una especie de ratón sin pelo que caminaba torpemente entre los surcos. No podía ser. No podían tener una plaga de ratones en sus cultivos. Porque estaba seguro de que el radio había transformado a un ratón de campo en aquel aberrante ser. Lo cogió con facilidad y lo puso frente a sus ojos para verlo mejor.

                   —¿Y a ti que te ha pasado? Tendré que llevarte dentro para analizarte. Parece que el radio te ha hecho daño ¿verdad?

         El anciano dio media vuelta para entrar en el laboratorio cuando una extraña voz salió del animal que tenía entre sus manos.

                   —No soy un ratón. El radio no puede hacerme nada, porque no soy de este planeta. Solo estoy intentando encontrar el modo de volver a mi hogar. Tú deberías volver al tuyo.

         Marcellin soltó al animal, que huyó escabulléndose entre los surcos. No podía ser. Los ratones de campo no hablan aunque el radio les haya dejado calvos. ¿Un ser de otro planeta? Sin duda su mente le estaba jugando una mala pasada. Quizá ir al laboratorio no había sido una buena idea, después de todo, estaba demasiado cansado.

         Cuando regresó a casa tras su breve excursión, encontró a Camille donde la había dejado: a los pies de la cama de su madre.

                   —¿Cómo sigue?

                   —Mal, padre. No ha dejado de preguntar por ti un solo minuto.

         Marcellin se colocó en la cabecera de la cama, para que Sophie pudiera oírle y para que sintiera su presencia.

                   —Cariño, estoy aquí. Estate tranquila que no me volveré a ir de tu lado.

                   —Fuiste al laboratorio.

                   —Necesitaba…

                   —Lo sé, yo también lo necesito.

                   —Iremos juntos en cuanto te recuperes.

         Marcellin acarició el rostro cansado de su esposa, que se esforzó por regalarle una última sonrisa antes de exhalar su último aliento.

         Camille dejó a su padre unos minutos junto a su madre. Ella también estaba rota de dolor. Sin embargo ahora le tocaba a ella tomar las decisiones.

                   —Padre, debe usted descansar.

                   —No quiero separarme de ella, hija.

                   —Échate solo unos minutos, te vendrá bien.

         Lo acompañó al salón, donde el anciano se recostó en el diván, totalmente exhausto.

         A la noche, el marido de Camille recibió un telegrama: "Todo ha terminado después de cuatro horas para mamá y también para papá. Se fue a dormir al canapé del salón y tras un cuarto de hora sin conocimiento se apagó"

                   **********************************************



 

         Marcellin Berthelot fue inhumado en el Panteón de Paris  en 1907 junto a su esposa para no separarlos. El Ministro de la Instrucción Pública Aristide Briand destacó de Sophie que fue "una mujer dulce, amable y cultivada". Sophie se convirtió así en la primera mujer enterrada en el Panteón, aunque no por méritos propios sino por sus "virtudes conyugales"

 

FUENTES CONSULTADAS:

Wikipedia

Grupo Heurema. Educación secundaria, enseñanza de la Física y la Química, sección: personajes olvidados de la Física y la Química.

Los secretos de familia del Panteón.

Y otras mil páginas web más.


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí


DICIEMBRE:
Objetivo 5: Escribe un relato basado en un dato o avance científico.
Cuentos y leyendas G: Alí Babá y los cuarenta ladrones.
Criaturas del camino VIII: alienígena
Objetos ocultos:16: un flamenco y 23: magia.
Además: milpalabrista ( 1689 palabras),  rosa insolente por protagonista femenina . Sororidad por pasar el test de Bechdel en la primera parte del primer diálogo. Giratiempo por publicar antes del dia 10 y además me apunto un minipunto por haber escrito un relato biográfico historico rescatando del olvido un personaje importante para la historia científica.
Con este relato cierro mi participación en  el Origireto2020, salvo imprevistos posibles relatos de mi objetivo personal. Ya veremos.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario a continuación, solo con tus críticas puedo mejorar.

domingo, 8 de noviembre de 2020

VENENO

 VENENO

         Yo no tenía ni idea de historia ni de política, salvo lo que oía por la radio algunas veces. En los últimos días estaba más pendiente de la prensa que en toda mi vida, debía asegurarme de que todo iba bien. Necesitaba poder continuar después de haber salido del infierno que había sido mi matrimonio. No podía creer que ahora, precisamente ahora, aprobaran una ley de divorcio. ¡A buenas horas!

         Tras aquello regresé a la casa de mis abuelos. Llevaba cerrada muchos años, pero era mía y de mis hermanos. Allí estaría a salvo. Había llegado esa misma mañana y tras pasar por el arco de piedra de la fachada, que había visto tiempos mejores,  estaba recorriéndola, intentando rescatar algo de cordura de los recuerdos que guardaba de ella. En el cuarto de mi abuela encontré sábanas viejas y con olor a cerrado, pero limpias. Utilizaría su cama esa noche. Al sacar las sábanas del cajón un pequeño sobre cayó a mis pies. Era una carta. Pensé que sería importante, si mi abuela la había guardado.

 



 

                                               “        Limoux, a 15 de octubre de 1939

Querida Encarna,

 

espero que al recibo de ésta te encuentres bien de salud y que tú y tu familia estéis todos bien.

         No me he atrevido a escribirte hasta hoy porque no quería ponerte en un aprieto, pero creo que ahora es seguro enviarte esta misiva. Solo quería agradecerte todo lo que has hecho siempre por mí, desde que éramos niñas en el colegio María Inmaculada, cuando Sor Gracia nos hacía recitar las tablas de multiplicar. Sé que aunque yo fui la que huyó de España, la vida tampoco debe haber sido fácil para ti durante este tiempo.

         Yo ahora vivo tranquila en Limoux. Sé que no volveré a mi tierra nunca más, pero no me siento triste por ello. He encontrado un poco de paz finalmente.

         ¿Recuerdas aquel invierno de 1931? Era emocionante vivir en Santander. Todo estaba cambiando y parecía que mi vida se iba a poder arreglar por fin, pero aquello solo fue un respiro. Aunque lo suficientemente grande como para ayudarme a tomar la decisión que me salvó la vida. Te escribo esta carta para agradecerte ahora lo que no te pude agradecer entonces. Sé que amabas a tu hermano y que te dolió todo lo que te dije, pero también sé que tú ya sabías que yo no lo quería. Sin embargo la vida era así, ¿verdad? Sabes que tuve que casar con él por empeño de mi padre, que vio en Julián un buen partido. Por aquel entonces la naviera de tu familia iba viento en popa, y Julián no estaba dispuesto a sentar la cabeza. Ahora entiendo que tu padre también estuviera de acuerdo en la idea de que debía casar conmigo. Yo era tan cándida entonces… Tu padre pensó que casando conmigo, con la recatada, responsable y hacendosa Isabel, Julián sentaría la cabeza, pero nunca nos preguntó si estábamos de acuerdo. Tú sabes todo lo que lloré. Tú eras la única persona con la que podía hablar de todas las cosas y recuerdo como me consolabas mientras veía como mi vida se iba a convertir en un infierno. Si no hubiera sido por tu apoyo, me habría vuelto loca. Pero por suerte para mi estuviste a mi lado para ayudarme en mi nueva vida.

         Tu hermano era un díscolo que dilapidaba el dinero de tu familia sin piedad, y aunque mientras estuve casada con él nunca me faltó de nada, sabes que no fui feliz. También sabes que para él yo no era nadie, ni siquiera llegué a ser su mujer, porque su vida estaba muy lejos de aquella casa que yo me empeñaba en que fuera un hogar, ya sabes que siempre fui abnegada. ¡Ay! ¡Encarna, cuanto me arrepiento de no haber abierto los ojos antes! ¡Y cuanto te agradezco que me ayudaras a abrirlos! Siempre fuiste mi ángel de la guarda.

         Recuerdo cuando me hablaste por primera vez de aquella señora: Clara Campoamor. Yo no tenía ni idea de política ni de leyes y todo lo que me decías me sonaba a chino. Pero debía ser importante, porque tú estabas exultante cuando me hablabas de ella. Entendí que lo que aquella mujer estaba haciendo pretendía mejorar nuestras vidas, las de las mujeres, pero no creía que pudiera ser posible. Siento tanto que ahora hayáis perdido todo aquello. Lo siento de verdad. Sabes que yo nunca llegué a votar, no hubiera sabido cómo hacerlo, pero me encantaba ver tu felicidad porque tus sueños incluían ese tipo de cosas. Yo me limitaba a ser feliz con tu felicidad, porque tú eras mi mundo entero.

         No me atreví a confesártelo entonces, porque al casar con tu hermano toda esperanza se desvanecía, pero sabes que era lo que tenía que hacer.

         Recuerdo como aquel mismo invierno me viniste un día hablando de un tal Álvaro de Albornoz. Yo no sabía quién era ese señor, pero tú estabas segura de que aquello sí que cambiaría nuestra vida, más que lo otro eso del sufragio. Según me contaste había propuesto una ley de divorcio que haría  que pudiera separarme de tu hermano, pero yo tenía miedo. ¿Te acuerdas? Tu hermano había salido a la mar dos años antes, y nunca más regresó. Tu padre estaba indignado porque había perdido a su hijo, pero creo que le dolió más la pérdida de su mejor barco. A veces venía a visitarme porque decía que mi casa seguía siendo la casa de su hijo. Eso era verdad, yo no podía negarlo. Siempre me trató bien tu padre, me apreciaba mucho aunque no hubiera conseguido que Julián formase una familia conmigo. Ahora puedo confesártelo: nuestro matrimonio nunca se consumó. Para mí era un esfuerzo inhumano tener que meterme con él en la cama todas las noches, pero por suerte para mí, yo nunca le interesé lo más mínimo. Pero no era nada personal Encarna. Nunca me gustaron los hombres, aunque me tratasen tan bien como tu padre. Yo creo que Julián lo sabía, aunque fui muy cuidadosa siempre. ¿Te imaginas que alguien se hubiera enterado de eso? Sin duda habría dado con mis huesos en la cárcel, o algo peor. España siempre fue un lugar de grandes pasiones. Eso sí que lo extraño. Y que una mujer bien educada como yo, no hubiera tenido hijos el primer año de casada empezaba a levantar rumores.

         Pero entonces me hablaste de aquello. La ley del divorcio. ¿Cómo me iba a divorciar yo de tu hermano? Él había desaparecido y no sabíamos si estaba vivo o muerto, pero yo no podía divorciarme. ¿Qué iba a ser de mí? Menos mal que me abriste los ojos Encarna. Recuerdo el 25 de febrero cuando irrumpiste en mi casa. ¡Estabas feliz! No entendía que te alegrase aquella ley: a ti no te aportaba nada. Y en realidad yo no me había planteado esa posibilidad. Era una aberración romper lo que Dios había unido, sin embargo, el hombre, en este caso Julián, ya lo había separado.

         Me llevaste a ver a ese abogado. Yo estaba segura de que tu padre me mataría, si no lo hacía el mío antes cuando se enterase. Pero todo fue muy rápido, al estar Julián desaparecido. Pasé de estar casada y sola a estar divorciada. Nada había cambiado. Cuando volví a mi casa tu padre me estaba esperando. Me entró pánico, pero tú me ayudaste. Nunca podré agradecerte lo suficiente que me ayudaras aquella noche. Entraste conmigo a recoger mis cosas: el ajuar de mi boda y el botijo recuerdo de Mijas que me habías regalado. La casa era de tu padre, así que yo tenía que irme. Nunca me contaste que pasó después. Me llevaste a tu casa y al día siguiente cogí el tren que me trajo a Francia. No creo que tu padre fuera benévolo contigo, después de ayudarme. Era muy severo el señor don Gerardo. Cuando recuerdo su rostro aquella noche aún se me saltan las lágrimas del miedo que me da.

         Sin embargo ahora soy libre, y te lo debo a ti. Y no volveré a Santander, aunque la guerra haya terminado. Ya sé que han derogado la ley, ahora sé todas esas cosas. Sé que todos los divorcios de aquellos años son nulos, pero leí en la prensa que habían dado por fin por muertos  a los tripulantes del “Covadonga”. Ahora no soy casada ni divorciada, porque soy viuda. O sea, lo sería si volviera a España, pero no puedo volver.

         Te envío mis mejores deseos para la extraña paz que parece que se está forjando en mi tierra, pero esa paz no es para mí.

         Tu amiga que te quiere,

                                      Isabel. “

 



         Doblé la carta y volví a meterla en su amarillento sobre. ¡Qué poco había cambiado la vida! Mi Eusebio se parecía tanto al Julián de la carta de mi abuela que parecía mentira , pero mi Eusebio no era marinero ni había desaparecido, sino que dilapidaba nuestro dinero entre bares y lupanares. Luego llegaba a casa y pagaba sus frustraciones conmigo. Yo estaba atrapada en ese infierno.

         Ahora  la radio no paraba de desgañitarse en contra y a favor de la norma que Francisco Fernández Ordoñez acababa de sacar adelante. Las mujeres volvíamos a ser libres de divorciarnos si así lo queríamos.Al volver a aquella casa me sentía un poco como un ratón de aquellos que iban detrás del sonido de la flauta en el clásico cuento. Sin embargo aquella ley llegaba demasiado tarde para mí. Isabel se había quedado viuda por decisión de la ley. En ese sentido yo era más libre que ella: yo había elegido ser viuda.



 Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí


NOVIEMBRE:
Objetivo 11: Infórmate bien sobre un suceso revolucionario feminista y basa tu relato en ello. ( La ley del divorcio de febrero de 1932, que fue derogada en 1939 y volvió a la palestra, reformada en 1981)
Cuentos y leyendas J: el flautista de Hamelín.
Criaturas del camino VI: Ángel.
Objetos ocultos:24: arco y 20: botijo.
Además: milpalabrista ( 1612 palabras),  rosa insolente por protagonista femenina .No estoy segura de si el genero epistolar cuenta para  para sororidad, Triada por personajes LGTBI, Inconformista por la crítica social implícita y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario a continuación, solo con tus críticas puedo mejorar.

domingo, 4 de octubre de 2020

SUCESIÓN

 

SUCESIÓN

 

                   —¿Crees que las intimido?

                   —Majestad…

                   —Respóndeme con franqueza, Isabel.

                   —Majestad, su sola presencia las intimida. De eso no hay duda.

                   —Pero Isabel, ¿las intimida mi cargo o mi persona? Sé franca, por favor.

                   —Majestad, su cargo es su propia persona.

                   —Mírame Isabel.

         La reina agarró las manos de la doncella que llevaba ayudándola a vestirse durante los últimos cuarenta años y la colocó frente a ella. Isabel sostuvo su mirada sin insolencia.

                   —Mírame y dime lo que ves.

                   —Veo a mi reina.

                   —Isabel, llevas muchos años conmigo. No necesito todo este protocolo mientras me ayudas con los ropajes. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿no crees?

                   —Así es, Majestad.

                   —A partir de ahora quiero que no vuelvas a dirigirte a mí como Majestad cuando estemos en privado.—Una sonrisa pícara asomó a los labios de la doncella y se reflejó a su vez en los ojos de la reina. A los dos segundos las dos mujeres reían a carcajadas.

                   —Mercedes, me vas a volver loca.—Logró articular Isabel entre risas.

         Ambas se sentaron en el regio lecho, exhaustas tras las risas.

                   —¿Sabes Isa? Estoy harta del corsé. Ni siquiera puedo reír a gusto.

                   —Yo también estoy harta. Me lo quitaré.

                   —¡Ojalá yo fuera tú! —La reina se levantó, atusándose la falda para recuperar su porte regio.—Me lo quitaría también. Pero me debo a mi reino: he de ser ejemplar.

                   —Ardua tarea.

                   —Y que lo digas.

 

(fotograma de la superproducción Glow&Darkness)

         Mientras las dos mujeres se preparaban para la recepción, en otra estancia del castillo el infante don Alonso canturreaba una triste canción, deseando que la feria de las futuras esposas pasara cuanto antes. No quería asistir, no quería una esposa y tampoco quería reinar. Sin embargo la ausencia de su hermano mayor y la falta de noticias desde que partió al frente hacían presagiar que ese sería su futuro. Desde luego su madre, la Reina Mercedes, lo tenía claro. Y por ello estaba preparándolo todo para que el futuro del reino de Polendis quedase garantizado. Además debía darse prisa, sentía que el guardián de la montaña podría despertar en cualquier momento. Era su deber como regente mantener el orden y garantizar la sucesión.

         Lo segundo creía haberlo solucionado hacía años, cuando dio a luz a sus dos hermosos hijos, tras dos embarazos sin contratiempos. Pero parecía que la cosa se había torcido. Con la muerte de su esposo el rey, su hijo mayor, Gonzalo, ocuparía el trono. Tenía garantizado un provechoso matrimonio con la princesa Sidi, del reino vecino. Pero unas estúpidas rencillas acabaron en una guerra que había dado al traste con el matrimonio y probablemente con la sucesión.

         Por suerte aún le quedaba Alonso. Debía casarlo cuanto antes y para no cometer el mismo error que con Gonzalo había decidido permitirle elegir esposa entre un buen montón de candidatas cuidadosamente elegidas. Alonso siempre había sido un muchacho retraído y nunca había mostrado interés por las jóvenes de su edad, por lo que Mercedes estaba seriamente preocupada. Y la actitud de su hijo era cada vez más cerrada, lo que desazonaba del todo a la reina.

         Sin embargo estaba convencida de que en la preciosa recepción que había organizado, invitando a lo más granado de todas las monarquías cercanas y también a potentados nobles de las comarcas más ricas que tenían hijas casaderas, Alonso terminaría por prendarse de alguna de las muchachas y el problema se resolvería. También estaban invitadas todas las jóvenes del reino que tuvieran alta cuna aunque estuvieran en la pobreza. Lo más complicado había sido seleccionar a las chicas. Para ello llevaba semanas aplicando su infalible método de enviar a sus doncellas más jóvenes a pasar unos días con las aspirantes. El sistema era sencillo: mientras convivían con las chicas en sus propias casas, debían colocar un guisante debajo de sus colchones, y asegurarse de que no eran capaces de dormir con semejante menudencia entorpeciendo su sueño. Solo así podría estar segura de que todas las invitadas a la recepción tenían sangre azul. Por suerte casi la mitad de las candidatas habían asegurado que no pudieron pegar ojo, por lo que la noche se presentaba realmente concurrida. Mercedes estaba esperanzada.

         La reina necesitaba pasarle el relevo de la corona a su descendencia para poder al fin disfrutar de su vida sin tener que medir cada palabra que decía y cada movimiento que hacía. Estaba segura de que ella se merecía poder disfrutar de la vida como cualquier otra persona, pero su sentido del deber podía más que su albedrío y por eso no haría nada sin dejar antes el reino en buenas manos. Y aunque Alonso no fuera un dechado de cualidades sociales, no tenía duda de que estaba sobradamente preparado para gobernar y llevar la paz y la prosperidad a sus súbditos. En realidad en ese sentido era mucho mejor opción que su hermano Gonzalo, tan agresivo e impulsivo. De cualquier modo, estaba segura de que su hijo podría mantener dormido al guardián. El volcán de la Isla no arrasaría con todo si se cumplía la historia que estaba escrita en las estrellas.

 

         Se abrieron las puertas del gran salón, que estaba repleto de jóvenes princesas vestidas con sus mejores galas, y el lacayo golpeó tres veces el suelo.

                   —Hace entrada su Majestad.

         Un silencio expectante lo invadió todo. Todas las miradas se giraron hacia la puerta y Mercedes hizo su solemne entrada. Con la cabeza erguida y la espalda tan recta que ni siquiera parecía humana, caminó hasta el trono.

         La música empezó a sonar cuando la monarca tomó asiento, mientras su doncella Isabel acomodaba su vestido alrededor del trono para que luciera impecable. El frus frus de vuelos llenó el ambiente, mientras las jóvenes comentaban como sería el príncipe heredero. No tuvieron que esperar mucho, puesto que a los pocos minutos tres golpes de bastón del lacayo anunciaron su entrada.

         El silencio volvió a hacerse mientras las miradas curiosas de las jóvenes buscaban a su pretendido. Alonso entró en el salón, de forma mucho menos solemne que su madre, pero luciendo un porte apuesto y cautivador. Aunque más de una princesa pudo ver que la mirada del joven estaba muy lejos de aquel baile. Alonso seguía cantando para sí la misma canción: “Cuando el día amanece triste y gris, burlándose de mi… silencioso en un tren sin dirección, así me siento yo…”

         Caminó hasta el trono, a rendir una reverencia a la reina, y a continuación ocupó su lugar en sillón contiguo.

                   —Hijo, creo que podrás encontrar alguna chica de tu agrado entre todas estas princesas.—Le susurró su madre mientras la música volvía a sonar.

         Alonso estaba seguro de que no sería así, pero no podía decírselo a nadie, y menos a la reina. Nunca lo entendería.

         Sonó una canción, y después otra y otra más, y Alonso no se levantaba para bailar con las damas, ante la impaciencia de su madre, que le instaba a hacerlo. Alonso estaba esperando su momento. Ya faltaba poco.

         De repente la tierra tembló bajo sus pies, haciendo que varios de los músicos, así como algunas de las jóvenes cayeran al suelo. Alonso alargó su mano buscando la seguridad de la de su madre. Sin embargo la reina estaba perdiendo la paciencia, y el temblor no había logrado siquiera cambiarle el rictus severo que a cada minuto era más acentuado. El joven la miró sin atreverse a decir nada. Esperaba encontrar cuanto menos sobresalto en la cara de su madre, pero ella clavó sus ojos en su hijo mientras nadie en el salón les prestaba atención, pues estaban ocupados en levantarse del suelo, preguntarse si estaban bien y recomponerse.

                   —Tu indiferencia lo ha despertado Alonso.

                   —¿A quién?

                   —Al guardián.

                   —¿A qué guardián, madre?

                   —A Murcus, el guardián del volcán que preside la isla.




         Alonso no podía creer las palabras de su madre. ¿De verdad ella creía en la vieja leyenda de que había un enorme Dragón viviendo bajo la montaña y alimentando el fuego del volcán? ¿Un dragón llamado Murcus que podía leer en los corazones de los habitantes del castillo y que velaba porque sucediera la historia tal y como estaba escrita en las estrellas? No podía ser.

                   —Madre, no me digas…

                   —Calla insensato. Lo has despertado, y solo los dioses saben lo que puede ocurrir ahora. Será mejor que elijas a una de las princesas, con un poco de suerte aún no es demasiado tarde para complacerle y dejar que la historia siga su curso.

                   —¿En serio, madre?—Dijo, paseando su mirada de su madre hasta Isabel y vuelta a su madre, quien pareció turbarse momentáneamente.

         Alonso no cabía en sí del asombro. No podía creer que su madre, su sensata madre, su serena e inteligente madre, capaz de gobernar un reino con mano firme y guardar un enorme secreto, estuviera a merced de semejantes supersticiones. Se levantó del sillón, momento en el que de nuevo las miradas se volvieron a clavar en su persona. La expectación era máxima.

                   —Oídme todas. Ninguna de vosotras será mi esposa.

         La tierra volvió a temblar, mientras de fondo empezaba a escucharse una especie de rugido. Las jóvenes empezaron a murmurar con desaprobación y sorpresa,  mientras miraban interrogantes a la reina madre. Pero Mercedes estaba atenazada por el miedo, rígida en su trono mientras esperaba a que se desatara el desastre.

                   —Ninguna de vosotras será mi esposa, aunque estoy seguro de que todas podríais desempeñar ese papel a la perfección.

         Esa frase pareció tranquilizar a las chicas. Al menos si no encontraba esposa entre todas ellas, no sería su culpa.

                   —Mi madre os ha convocado a todas para asegurarse de la continuidad de la corona más allá de su reinado. Sin embargo quiero tranquilizaros: la paz en el reino está en camino y no será necesario que ninguna de vosotras sacrifique sus sueños por casar conmigo. Sé que mi hermano es vuestro favorito…

                  El rugido cada vez era más nítido. Las serenas palabras de Alonso habían conseguido tranquilizar a las jóvenes, sin embargo el miedo a que el dragón despertara a la montaña crecía por momentos. La tierra volvió a temblar. Alonso levantó la voz.

                   —Tranquilas. Tranquila, madre. Murcus está de camino —ojos espantados y chillidos ahogados llenaron la sala— pero contrariamente a lo que todos creéis, él traerá la paz y la prosperidad.

         Una sombra oscureció la escasa luz que le quedaba a la tarde. Todos los ojos se volvieron a las cristaleras. Las jóvenes se abrazaban unas otras dominadas por el miedo, mientras Alonso levantaba sus manos intentando tranquilizarlas. La silueta gigante de la bestia se recortó al otro lado de las vidrieras coloreadas del salón del trono. La reina permanecía rígida y pálida. Alonso le hizo una seña a Isabel para que se acercara a ella y tomara su mano para tranquilizarla. Él tenía que ocuparse de que las doncellas no se asustasen del dragón. Su porte, su mirada y sus palabras habían calado en el nutrido grupo y todas ellas permanecían expectantes, confiando en el príncipe que tan seguro las había hablado.

         Por desgracia la discreción no era el punto fuerte de Murcus, que entró en el salón haciendo añicos las cristaleras. Caminó unos pocos pasos, los que su envergadura le permitieron, y dejó caer un fardo que traía en su lomo.

         Mercedes se desmayó. No podía ser. Mientras Isabel se ocupaba de la reina, Alonso se acercó al fardo. El silencio volvía a ser tenso, solo se oía la ronca respiración de Murcus. El bulto que había rodado por el suelo pareció moverse. Alonso se agachó a su lado.

                   —Gonzalo, levántate. Madre te ha preparado un fiesta de mujeres para que encuentres esposa y reines, como siempre quisiste hacer.

         El príncipe se levantó, aturdido, sujetándose a las manos de su hermano, que le llevó hasta el sillón junto al trono, donde su madre había vuelto en sí, pero respiraba fatigada.

         Alonso montó en el lomo de la bestia, y ambos se alejaron mientras el aire traía los ecos de la canción que el joven seguía cantando: “el silencio de la noche, me dice una vez más, que en algún lugar te tengo que encontrar.”

 


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OCTUBRE:
Objetivo 10: Crea una historia que involucre un volcán o cataclismo.
Cuentos y leyendas H: La princesa y el guisante.
Criaturas del camino X: Dragones.
Objetos ocultos: 21 Sangre Azul y 19 una canción. Y para más Inri, la canción es de la banda Sangre Azul, y si  la quereis escuchar lo podeis hacer en este enlace
Además: milpalabrista ( 2014 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina (de esto no estoy segura, porque tiene dos protas en realidad) pero estoy segura de que si que cuenta para Sororidad porque pasa el test de Bechdel, Triada por personajes LGTBI (leed entre líenas si no los habéis encontrado) y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

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