Mostrando entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fantasía. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de junio de 2023

DEL LADO DE LA REBELIÓN, de Alba G. Callejas

 

DEL LADO DE LA REBELIÓN

 Alba G. Callejas es una jovencísima autora con varios títulos a sus espaldas, como El medallón de la Luna y relatos en varias antologías benéficas. Su libro Del lado de la Rebelión, publicado por Akane Editorial es la novela que me ocupa en este momento y de la que os voy a hablar.

    (A ver bonita, que hacer esta reseña tiene que tener otros motivos) Ya va, ya va...

Seguro que solo escribes esta reseña porque Alba es Cylconita ñi ñi ñi… pues no. La escribo porque tengo un bloqueo serio con las letras, tanto escritas como leídas peeeeeeero este libro me ha sacado del bloqueo lector. Si queridos, mucho bloqueo por todas partes, tenía el cerebro en estado ausente.

¿Y qué ha hecho este libro? Pues de entrada plantearme dudas. La primera de todas: ¿seré capaz de leerme este tocho, con lo que hace que no leo nada? Pues si, 365 páginas como 365 días tiene el año que he devorado con entusiasmo.



Alba nos cuenta una historia de fantasía muy real, donde la magia está pero nadie la recuerda y con unas protagonistas que te llevan de la mano a la juventud esa que algunos nos empeñamos en no olvidar, con su fuerza y su pasión.

La historia transcurre en Antica, un territorio dividido por el Abismo, un roto gigante que separó la tierra en dos, dejando incomunicados a los habitantes de ambos lados. Ese abismo que surgió por motivos que todos olvidaron y que será el eje alrededor del cual nuestra prota, Nathalie, intenta entender lo que está ocurriendo a su alrededor y en su propio interior.



Todo comienza un día 16, marcado como especial por ser el triste aniversario de la muerte de la madre de Nathalie. Sin embargo, no es el único aniversario que se celebra ese día. Resulta que su madre no murió por causas naturales, sino que algo pasó en esa fecha. El mundo que conocían se rompió y desde entonces la armonía convive con la tensa sensación que tiene de que no es libre del todo…de que todas sus opciones en la vida no se le están permitiendo.

Ese día 16 la vida de Nathalie tuerce su rumbo de forma irremediable, colocando a nuestra prota en una situación extraña, desconocida y a ratos increíble para ella. A partir de ese día hace grandes descubrimientos sobre aquella leyenda urbana que hablaba de la magia, sobre las verdaderas ocupaciones de su ex, Leo y sobre sí misma y sus extrañas capacidades.

Descubre que hay mucho que hacer para que todos los ciudadanos de Serena y Umbría, a cada lado del Abismo, recuperen su libertad y puedan elegir si quieren que la magia exista o no…bueno, no es exactamente así, pero no quiero destripar nada porque de verdad creo que es una historia que merece la pena leer. Lo mejor que tiene es la forma de exponerte la trama, para que vayas descubriendo poco a poco todos los matices que hacen de esta novela una delicia que tiene tropezones variados: romance, acción, traición, aventura, crítica social y sobre todo alegría. O al menos es lo que a mí me ha transmitido cuando la he leído.

¿De verdad no quieres leerla y compartir conmigo tus impresiones?

domingo, 25 de octubre de 2020

DIMENSIÓN DE PLÁSTICO

Antes de leer este relato te sugiero que leas La Fuga, pues es una continuación de aquella historia.

DIMENSIÓN DE PLÁSTICO

 

                   —¡Que me envíe el dichoso recibo, digo!

         El operador al otro lado del teléfono intentaba hacerle entender que podía acceder a los recibos a través de la web, pero Mauricio estaba que echaba humo.

                   —¡No me interesa ver el recibo en la web! ¡No puedo ver la web! ¡No me funciona internet! Así que no voy a pagar ningún recibo mientras no me lo arreglen.

         Elena estaba más que acostumbrada a los gritos constantes, pero lo de aquella tarde era demasiado. Al parecer todo el mundo tenía la culpa de que internet no funcionara y llevaba haciendo llamadas casi tres horas seguidas.

                   —¡Le repito que me da igual su filosofía empresarial! ¡A mí me tienen que enviar los recibos a mi buzón! ¡A mi buzón! ¿Me oye? ¡Metido en un sobre, como toda la vida!

                   —Mauricio… Eso ya no lo hace ninguna empresa, cielo. Deberías tranquilizarte. Te acabará por dar un infarto.

         En realidad Elena estaba segura de que gritar por teléfono era lo que más le gustaba a su marido, así que había hecho que instalasen un terminal en la biblioteca, así Mauricio podía gritar todo lo que quisiera sin molestarla.

         Por si aquello fallaba, como estaba fallando en ese momento, la mujer había ido más allá. Como Mauricio era un cabezota obsesivo le había regalado una impresora 3D, pero por piezas, convencida de que eso le mantendría tranquilo y ocupado un montón de tiempo, según le había contado Miguel el comercial.  La idea se la había dado su querida vecina Griselda: “Tú lo que tienes que hacer es llamar al técnico y que te explique cómo funciona la aerotermia. Toma el número. Hazme caso, llámale y luego me cuentas.” Y así lo había hecho, casi.

         Elena había llamado a Martín, el técnico buenorro, quien muy amablemente le había facilitado el teléfono de Miguel, el comercial. Elena decidió que  su plan fuera marear a Mauricio con el tema de la aerotermia. Calculaba que, con lo obsesivo que era, eso le tendría ocupado un par de meses. Sin embargo cuando llegó su marido no estaba en casa, así que tuvo que escuchar ella todas las magníficas explicaciones que el experto le daba, intentando retener en su cabeza alguno de los datos que Miguel le estaba proporcionando, para poder enredar a Mauricio.

         En mitad de aquel galimatías tecnológico se dio cuenta de que ya tenía suficiente información inútil y cambió de estrategia. Tras dedicar una mirada más al tal Miguel decidió atacar directamente.

                   —Mira Miguel, te agradezco todas tus explicaciones pero no me estoy enterando de nada.—dijo mientras se levantaba del sillón y se sentaba más cerca del joven— en realidad lo que yo necesito es algo para entretener a mi esposo, que se pasa la vida gritando y me tiene loca.

         Por suerte al técnico le hizo gracia la cosa y a su vez, decidió que podía tomarse unos momentos de relax con aquella señora tan maja y tan sincera.

                   —De acuerdo Elena. Tengo una idea, pero necesito que me digas que me das a cambio.—dijo poniéndole ojitos.

                   —Primero tendrás que convencerme de que es una idea muy buena.

         Se sorprendió a  sí misma respondiendo en tono meloso. Elena no se lo podía creer: el comercial buenorro le estaba dando cancha. Pero contra lo que a ella le estaba pareciendo, Miguel se acomodó en el asiento y empezó a hablar como un sacamuelas.

                   —Deberías regalarle una impresora 3D. Es un juguete moderno con el que podrá jugar a las construcciones pero sintiéndose como si fuera un científico o un inventor.



         Miguel hablaba con entusiasmo. Le contó que él mismo tenía una y que había una asociación de makers que se reunían y hacían proyectos juntos. Lo mejor era que eso tenía pinta de ocupar muuuucho tiempo. Justo lo que ella necesitaba. Apartó del todo su idea de echar una canita al aire con aquel chaval y le compró su propuesta de la impresora. Al parecer, Miguel estaba tan contento con el tema que se le olvidó pedir el precio que había insinuado al principio.

         Unos cuantos días después un mensajero trajo un porrón de cajas y Elena pudo comprobar, una vez más, que era una genia: Mauricio se había prendado de la maquinita al momento y le dedicaba un montón de tiempo. Quedaba con sus amigos de la asociación y se pasaba la vida imprimiendo figuritas cada vez más elaboradas. Así que en su casa volvía a haber silencio, y también un montón de muñecos de plástico por todas partes. Por fin pudo dedicarle al yoga el tiempo que ella quería. Y la última ballena de plástico que le había regalado era graciosa así que la cosa iba bien.

         Pero entonces pasó lo más terrible del mundo, según Mauricio: internet había dejado de funcionar, y eso frustraba los planes del hombre de chatear con sus socios sobre sus últimos logros con la maquinita. Por desgracia eso trajo un torrente de nuevos gritos y bufidos. Elena no podía más, así que cogió un té y se bajó a casa de Griselda. En casa de su amiga siempre pasaban cosas divertidas.

                   —Hola, ¿algún día me dejarás que te invite yo a un té o piensas traerlo siempre de tu casa?

                   —No me hables, que Mauricio ya estaba echando de menos gritar por teléfono y lleva un día…

                   —Ya le he oído. Internet ¿no?

                   —¿Tan fuerte grita?

         Griselda se sentó a su lado.

                   —Demasiado fuerte. Yo también estoy harta de oírle.

         Las dos mujeres se dedicaron una mirada de comprensión antes de sentarse a tomar el té en el sofá.

                   —Lo siento. La verdad es que la impresora estaba entreteniéndole mucho, pero al fastidiarse internet ha vuelto a explotar.

                   —No te preocupes, cualquier día le acabará dando un soponcio por ponerse como se pone. Tú no tienes la culpa.

         A Elena había algo que la estaba sonando muy raro. Había algo en la mirada de su amiga que la estaba poniendo nerviosa ¿Qué ocultaba Griselda? Miró al techo, donde unas semanas antes había una mancha de humedad que las había llevado a la dimensión extraña, pero la mancha no estaba.

                   —¿Al final concluiste que fue lo que pasó con nuestro “viaje” a la dimensión desconocida?

                   —Ni idea, Elena. No ha vuelto a pasar nada.

                   —Fue divertido.

                   —Fue terrible. Pero no te preocupes que no va a volver a pasar. Ven, tengo algo que enseñarte.

         Elena la siguió, entre curiosa y mosqueada. Había algo que no terminaba de gustarle, pero no sabía qué. Su amiga estaba como siempre, pero había algo diferente que no era capaz de identificar, algo que no la gustaba nada y que solo lo advertía por una extraña intuición.

                   —Elena ¿ves la gotera que tengo en el techo?

         Miró a donde Griselda señalaba, y en efecto, una enorme mancha coronaba la mitad del techo del dormitorio.

                   —¡Venga ya! ¡Ninguna tubería pasa por ahí! Pero bueno, de todos modos no te preocupes que pediré a Mauricio que llame al seguro. Con lo que grita por teléfono, antes del lunes lo tienes arreglado.

         Griselda sonreía maliciosamente cuando Elena volvió a mirarla. Era una sonrisa realmente aterradora.

                   —No necesito que llames a ningún seguro, querida. Vas a venir conmigo a la otra dimensión a arreglarla, como la otra vez.

                   —¿En serio crees que hay otra dimensión? ¿La dimensión de las goteras?

         Definitivamente su vecina se había vuelto majara. Además, la otra vez la mancha del techo las había absorbido sin más ¿Cómo se suponía que iban a volver a ir a ese lugar?

                   —No te preocupes, Elena. La dimensión Orofí es mi segundo hogar.

         Diciendo esto agarró a su amiga y la hizo sentarse en la cama, sentándose a su lado. Elena se estaba asustando de verdad. Griselda se había vuelto tarumba del todo.. Ni siquiera estaba segura de lo que había ocurrido la otra vez, pero recordaba que Griselda estaba muerta de miedo todo el tiempo que pasaron en el otro lado.

                   —¿Dimensión Orofí?

         Un haz de luz salió de la mancha, como la otra vez. En tres segundos ambas habían pasado por el remolino iridiscente y habían llegado al extraño desván, que seguía tan vacío como la otra vez. La misma fuente presidía la sala, y aquel fluido pestilente seguía manando de ella. Elena buscó el extintor con la mirada: si estaban allí de nuevo, podían volver como la otra vez. Pero esta vez no había extintor, así que se giró para mirar a su amiga a la cara.

         Lo que vio la dejó sin habla.

         La piel de la cara de Griselda colgaba en jirones de su calavera de un blanco insultante. A Elena le recorrió un escalofrío,  y algo dentro de su estómago protestó en forma de náusea.

                   —Griselda…—logró decir en un susurro, mientras daba pequeños pasos hacia atrás.

                   —Tranquila Elena, soy yo. Hoy no hay extintor, porque el conjuro está completo. La fuente que fue rosada volvió a ser gris y el brillo del silencio lo cubre todo. No hace falta que regresemos, aquí seremos felices, mientras llega la fundadora…

                   —¿Qué fundadora? ¿La fundadora de qué? Me estás asustando.

         Asustando era un eufemismo, Elena estaba realmente muerta de miedo.

                   —La Gran Diosa Gamba Sagrada Cósmica Intergaláctica.

         Los ojos de Griselda no eran humanos. Su voz no era humana tampoco. Algo muy retorcido estaba ocurriendo y el miedo de Elena estaba atenazando su cerebro y no la dejaba pensar con claridad. Lo único que sabía a ciencia cierta era que Griselda estaba loca y que tenía que salir de allí como fuera. Siguió alejándose de ella mientras buscaba con la mirada cualquier cosa que pudiera servirle para escapar, pero el vacío más absoluto lo cubría todo. Griselda se estaba acercando cada vez más…Sabía que la iba a matar ¿la iba a matar? No podía creerlo pero tenía toda la pinta, había visto suficientes películas para saber que eso era lo que ocurriría.

         Siguió reculando, pero trastabilló y cayó al suelo. Algo dentro de su bolsillo trasero la hizo daño en el ídem. “¿Qué es esto?”, pensó mientras echaba la mano a la dolorida nalga. Una pequeña ballena de plástico azul era lo que se le había clavado al caer. “Puta ballena del idiota de Mauricio”, mientras esta frase se construía en su pensamiento, una idea se le cruzó por delante como un rayo.

.


         Blandió la pequeña ballena ante los ojos muertos de su amiga. ¿Qué esperaba que pasara? Griselda no era un vampiro y aquel muñeco no era una estaca. No pasó nada, por supuesto. ¿O sí?

         La mirada muerta de Griselda se clavó en la figurita que Elena sostenía, cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir lo que era.

                   —Así que estás de parte de la Maliciosa Ballena Azul Interdimensional…

         No entendía nada, pero tenía que seguirle el rollo al espectro que tenía delante.

                   —Mauriciosa Ballena Azul te maldice ahora y me sacará de esta dimensión sin un rasguño. ¡Póstrate ante ella!

         No se lo podía creer, pero en los ojos de Griselda vio estupor, justo antes de que un resplandor azul emanara de la pequeña figura y bañara con su luz todo el desván. La fuente empezó a manar una espuma también azul, que rápidamente lo cubrió todo con un siseo. El suelo se resquebrajó y cayó con estrépito sobre la cama de su amiga.

         La extraña voz de la que fue su amiga le llegaba lejana, pero no esperó a oírla con más claridad. Se incorporó y salió corriendo todo lo deprisa que sus aterradas piernas le permitieron. Al llegar a la puerta la voz era más alta y más clara. Además estaba más enfurecida. Abrió y subió corriendo las escaleras. Justo en ese momento Mauricio salía de casa. Le empujó en su carrera y cerró la puerta tras ella. El hombre se asustó al ver a Elena en semejante estado de pánico.

                   —¿Qué te pasa Elena?

         Intento abrazarla y acompañarla dentro, pero ella le llevó hacia la biblioteca, donde estaba la impresora. Al llegar vio un resplandor en el carrete de PLA. Estaba a salvo.


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OBJETIVO PERSONAL:
 El objetivo personal que me propuse a principios de año era el de escribir seis relatos extra, enlazando relatos del origireto2019 y escondiendo en cada uno 2 objetos del origireto2020

Este relato es el segundo de los seis ( no sé si llegaré a seis, la verdad).
Está enlazado con La Fuga, relato de Abril del Origireto2019.
He elegido este relato porque se quedó todo muy benévolo y tenía ganas de darle un giro hacia el terror. No sé si lo habré logrado.

Objetos ocultos: 4: ballena  y 15: una gamba.

Además: milpalabrista (2008 palabras), 

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

domingo, 4 de octubre de 2020

SUCESIÓN

 

SUCESIÓN

 

                   —¿Crees que las intimido?

                   —Majestad…

                   —Respóndeme con franqueza, Isabel.

                   —Majestad, su sola presencia las intimida. De eso no hay duda.

                   —Pero Isabel, ¿las intimida mi cargo o mi persona? Sé franca, por favor.

                   —Majestad, su cargo es su propia persona.

                   —Mírame Isabel.

         La reina agarró las manos de la doncella que llevaba ayudándola a vestirse durante los últimos cuarenta años y la colocó frente a ella. Isabel sostuvo su mirada sin insolencia.

                   —Mírame y dime lo que ves.

                   —Veo a mi reina.

                   —Isabel, llevas muchos años conmigo. No necesito todo este protocolo mientras me ayudas con los ropajes. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿no crees?

                   —Así es, Majestad.

                   —A partir de ahora quiero que no vuelvas a dirigirte a mí como Majestad cuando estemos en privado.—Una sonrisa pícara asomó a los labios de la doncella y se reflejó a su vez en los ojos de la reina. A los dos segundos las dos mujeres reían a carcajadas.

                   —Mercedes, me vas a volver loca.—Logró articular Isabel entre risas.

         Ambas se sentaron en el regio lecho, exhaustas tras las risas.

                   —¿Sabes Isa? Estoy harta del corsé. Ni siquiera puedo reír a gusto.

                   —Yo también estoy harta. Me lo quitaré.

                   —¡Ojalá yo fuera tú! —La reina se levantó, atusándose la falda para recuperar su porte regio.—Me lo quitaría también. Pero me debo a mi reino: he de ser ejemplar.

                   —Ardua tarea.

                   —Y que lo digas.

 

(fotograma de la superproducción Glow&Darkness)

         Mientras las dos mujeres se preparaban para la recepción, en otra estancia del castillo el infante don Alonso canturreaba una triste canción, deseando que la feria de las futuras esposas pasara cuanto antes. No quería asistir, no quería una esposa y tampoco quería reinar. Sin embargo la ausencia de su hermano mayor y la falta de noticias desde que partió al frente hacían presagiar que ese sería su futuro. Desde luego su madre, la Reina Mercedes, lo tenía claro. Y por ello estaba preparándolo todo para que el futuro del reino de Polendis quedase garantizado. Además debía darse prisa, sentía que el guardián de la montaña podría despertar en cualquier momento. Era su deber como regente mantener el orden y garantizar la sucesión.

         Lo segundo creía haberlo solucionado hacía años, cuando dio a luz a sus dos hermosos hijos, tras dos embarazos sin contratiempos. Pero parecía que la cosa se había torcido. Con la muerte de su esposo el rey, su hijo mayor, Gonzalo, ocuparía el trono. Tenía garantizado un provechoso matrimonio con la princesa Sidi, del reino vecino. Pero unas estúpidas rencillas acabaron en una guerra que había dado al traste con el matrimonio y probablemente con la sucesión.

         Por suerte aún le quedaba Alonso. Debía casarlo cuanto antes y para no cometer el mismo error que con Gonzalo había decidido permitirle elegir esposa entre un buen montón de candidatas cuidadosamente elegidas. Alonso siempre había sido un muchacho retraído y nunca había mostrado interés por las jóvenes de su edad, por lo que Mercedes estaba seriamente preocupada. Y la actitud de su hijo era cada vez más cerrada, lo que desazonaba del todo a la reina.

         Sin embargo estaba convencida de que en la preciosa recepción que había organizado, invitando a lo más granado de todas las monarquías cercanas y también a potentados nobles de las comarcas más ricas que tenían hijas casaderas, Alonso terminaría por prendarse de alguna de las muchachas y el problema se resolvería. También estaban invitadas todas las jóvenes del reino que tuvieran alta cuna aunque estuvieran en la pobreza. Lo más complicado había sido seleccionar a las chicas. Para ello llevaba semanas aplicando su infalible método de enviar a sus doncellas más jóvenes a pasar unos días con las aspirantes. El sistema era sencillo: mientras convivían con las chicas en sus propias casas, debían colocar un guisante debajo de sus colchones, y asegurarse de que no eran capaces de dormir con semejante menudencia entorpeciendo su sueño. Solo así podría estar segura de que todas las invitadas a la recepción tenían sangre azul. Por suerte casi la mitad de las candidatas habían asegurado que no pudieron pegar ojo, por lo que la noche se presentaba realmente concurrida. Mercedes estaba esperanzada.

         La reina necesitaba pasarle el relevo de la corona a su descendencia para poder al fin disfrutar de su vida sin tener que medir cada palabra que decía y cada movimiento que hacía. Estaba segura de que ella se merecía poder disfrutar de la vida como cualquier otra persona, pero su sentido del deber podía más que su albedrío y por eso no haría nada sin dejar antes el reino en buenas manos. Y aunque Alonso no fuera un dechado de cualidades sociales, no tenía duda de que estaba sobradamente preparado para gobernar y llevar la paz y la prosperidad a sus súbditos. En realidad en ese sentido era mucho mejor opción que su hermano Gonzalo, tan agresivo e impulsivo. De cualquier modo, estaba segura de que su hijo podría mantener dormido al guardián. El volcán de la Isla no arrasaría con todo si se cumplía la historia que estaba escrita en las estrellas.

 

         Se abrieron las puertas del gran salón, que estaba repleto de jóvenes princesas vestidas con sus mejores galas, y el lacayo golpeó tres veces el suelo.

                   —Hace entrada su Majestad.

         Un silencio expectante lo invadió todo. Todas las miradas se giraron hacia la puerta y Mercedes hizo su solemne entrada. Con la cabeza erguida y la espalda tan recta que ni siquiera parecía humana, caminó hasta el trono.

         La música empezó a sonar cuando la monarca tomó asiento, mientras su doncella Isabel acomodaba su vestido alrededor del trono para que luciera impecable. El frus frus de vuelos llenó el ambiente, mientras las jóvenes comentaban como sería el príncipe heredero. No tuvieron que esperar mucho, puesto que a los pocos minutos tres golpes de bastón del lacayo anunciaron su entrada.

         El silencio volvió a hacerse mientras las miradas curiosas de las jóvenes buscaban a su pretendido. Alonso entró en el salón, de forma mucho menos solemne que su madre, pero luciendo un porte apuesto y cautivador. Aunque más de una princesa pudo ver que la mirada del joven estaba muy lejos de aquel baile. Alonso seguía cantando para sí la misma canción: “Cuando el día amanece triste y gris, burlándose de mi… silencioso en un tren sin dirección, así me siento yo…”

         Caminó hasta el trono, a rendir una reverencia a la reina, y a continuación ocupó su lugar en sillón contiguo.

                   —Hijo, creo que podrás encontrar alguna chica de tu agrado entre todas estas princesas.—Le susurró su madre mientras la música volvía a sonar.

         Alonso estaba seguro de que no sería así, pero no podía decírselo a nadie, y menos a la reina. Nunca lo entendería.

         Sonó una canción, y después otra y otra más, y Alonso no se levantaba para bailar con las damas, ante la impaciencia de su madre, que le instaba a hacerlo. Alonso estaba esperando su momento. Ya faltaba poco.

         De repente la tierra tembló bajo sus pies, haciendo que varios de los músicos, así como algunas de las jóvenes cayeran al suelo. Alonso alargó su mano buscando la seguridad de la de su madre. Sin embargo la reina estaba perdiendo la paciencia, y el temblor no había logrado siquiera cambiarle el rictus severo que a cada minuto era más acentuado. El joven la miró sin atreverse a decir nada. Esperaba encontrar cuanto menos sobresalto en la cara de su madre, pero ella clavó sus ojos en su hijo mientras nadie en el salón les prestaba atención, pues estaban ocupados en levantarse del suelo, preguntarse si estaban bien y recomponerse.

                   —Tu indiferencia lo ha despertado Alonso.

                   —¿A quién?

                   —Al guardián.

                   —¿A qué guardián, madre?

                   —A Murcus, el guardián del volcán que preside la isla.




         Alonso no podía creer las palabras de su madre. ¿De verdad ella creía en la vieja leyenda de que había un enorme Dragón viviendo bajo la montaña y alimentando el fuego del volcán? ¿Un dragón llamado Murcus que podía leer en los corazones de los habitantes del castillo y que velaba porque sucediera la historia tal y como estaba escrita en las estrellas? No podía ser.

                   —Madre, no me digas…

                   —Calla insensato. Lo has despertado, y solo los dioses saben lo que puede ocurrir ahora. Será mejor que elijas a una de las princesas, con un poco de suerte aún no es demasiado tarde para complacerle y dejar que la historia siga su curso.

                   —¿En serio, madre?—Dijo, paseando su mirada de su madre hasta Isabel y vuelta a su madre, quien pareció turbarse momentáneamente.

         Alonso no cabía en sí del asombro. No podía creer que su madre, su sensata madre, su serena e inteligente madre, capaz de gobernar un reino con mano firme y guardar un enorme secreto, estuviera a merced de semejantes supersticiones. Se levantó del sillón, momento en el que de nuevo las miradas se volvieron a clavar en su persona. La expectación era máxima.

                   —Oídme todas. Ninguna de vosotras será mi esposa.

         La tierra volvió a temblar, mientras de fondo empezaba a escucharse una especie de rugido. Las jóvenes empezaron a murmurar con desaprobación y sorpresa,  mientras miraban interrogantes a la reina madre. Pero Mercedes estaba atenazada por el miedo, rígida en su trono mientras esperaba a que se desatara el desastre.

                   —Ninguna de vosotras será mi esposa, aunque estoy seguro de que todas podríais desempeñar ese papel a la perfección.

         Esa frase pareció tranquilizar a las chicas. Al menos si no encontraba esposa entre todas ellas, no sería su culpa.

                   —Mi madre os ha convocado a todas para asegurarse de la continuidad de la corona más allá de su reinado. Sin embargo quiero tranquilizaros: la paz en el reino está en camino y no será necesario que ninguna de vosotras sacrifique sus sueños por casar conmigo. Sé que mi hermano es vuestro favorito…

                  El rugido cada vez era más nítido. Las serenas palabras de Alonso habían conseguido tranquilizar a las jóvenes, sin embargo el miedo a que el dragón despertara a la montaña crecía por momentos. La tierra volvió a temblar. Alonso levantó la voz.

                   —Tranquilas. Tranquila, madre. Murcus está de camino —ojos espantados y chillidos ahogados llenaron la sala— pero contrariamente a lo que todos creéis, él traerá la paz y la prosperidad.

         Una sombra oscureció la escasa luz que le quedaba a la tarde. Todos los ojos se volvieron a las cristaleras. Las jóvenes se abrazaban unas otras dominadas por el miedo, mientras Alonso levantaba sus manos intentando tranquilizarlas. La silueta gigante de la bestia se recortó al otro lado de las vidrieras coloreadas del salón del trono. La reina permanecía rígida y pálida. Alonso le hizo una seña a Isabel para que se acercara a ella y tomara su mano para tranquilizarla. Él tenía que ocuparse de que las doncellas no se asustasen del dragón. Su porte, su mirada y sus palabras habían calado en el nutrido grupo y todas ellas permanecían expectantes, confiando en el príncipe que tan seguro las había hablado.

         Por desgracia la discreción no era el punto fuerte de Murcus, que entró en el salón haciendo añicos las cristaleras. Caminó unos pocos pasos, los que su envergadura le permitieron, y dejó caer un fardo que traía en su lomo.

         Mercedes se desmayó. No podía ser. Mientras Isabel se ocupaba de la reina, Alonso se acercó al fardo. El silencio volvía a ser tenso, solo se oía la ronca respiración de Murcus. El bulto que había rodado por el suelo pareció moverse. Alonso se agachó a su lado.

                   —Gonzalo, levántate. Madre te ha preparado un fiesta de mujeres para que encuentres esposa y reines, como siempre quisiste hacer.

         El príncipe se levantó, aturdido, sujetándose a las manos de su hermano, que le llevó hasta el sillón junto al trono, donde su madre había vuelto en sí, pero respiraba fatigada.

         Alonso montó en el lomo de la bestia, y ambos se alejaron mientras el aire traía los ecos de la canción que el joven seguía cantando: “el silencio de la noche, me dice una vez más, que en algún lugar te tengo que encontrar.”

 


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OCTUBRE:
Objetivo 10: Crea una historia que involucre un volcán o cataclismo.
Cuentos y leyendas H: La princesa y el guisante.
Criaturas del camino X: Dragones.
Objetos ocultos: 21 Sangre Azul y 19 una canción. Y para más Inri, la canción es de la banda Sangre Azul, y si  la quereis escuchar lo podeis hacer en este enlace
Además: milpalabrista ( 2014 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina (de esto no estoy segura, porque tiene dos protas en realidad) pero estoy segura de que si que cuenta para Sororidad porque pasa el test de Bechdel, Triada por personajes LGTBI (leed entre líenas si no los habéis encontrado) y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

martes, 30 de junio de 2020

VIVIRÁS CON MIEDO

VIVIRÁS CON MIEDO

            Cruzaron las vías del tren. En este lado había un campo y más allá de aquel campo estaba su futuro. No sabían lo que les esperaba, pero estaban seguros de que nada sería peor que lo que dejaban atrás.
                        —¿Qué haces, Jandro?
            El muchacho se había agachado y parecía estar clavando algo en el suelo.
                        —Clavar esta estaca junto a la vía. La enterraré hasta dentro. Tiene grabada la fecha de hoy y nuestros nombres.
                        —Greta, no me mires así. Esta estaca nos impedirá volver… en cuanto consiga enterrarla y ponerle encima la Piedra.
                        —¡Jandro! ¡No dejaremos la Piedra Límite aquí! Nos puede hacer falta más adelante.
                        —No Greta —La mirada del chico era intensa e incuestionable.—Aquí es donde debe estar. No hay mejor forma de asegurarnos el futuro que bloquear para siempre el pasado.
            Greta le miró, sopesando su respuesta. “Puede que tenga razón. Por nada del mundo quiero volver a la casa de esa vieja bruja”. Algo le decía a Greta que no todo su pasado estaba en aquel espantoso lugar.
            Jandro terminó de clavar la estaca en el suelo y colocó las manos a los lados de ella. Levantó la mirada buscando los ojos de la chica, y ella se arrodilló frente a él, imitando su postura, de modo que las puntas de sus dedos se tocaron y un torrente de energía empezó a circular por sus cuerpos como si fuera electricidad. Se miraron de nuevo a los ojos y pronunciaron el hechizo confiando plenamente el uno en el otro.
                        —¡Amunta Sama Terén!
            La Piedra Límite emitió un resplandor irisado y comenzó a emanar un agradable calor. Los chicos la cogieron con la punta de sus dedos y la depositaron ceremoniosamente encima de la estaca. Una vibración intensa sacudió la tierra a su alrededor y la luz de la Piedra se apagó. Ambos se pusieron de pie y guardaron un involuntario minuto de silencio, quizá por el pasado, que acababa de quedar enterrado para siempre, junto con la estaca… si el hechizo había salido bien y la Piedra hacía su magia, claro.
            Como si la estuviera leyendo el pensamiento, Jandro apretó las manos de Greta, intentando tranquilizarla.
                        —Todo va a salir bien. Somos libres.
            Greta quería creerle. Pero lo que de verdad ansiaba era alejarse de allí cuanto antes. La vía estaba justo a su lado y al otro lado de aquella frontera de hierro vivía el horror que les había torturado durante años. Aquel horror contra el que nunca habían podido luchar porque eran demasiado pequeños para enfrentarlo.
            Empezaron a caminar en dirección opuesta, alejándose para siempre de su pasado y mirando al futuro con esperanza. En el horizonte les esperaban unas imponentes montañas y encaminaron sus decididos pasos hacía ellas.

            El viento les daba de cara y les traía un rumor armónico y reminiscente que a Greta le estaba poniendo muy nerviosa. Aunque a Jandro parecía no afectarle, a ella se le estaba metiendo en el corazón, intentando despertar viejos recuerdos que había enterrado cuando era muy niña.
            Algo no iba bien. Nada bien. No podía ser que Jandro no lo notara… aunque nunca había sido un niño muy intuitivo, la verdad. Cuando eran muy pequeños y vivían con sus padres (¡Sus padres! Llevaba años sin acordarse de ellos) todos los días iban a la fábrica donde trabajaban. Allí, en la entrada, se quedaban con los hijos de otros trabajadores que, como sus padres, no tenían con quien dejarlos. Entonces su madre enfermó y murió y su padre se quedó sin trabajo. Cambiaron su pequeña casita por una pequeña habitación en un piso con otras tres familias.
             Greta empezó a descubrir miradas llenas de dolor en los ojos de su padre. Salía todos los días a todas las fábricas de la ciudad a buscar un empleo que le permitiese mantenerles, pero todos los días volvía derrotado sin haberlo conseguido. Todo aquello era una especie de nebulosa en la memoria de Greta. Jandro era demasiado pequeño cuando ocurrió, seguro que ni siquiera lo recordaba.
            Mientras caminaban en dirección a las montañas el cerebro de Greta comenzó a hervir. Había algo que le decía que nada bueno les esperaba allí y las borrosas caras de sus padres no se retiraban de su memoria. Si de algo no había dudado nunca Jandro había sido del amor de sus padres, aunque tuvieran que dejarlos en el orfanato porque no podían mantenerles. Sin embargo Greta tenía otra opinión: ella era más mayor y sus recuerdos eran confusos, pero sabía que el dinero no había sido la única causa que les llevara a vivir huérfanos y en manos de la directora doña Críspula. Aquella bruja les había tratado como apestados entre todos los niños que, mugrientos y muertos de hambre, les rodeaban. Por algún motivo que Greta no alcanzaba a descifrar ellos siempre eran el blanco de todos los castigos. Ellos dos siempre pagaban los platos rotos.
            Todos los niños del orfanato estaban seguros de que doña Críspula tenía poderes: lo veía todo y lo sabía todo. Sin embargo Jandro pudo comprobar que los tenía realmente, porque vio con sus propios ojos más de una vez como maldecía la comida para que su sabor se tornara salado o amargo en el plato de los dos hermanos. También habían sufrido terribles pesadillas cada vez que la vieja bruja les daba las buenas noches y les susurraba al oído unas palabras que solo ellos oían: “noche de miedo, pequeños”. Aquella maldición les hacía gritar y llorar dormidos, intentando escapar de las terribles visiones que el sueño les traía. Sin embargo nunca vieron que les hiciera esas cosas a los otros niños.
            Así que Jandro estaba seguro de que su vida sería feliz a partir de ese momento. No habían matado a la bruja, como pasaba en los cuentos, pero la habían dejado atrás para siempre. Ya no podría hacerles daño.
            Entonces de un matorral que había en el borde del camino le llegó una voz:
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.
                        —¿Lo has oído, Greta?
                        —Si, viene de ese matorral.
            La muchacha se agachó y le pareció ver un insecto entre las hojas del matorral. Un insecto que se escondió… trasformando el matojo en el rostro de doña Críspula.
            Greta ahogó un grito. No quería asustar a Jandro.
                        —Vamos enano, seguramente no sea nada.
            Pero claro que era algo. Esa voz le resultaba familiar. La visión de la cara de aquella bruja le recordó la maldición con la que les había recibido en la puerta del orfanato:”dos querubines nuevos para mí, me comeré vuestras almas”. La niña no entendió lo que doña Críspula había querido decir, pero desde ese momento vivió aterrada, esperando que la vieja se les comiera una noche mientras dormían.
            Por suerte habían tenido tiempo de crecer lo suficiente como para escapar de aquel lugar antes de que la bruja se los comiera…lo malo es que no tenían ningún otro sitio al que ir. No tenían un hogar al que volver. Y aunque Jandro estaba seguro de que sus padres les estarían esperando para abrazarles y con ellos podrían volver a ser felices, Greta no era tan optimista. 
            Greta no era como las otras niñas, cuyos padres les enseñaban los rudimentos básicos de la magia desde que eran pequeñas para poder vivir en un mundo cambiante, en el que el tiempo y el espacio siempre eran relativos y donde solo con esa pizca de magia se podía vivir. A Greta su madre solo le había anunciado que un día le enseñaría todo lo necesario, pero ese día nunca había llegado. Por eso  los cuatro años que habían pasado en aquel infierno de orfanato los había invertido en estudiar todos los libros de hechizos que cayeron en sus manos, aunque el que realmente tenía poder era su hermano, un poder puro y potente, aunque no lo había usado casi nunca, por miedo a no ser capaz de controlarlo. No era corriente que los niños tuvieran poder, solían ser las niñas las que tenían el poder de la tierra en su sangre, pero el caso de Jandro era especial. Greta lo descubrió por accidente, cuando vio a su hermanito en la cuna, agitando sus manitas y creando diminutos arcoíris a su alrededor que le hacían sonreír.
            Llevaban más de tres horas caminando y se les estaba agotando el agua. Decidieron parar a la sombra de un manzano, donde Greta podría conseguir algo que beber usando un sencillo conjuro en las raíces superficiales del frutal. Al sentarse volvieron a oir la voz, que les repetía la misma letanía de antes. Greta no quiso mirar a ninguna parte, la voz salía del árbol, pero no quería volver a ver la cara de doña Críspula.
            Después de refrescarse y descansar un poco volvieron al camino, las montañas aún quedaban lejos, pero ya se veían las azoteas de las casas y las chimeneas de las fábricas. Si nada se torcía quizá pudieran llegar antes de la noche. En la ciudad buscar agua y alimentos era más difícil con los pocos recursos de que disponían, pero Greta estaba dispuesta a confiar en el poder de Jandro, quien aseguraba que ya podía oir el latido del corazón de su madre. Greta sabía que eso era imposible, pero no quería ensombrecer la alegría de su hermano con sus propios miedos.
            Durante el camino recordaron todo lo que habían vivido, intentando centrarse solo en las cosas buenas: las buenas amigas que les habían ayudado a escapar y que les habían protegido en el orfanato, la luz del sol de la mañana dándoles en la cara tras cuatro años de dormir encerrados en un sótano sin ventanas... Aunque el gesto de Greta era de preocupación por la voz que les repetía no dejes atrás tus miedos… era un susurro constante y cada vez más insistente. Parecía que fuera el mismo aire quien se lo repitiera una y otra vez como un mantra. Esas frases estaban logrando minar la esperanza de Greta y al cabo de otro par de horas, parecía que estaban menoscabando la fe de Jandro también.
            Apretaron el paso con la decidida idea de llegar cuanto antes a la ciudad, buscar a sus padres y ¿qué? No lo sabían, pero sería bueno, seguro.
            Cuando llegaron al olmo seco que presidía de la entrada de la ciudad, la voz dejó de ser un susurro para convertirse en un grito atronador y de detrás del árbol vieron salir una fragante nube violeta que pretendía envolverlos mientras voceaba: No dejes atrás tus miedos…
            Jandro cogió la mano de su hermana, asustado. Greta supo en ese momento de donde venía realmente la voz, supo a quien pertenecía.
                        —¿Mamá?
            Jandro  miró atónito a Greta. Él no recordaba la voz de su madre.
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.

            Definitivamente era la cariñosa voz de su madre. Intentaba avisarles de algo. Greta se dio cuenta demasiado tarde:
                        —Deberíais hacer caso a vuestra madre, querubines.—Dijo doña Críspula a sus espaldas.
            Cuando Greta se giró y vio a la vieja señalándoles con su bastón supo que el poder de Jandro no era tan fuerte, que la Piedra Límite no había sido capaz de encerrar su pasado al otro lado de la vía. Siempre vivírían con miedo.
------------------------------------------------------------------------------------------------------
                   —El alma de los querubines es deliciosa, pero no me ha saciado.
         Doña Críspula recordaba con deleite el sabor de aquel alma que devoró hacía cuatro años. Aquel alma fuerte y dulce de madre si que le había quitado el hambre.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando  aquí o aquí.

JUNIO:

Objetivo 1: Escribe tu propio cuento con enseñanza.
Cuentos y leyendas A: Hansel y Gretel.
Criaturas del camino II: Brujas.
Objetos ocultos: 1 Una estaca y 3 arco iris.
Además: milpalabrista (2003 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber que es lo que tú cambiarias en este relato.

domingo, 22 de marzo de 2020

LA BURBUJA


LA BURBUJA

                   Las olas rompían con una alegría excepcional aquella noche. Estaban estrenando puntillas de espuma contra las rocas mientras el mar embravecido no cejaba en su empeño de querer conquistar la tierra palmo a palmo. La marea estaba alta porque tenía algo importante que celebrar: la pasión había triunfado.



         La bruja del mar era mucho más que una hechicera. Por todo el océano era más que conocido que Úrsula era una usurera de tomo y lomo. De hecho su verdadero nombre era Mari Ángeles, pero Úrsula se acercaba mucho más a usura y por eso todas las criaturas del mar la llamaban así. Durante decenios se había forjado su fama a base de pedir precios desorbitados por sus filtros amorosos de dudosa eficacia, por sus predicciones a menudo desacertadas

lunes, 23 de diciembre de 2019

LIBERACIÓN

LIBERACIÓN

Pues ha sido un año (en realidad medio, puesto que me reenganché en junio) muy productivo e interesante en este reto de escritura tan original. He disfrutado muchímo escribiendo relatos totalmente alejados de lo que viene siendo mi estilo y descubriendo nuevos horizontes junto a un puñado de personas a las que no tengo más remedio que agradecer todo el tiempo que hemos compartido, ya que sin duda ha sido lo mejor el reto.
 para mas datos sobre este fantástico reto creativo podeis visitar:
 y también

Os dejo el relato, espero muchos comentarios jejejeje 

LIBERACIÓN

         Susa se divertía, como siempre que iba a la discoteca. No podía diferenciar muy bien las luces de colores, pero la calidez de sentirse rodeada de cuerpos la embriagaba.
         Desde que eran esclavos de los Waldorf, estas pocas horas de asueto se habían convertido en su razón para seguir adelante. La vida había cambiado para siempre cuando la nueva generación de teléfonos inteligentes tomaron el control sobre el planeta. Desde las aplicaciones que ellos mismos creaban y viralizaban, habían logrado dominar toda la maquinaria, y ni los más ricos, ni los más poderosos habian conseguido controlar la tremenda catástrofe que se avecinaba. Para las máquinas no éramos más que el virus del planeta, solo éramos una especie a extinguir.
         Para llevar a cabo su plan empezaron por controlar las comunicaciones interpersonales y también las diplomáticas…con el resultado que la Cuarta Guerra Mundial acabó por arrasar lo poco que quedaba de civilización.
         La Tercera Guerra Mundial había enfrentado