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viernes, 31 de julio de 2020

PECADO

        PECADO          

                    —Amén.

                   —Amén.

         Recitamos todos al unísono. Para mí solo eran palabras huecas, pero mi hermana estaba segura de que iría al infierno si no cumplía con todos los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Siempre tan preciosa, con su larguísima melena recogida en una recatada trenza que se enroscaba formando un moño monumental y sin embargo, siempre asustada de la vida.

         Cuando la conocí era una preciosa niña de siete años, con vestido de callos, calcetines y dos coletas rubias con enormes lazos. Tenía la dulce mirada de la inocencia y una piel blanca como la leche. Su madre la traía de la mano cuando llegó a la estación a recogerme. Por aquel entonces yo tenía el aspecto de un mozalbete de doce años, alto, flaco, desgarbado y con unos pantalones demasiado cortos para mi estatura. Gothel me miró de arriba abajo apretando los labios mientras sujetaba con fuerza la mano de Raquel, que la miraba con miedo a quejarse, seguramente temiendo una reprimenda si abría la boca.

                   —Vamos.

         Esa fue la única palabra que dijo aquella mujer a la que nunca conseguí llamar mamá. Estuvimos caminado durante más de media hora hasta llegar a un pequeño piso del centro de Madrid. Gothel abrió y volvió a hablar.

                   —Límpiate bien los pies en el felpudo antes de entrar.

         La mirada que me dedicó era fría como el hielo. Miré a mi nueva hermana buscando algo de complicidad, pero ella ya había pasado y se había metido en una de las habitaciones. Gothel me mostró donde estaban el baño y al cocina. Después abrió la puerta de un diminuto cuarto que por todo mobiliario tenía un jergón, un pequeño armario y un reclinatorio. Nunca había visto uno de esos en una casa.


                   —Cenamos a las ocho y media. Aséate antes de ir a la mesa. Puedes deshacer tu…—miró con desprecio mi pequeña mochila—equipaje, y descansar un poco del viaje. Aprovecha para agradecerle a Dios haberte permitido realizarlo sin contratiempos.

         Así de fría y distante se mostraba siempre aquella bruja conmigo. Se dirigía a mi siempre por mi nombre: Alex. A la pequeña la llamaba “cariño”, masticando la palabra, que de sus labios sonaba como una maldición.

         Las normas en aquella casa eran de una rigidez castrense: se bendecía la mesa antes de cada comida,  se acudía a misa todos los domingos y fiestas de guardar y se miraba que toda la ropa cubría convenientemente todo lo que debía cubrir, incluso durante los asfixiantes veranos de Madrid. La religiosidad lo impregnaba todo en aquellas habitaciones presididas por crucifijos y cuadros de la Virgen María.

                   —No cariño, no irás a ninguna fiesta.

                   —Pero cumplo catorce años y nunca he ido a ninguna. Mis amigas me han organizado una fiesta de cumpleaños.

                   —Esas fiestas son nidos donde el pecado y la lascivia se incuban y crecen. No irás. Es mi última palabra.

         Raquel, que había vivido toda su infancia bajo los férreos preceptos de su madre entornó los ojos mientras avanzaba por el pasillo camino de su cuarto. Con el tiempo mi relación con ella no era “de hermanos”, pero habíamos alcanzado cierto grado de complicidad, así que esperé a que Gothel se sentara de nuevo en su butaca para rezar el rosario y me acerqué al cuarto de la niña.

                   —Soy Alex, ábreme la puerta, por favor.

                   —Vete. Si mamá te pilla en mi cuarto nos matará a los dos.

                   —Solo me iré si me garantizas que vas a estar bien.

                   —Rezaré un rosario para calmar mi soberbia. He cometido un pecado desafiando a mi madre, a quien debería honrar.

                   —Si te hace sentir mejor te acompañaré mañana a la iglesia para que puedas confesarte.

         No sabía que otra cosa podía hacer, porque acompañar a Raquel a la iglesia era de las pocas cosas que podíamos hacer juntos sin que Gothel estuviera presente. A pesar de que yo ya había cumplido 19 años, las normas no se habían relajado ni un poco. En algunos aspectos se habían recrudecido. Yo recordaba con nostalgia los años vividos con mi padre: con él la vida era más lógica y yo podía entenderla sin tener que leer la biblia en busca de respuestas. Lo extrañaba mucho, y estaba dispuesto a volver a buscarlo en cuanto lograra poner a Raquel a salvo de Gothel, que vigilaba cada minuto de su vida.

         Por desgracia para nosotros, Gothel había sido la que había determinado que Raquel debía acudir a la iglesia al día siguiente para pedir perdón por sus pecados, así que allí estábamos los tres, rezando a un dios en el que yo nunca había creído. Mi fingida devoción satisfacía a la bruja mientras ignoraba mis verdaderos sentimientos. Si llegaba a saber que yo en realidad nunca había creído en su Dios seguramente me habría echado de casa, pero mi engaño llevaba cinco años dando resultados. Necesitaba mantenerme al lado de Raquel, desde el primer día había visto el miedo en el fondo de su mirada y no podía resistirme a rescatarla de una vida que no merecía.

         En aquellos cinco años que habíamos compartido casa, Raquel y yo no habíamos tenido más de dos o tres ocasiones para poder jugar a solas o hacer algún puzle. Gothel era omnipresente y no quitaba el ojo de encima nunca a su pequeña princesa, aunque los mimos en aquella especie de hogar siempre habían brillado por su ausencia la vigilancia y al rigidez eran el pan nuestro de cada día.

         Me asfixiaba en aquel ambiente cargado de santos y rezos, como si tuviera una ballena sobre mi pecho impidiéndome respirar,  pero no podía dejar allí a aquella preciosa niñita que era cautiva de una educación retrógrada y sin sentido para mí. Me propuse salvarle y darle una oportunidad de vivir una vida sin semejantes ataduras. Pero ella no parecía sentirse encerrada… al menos hasta que su madre le prohibió la fiesta de cumpleaños con sus amigas. Raquel no sabía lo que era una fiesta de cumpleaños. La única celebración que habían tenido sus onomásticas hasta entonces se habían compuesto de soplar las velas sobre un bizcocho que su madre cocinaba y que siempre estaba excesivamente seco, como su corazón.

         Estaba acabando la misa cuando Raquel me miró de reojo. Capté su mirada y entendí que estaba buscando una ventana para poder respirar, así que le devolví una mirada de confianza para que supiera que podía contar conmigo pasara lo que pasara.

         Cuando el sacerdote ordenó que nos diésemos la paz, sujeté la mano de mi hermana un segundo de más, sin llamar la atención de Gothel. Quería darle la seguridad suficiente para poder emprender la huída hacia adelante. Yo tenía unos pequeños ahorros que había logrado juntar trabajando como mozo en un almacén. No era una gran cantidad puesto que casi todo el dinero se lo quedaba la bruja para los gastos de la casa, pero sería suficiente para comprar un par de billetes de tren y regresar a casa de mi padre. No sabía si lo encontraría allí, pero de lo que estaba seguro era de que encontraría el modo de vivir dignamente y lograr que Raquel tuviera una vida normal.

         Cuando salimos de la iglesia, Gothel se retrasó para hablar con don Braulio, el joven sacerdote, y agradecerle su sermón, como solía hacer. Raquel y yo esperábamos en la puerta a que saliera para regresar a casa.

         Me acerqué un poco más a mi hermana y le hablé en un susurro. Su madre tenía oídos en todas partes y esa vez era de vital importancia que no oyera lo que iba a decir.


                   —Raquel, nos vamos.

         Me miró desconcertada. Creo que no entendió mi propuesta.

                   —Solo tenemos unos pocos minutos. Ven conmigo y te librarás de esta cárcel en la que vives. Iremos a casa de mi padre y buscaremos un futuro en el que puedas celebrar tus cumpleaños con tus amigas.

         Raquel seguía mirándome con los ojos como platos. Sabía que la había cogido por sorpresa, pero en aquella casa nuestra comunicación era imposible así que era ahora o nunca. Agarré su mano y comencé a caminar, seguro que de ella me seguiría, pero nuestros brazos se estiraron cuando ella no se movió del sitio.

                   —Raquel, tenemos que irnos ahora. Ahora o nunca.

         Pero ella no se movió del sitio. Busqué una respuesta en sus ojos y me di cuenta de que su inocencia ya no estaba allí. No entendía nada.  Su mirada era intensa y estaba llena de miedo. Sin embargo algo me decía que estaba dispuesta a enfrentarse a ese miedo. Tiró de mí hacia el interior de la iglesia.

                   —No, Raquel. Vámonos. No puedo creer que quieras seguir viviendo en este infierno. Vámonos ahora.

                   —El infierno es para los pecadores.

         Me dejé arrastrar dentro del templo. Un rumor extraño ensuciaba el sagrado silencio. Caminamos sigilosamente hasta el altar, en cuyo lateral estaba la puerta de la sacristía. El sonido de unos gruñidos era cada vez más evidente. El miedo en los pasos de mi hermana, también. La puerta de la sacristía estaba entreabierta y por la ranura que quedaba podía verse parciamente el interior. No podía creer lo que estaba viendo.

                   —No puede ser ¿desde cuándo lo sabes?—Le pregunté a Raquel. Ella se arremangó las mangas del vestido para mostrarme sendas cicatrices en sus muñecas.

                   —No quiero ser como ella.

         Empujó la puerta, que se abrió con un chirrido y pude ver . Los ojos de Gothel brillaron desorbitados y llenos de ira mientras la sangre del sacerdote escurría de su boca. Ni todas las oraciones del mundo podrían librarla nunca de sus raíces paganas ni de ser lo que era.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

JULIO:
Objetivo 3: Escribe una historia basada en la religión
Cuentos y leyendas B: Rapunzell.
Criaturas del camino III: Wendigo.
Objetos ocultos: 4 una ballena y 7 una docena.
Además: milpalabrista (1606 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

martes, 30 de junio de 2020

VIVIRÁS CON MIEDO

VIVIRÁS CON MIEDO

            Cruzaron las vías del tren. En este lado había un campo y más allá de aquel campo estaba su futuro. No sabían lo que les esperaba, pero estaban seguros de que nada sería peor que lo que dejaban atrás.
                        —¿Qué haces, Jandro?
            El muchacho se había agachado y parecía estar clavando algo en el suelo.
                        —Clavar esta estaca junto a la vía. La enterraré hasta dentro. Tiene grabada la fecha de hoy y nuestros nombres.
                        —Greta, no me mires así. Esta estaca nos impedirá volver… en cuanto consiga enterrarla y ponerle encima la Piedra.
                        —¡Jandro! ¡No dejaremos la Piedra Límite aquí! Nos puede hacer falta más adelante.
                        —No Greta —La mirada del chico era intensa e incuestionable.—Aquí es donde debe estar. No hay mejor forma de asegurarnos el futuro que bloquear para siempre el pasado.
            Greta le miró, sopesando su respuesta. “Puede que tenga razón. Por nada del mundo quiero volver a la casa de esa vieja bruja”. Algo le decía a Greta que no todo su pasado estaba en aquel espantoso lugar.
            Jandro terminó de clavar la estaca en el suelo y colocó las manos a los lados de ella. Levantó la mirada buscando los ojos de la chica, y ella se arrodilló frente a él, imitando su postura, de modo que las puntas de sus dedos se tocaron y un torrente de energía empezó a circular por sus cuerpos como si fuera electricidad. Se miraron de nuevo a los ojos y pronunciaron el hechizo confiando plenamente el uno en el otro.
                        —¡Amunta Sama Terén!
            La Piedra Límite emitió un resplandor irisado y comenzó a emanar un agradable calor. Los chicos la cogieron con la punta de sus dedos y la depositaron ceremoniosamente encima de la estaca. Una vibración intensa sacudió la tierra a su alrededor y la luz de la Piedra se apagó. Ambos se pusieron de pie y guardaron un involuntario minuto de silencio, quizá por el pasado, que acababa de quedar enterrado para siempre, junto con la estaca… si el hechizo había salido bien y la Piedra hacía su magia, claro.
            Como si la estuviera leyendo el pensamiento, Jandro apretó las manos de Greta, intentando tranquilizarla.
                        —Todo va a salir bien. Somos libres.
            Greta quería creerle. Pero lo que de verdad ansiaba era alejarse de allí cuanto antes. La vía estaba justo a su lado y al otro lado de aquella frontera de hierro vivía el horror que les había torturado durante años. Aquel horror contra el que nunca habían podido luchar porque eran demasiado pequeños para enfrentarlo.
            Empezaron a caminar en dirección opuesta, alejándose para siempre de su pasado y mirando al futuro con esperanza. En el horizonte les esperaban unas imponentes montañas y encaminaron sus decididos pasos hacía ellas.

            El viento les daba de cara y les traía un rumor armónico y reminiscente que a Greta le estaba poniendo muy nerviosa. Aunque a Jandro parecía no afectarle, a ella se le estaba metiendo en el corazón, intentando despertar viejos recuerdos que había enterrado cuando era muy niña.
            Algo no iba bien. Nada bien. No podía ser que Jandro no lo notara… aunque nunca había sido un niño muy intuitivo, la verdad. Cuando eran muy pequeños y vivían con sus padres (¡Sus padres! Llevaba años sin acordarse de ellos) todos los días iban a la fábrica donde trabajaban. Allí, en la entrada, se quedaban con los hijos de otros trabajadores que, como sus padres, no tenían con quien dejarlos. Entonces su madre enfermó y murió y su padre se quedó sin trabajo. Cambiaron su pequeña casita por una pequeña habitación en un piso con otras tres familias.
             Greta empezó a descubrir miradas llenas de dolor en los ojos de su padre. Salía todos los días a todas las fábricas de la ciudad a buscar un empleo que le permitiese mantenerles, pero todos los días volvía derrotado sin haberlo conseguido. Todo aquello era una especie de nebulosa en la memoria de Greta. Jandro era demasiado pequeño cuando ocurrió, seguro que ni siquiera lo recordaba.
            Mientras caminaban en dirección a las montañas el cerebro de Greta comenzó a hervir. Había algo que le decía que nada bueno les esperaba allí y las borrosas caras de sus padres no se retiraban de su memoria. Si de algo no había dudado nunca Jandro había sido del amor de sus padres, aunque tuvieran que dejarlos en el orfanato porque no podían mantenerles. Sin embargo Greta tenía otra opinión: ella era más mayor y sus recuerdos eran confusos, pero sabía que el dinero no había sido la única causa que les llevara a vivir huérfanos y en manos de la directora doña Críspula. Aquella bruja les había tratado como apestados entre todos los niños que, mugrientos y muertos de hambre, les rodeaban. Por algún motivo que Greta no alcanzaba a descifrar ellos siempre eran el blanco de todos los castigos. Ellos dos siempre pagaban los platos rotos.
            Todos los niños del orfanato estaban seguros de que doña Críspula tenía poderes: lo veía todo y lo sabía todo. Sin embargo Jandro pudo comprobar que los tenía realmente, porque vio con sus propios ojos más de una vez como maldecía la comida para que su sabor se tornara salado o amargo en el plato de los dos hermanos. También habían sufrido terribles pesadillas cada vez que la vieja bruja les daba las buenas noches y les susurraba al oído unas palabras que solo ellos oían: “noche de miedo, pequeños”. Aquella maldición les hacía gritar y llorar dormidos, intentando escapar de las terribles visiones que el sueño les traía. Sin embargo nunca vieron que les hiciera esas cosas a los otros niños.
            Así que Jandro estaba seguro de que su vida sería feliz a partir de ese momento. No habían matado a la bruja, como pasaba en los cuentos, pero la habían dejado atrás para siempre. Ya no podría hacerles daño.
            Entonces de un matorral que había en el borde del camino le llegó una voz:
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.
                        —¿Lo has oído, Greta?
                        —Si, viene de ese matorral.
            La muchacha se agachó y le pareció ver un insecto entre las hojas del matorral. Un insecto que se escondió… trasformando el matojo en el rostro de doña Críspula.
            Greta ahogó un grito. No quería asustar a Jandro.
                        —Vamos enano, seguramente no sea nada.
            Pero claro que era algo. Esa voz le resultaba familiar. La visión de la cara de aquella bruja le recordó la maldición con la que les había recibido en la puerta del orfanato:”dos querubines nuevos para mí, me comeré vuestras almas”. La niña no entendió lo que doña Críspula había querido decir, pero desde ese momento vivió aterrada, esperando que la vieja se les comiera una noche mientras dormían.
            Por suerte habían tenido tiempo de crecer lo suficiente como para escapar de aquel lugar antes de que la bruja se los comiera…lo malo es que no tenían ningún otro sitio al que ir. No tenían un hogar al que volver. Y aunque Jandro estaba seguro de que sus padres les estarían esperando para abrazarles y con ellos podrían volver a ser felices, Greta no era tan optimista. 
            Greta no era como las otras niñas, cuyos padres les enseñaban los rudimentos básicos de la magia desde que eran pequeñas para poder vivir en un mundo cambiante, en el que el tiempo y el espacio siempre eran relativos y donde solo con esa pizca de magia se podía vivir. A Greta su madre solo le había anunciado que un día le enseñaría todo lo necesario, pero ese día nunca había llegado. Por eso  los cuatro años que habían pasado en aquel infierno de orfanato los había invertido en estudiar todos los libros de hechizos que cayeron en sus manos, aunque el que realmente tenía poder era su hermano, un poder puro y potente, aunque no lo había usado casi nunca, por miedo a no ser capaz de controlarlo. No era corriente que los niños tuvieran poder, solían ser las niñas las que tenían el poder de la tierra en su sangre, pero el caso de Jandro era especial. Greta lo descubrió por accidente, cuando vio a su hermanito en la cuna, agitando sus manitas y creando diminutos arcoíris a su alrededor que le hacían sonreír.
            Llevaban más de tres horas caminando y se les estaba agotando el agua. Decidieron parar a la sombra de un manzano, donde Greta podría conseguir algo que beber usando un sencillo conjuro en las raíces superficiales del frutal. Al sentarse volvieron a oir la voz, que les repetía la misma letanía de antes. Greta no quiso mirar a ninguna parte, la voz salía del árbol, pero no quería volver a ver la cara de doña Críspula.
            Después de refrescarse y descansar un poco volvieron al camino, las montañas aún quedaban lejos, pero ya se veían las azoteas de las casas y las chimeneas de las fábricas. Si nada se torcía quizá pudieran llegar antes de la noche. En la ciudad buscar agua y alimentos era más difícil con los pocos recursos de que disponían, pero Greta estaba dispuesta a confiar en el poder de Jandro, quien aseguraba que ya podía oir el latido del corazón de su madre. Greta sabía que eso era imposible, pero no quería ensombrecer la alegría de su hermano con sus propios miedos.
            Durante el camino recordaron todo lo que habían vivido, intentando centrarse solo en las cosas buenas: las buenas amigas que les habían ayudado a escapar y que les habían protegido en el orfanato, la luz del sol de la mañana dándoles en la cara tras cuatro años de dormir encerrados en un sótano sin ventanas... Aunque el gesto de Greta era de preocupación por la voz que les repetía no dejes atrás tus miedos… era un susurro constante y cada vez más insistente. Parecía que fuera el mismo aire quien se lo repitiera una y otra vez como un mantra. Esas frases estaban logrando minar la esperanza de Greta y al cabo de otro par de horas, parecía que estaban menoscabando la fe de Jandro también.
            Apretaron el paso con la decidida idea de llegar cuanto antes a la ciudad, buscar a sus padres y ¿qué? No lo sabían, pero sería bueno, seguro.
            Cuando llegaron al olmo seco que presidía de la entrada de la ciudad, la voz dejó de ser un susurro para convertirse en un grito atronador y de detrás del árbol vieron salir una fragante nube violeta que pretendía envolverlos mientras voceaba: No dejes atrás tus miedos…
            Jandro cogió la mano de su hermana, asustado. Greta supo en ese momento de donde venía realmente la voz, supo a quien pertenecía.
                        —¿Mamá?
            Jandro  miró atónito a Greta. Él no recordaba la voz de su madre.
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.

            Definitivamente era la cariñosa voz de su madre. Intentaba avisarles de algo. Greta se dio cuenta demasiado tarde:
                        —Deberíais hacer caso a vuestra madre, querubines.—Dijo doña Críspula a sus espaldas.
            Cuando Greta se giró y vio a la vieja señalándoles con su bastón supo que el poder de Jandro no era tan fuerte, que la Piedra Límite no había sido capaz de encerrar su pasado al otro lado de la vía. Siempre vivírían con miedo.
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                   —El alma de los querubines es deliciosa, pero no me ha saciado.
         Doña Críspula recordaba con deleite el sabor de aquel alma que devoró hacía cuatro años. Aquel alma fuerte y dulce de madre si que le había quitado el hambre.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando  aquí o aquí.

JUNIO:

Objetivo 1: Escribe tu propio cuento con enseñanza.
Cuentos y leyendas A: Hansel y Gretel.
Criaturas del camino II: Brujas.
Objetos ocultos: 1 Una estaca y 3 arco iris.
Además: milpalabrista (2003 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber que es lo que tú cambiarias en este relato.

jueves, 7 de noviembre de 2019

LA EMPERATRIZ

LA EMPERATRIZ ( relato de Febrero #OrigiReto2019)




El Origireto es una genial iniciativa de Stiby y de Katty. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras, @stiby2 y @musajue:
http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html
http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html.

Sigo empeñada en completar todo el año así que os traigo el relato de febrero. Espero que lo disfruteis y me dejeis vuestras opiniones en comentarios:


LA EMPERATRIZ


         La soberbia emperatriz estaba harta. Por más que se esmeraba nunca se veía bella, como antes. Cuando se casó con el emperador era la mujer más bella del reino. Todas la envidiaban y la querían. Siempre vestía vestidos sencillos pero su sonrisa la dotaba de una belleza sin par. Sin embargo con el tiempo su carácter fue cambiando, tanto afán ponía en ser el centro de atención que poco a poco fue invirtiendo mas tiempo y mas recursos en su aspecto que en lo realmente importante: vivir feliz gobernando el reino con su esposo. Su eterna sonrisa fue cediendo espacio a  un ceño fruncido que la hacía parecer siempre enfadada.
         Tenía dos plantas enteras de palacio dedicadas exclusivamente a ser su vestidor personal. Disponía de un programa informático especialmente desarrollado que la ayudaba a combinar sus prendas para no repetir conjunto jamás de los jamases. Era como un videojuego de moda hecho a su medida. Tenía a sueldo a las mejores costureras del reino y también a todos los grandes modistos, tanto de su reino como del mundo entero. No en vano era la emperatriz de la moda. Todas las revistas informaban puntualmente de su último atuendo, sin escatimar en detalles y analizando exhaustivamente hasta el mínimo matiz. Y todas se cuidaban muy mucho de poner de manifiesto el más ínfimo detalle negativo de su señora. Aunque su permanente ceño fruncido le afeaba el gesto en casi todas sus instantáneas, que comparaba diariamente con una polaroid que guardaba de cuando fue coronada.
         La emperatriz tenía, además, un ejército de peluqueros y maquilladores expertos en los últimos productos y aplicaciones para lucir lo más bella posible.
         Pero Exmara era exigente. Una pestaña descolocada la podía suponer a la maquilladora un castigo tremendo: mandaría arrancarle  sus propias pestañas y dejarla al sol sin unas gafas de sol, por ejemplo. Porque eso sí, todos sus castigos eran ejemplares.
         Igual que emanaba glamour y moda por cada poro de su piel, en la misma medida vomitaba odio y maldad fruto de su profunda insatisfacción permanente con su aspecto. Y por más que lo intentaba con todos los medios a su alcance, que eran muchos, siempre se veía alguna falta que la hacía fruncir el ceño.
         El emperador se limitaba a intentar gobernar el reino sin hacer apariciones públicas puesto que Exmara nunca estaba de acuerdo con el aspecto de Yokarlo.
                   —¡Pareces un pordiosero!
         Solía gritarle, aunque Yokarlo se hubiera esmerado en consultar con los asesores de moda de palacio antes de vestirse por la mañana, y hubiera seguido a pies juntillas todas sus recomendaciones. Para Exmara nada era suficiente.
                   —¡No puedes gobernar un reino con esas pintas!
         Le decía a menudo, aunque ella misma jamás se había ocupado de sus deberes para con su reino, puesto que solo se preocupaba de su propio aspecto. El pobre emperador, que tanto la había amado en el pasado, ahora la tenía miedo. Siempre había soñado con tener niños que le acompañasen en su vida, a los que poder mimar y con los que poder dibujar un futuro para el reino, pero por supuesto, Exmara no estaba dispuesta a sacrificar su figura por semejante deseo estúpido de su esposo. Eso había hecho de su matrimonio un matrimonio infeliz, cada uno sufriendo por lo que no tenía.
         El reino de Fashionshow se mantenía siempre expectante de los caprichos de su emperatriz. Todos los habitantes vestían impolutos uniformes grises, todos iguales a todas horas pues así lo había dispuesto Exmara en su afán por ser la más bella del reino. No estaba dispuesta a arriesgarse a que cualquier aldeana despeinada pudiera acaparar más miradas que ella. Así que las leyes solo permitían los colores gris y negro entre el pueblo de Fashionshow. Solo los fabricantes de telas tenían acceso a los materiales necesarios para fabricar paños de colores y a los programas informáticos que desarrollaban nuevos tejidos y estampados para llenar el vestidor de la emperatriz.
         Lejos de ser una próspera empresa, sus empleados vivían atemorizados pues a menudo sufrían las iras de su señora. Si consideraba que un tejido no era lo suficientemente suave, o que un estampado la hacía parecer el culo gordo descargaba toda su furia contra la empresa textil.
         Se acercaba la fecha de la gran Conferencia Internacional del Agua, donde se daban cita los reyes y emperadores de todo el continente para tratar temas relacionados con el precioso bien dador de vida, y mientras Yokarlo se reunía con sus asesores, expertos científicos e investigadores para poder presentar las propuestas más inteligentes y sensatas, Exmara solo tenía espacio en sus pensamientos para decidir y elegir los vestidos que luciría esos días.
         Ningún diseño de los que la presentaban la parecía adecuado para cita con tan altas personalidades. Su objetivo era, como siempre, ser el centro de atención.
         Tanto era así que decidió convocar un concurso internacional de alta costura exclusiva para poder estrenar los modelos más exquisitos.
         Todos los habitantes del reino se echaron a temblar, puesto que sabían que si Exmara no acababa satisfecha la pagaría con el pueblo, como siempre. Dedicaron tiempo en sus hogares a preparar sus uniformes más nuevos para esos días, pues todos debían acudir a aplaudir a las autoridades extranjeras y su aspecto debía ser inmaculado.
         Llegaron propuestas de todas partes del mundo: vestidos de seda de la india con estampados que harían delirar a Emilio Pucci, trajes que harían palidecer a Christian Dior, incluso fantasías que volverían loca a Ágata Ruiz de la Prada… Todos los diseñadores se volvían locos por ser el elegido para vestir a la emperatriz. Sin embargo, Exmara y sus asesores de moda no terminaban de decidirse, porque todos esos atuendos les parecían demasiado simples para tal ocasión.
         Caminaba por un pasillo de palacio acompañada de dos de sus asesores, intentando decidir sobre el atuendo para la gala,  cuando Exmara vio a una de sus peluqueras, con el uniforme gris y negro, y le pareció que la joven era mucho más bella que ella. Iracunda y furiosa se acercó a ella con paso decidido y la agarró por el cuello, mientras la pobre peluquera intentaba parecer pequeña y ni siquiera se atrevía a mirar a los ojos de su señora.
                   —¡Tú! ¿Qué tienes en la cara para ser más bella que yo?
                   —Nada señora, llevo la cara lavada, como siempre. Nunca me he saltado las normas del reino.
                   —¡No seas impertinente! —gritaba Exmara a la pobre infeliz, que del miedo que tenía no podía dejar de llorar a lágrima viva.
                   —Señora, solo llevo un uniforme limpio y la cara lavada. Su majestad es la mujer más bella. Yo no.
         En ese momento uno de sus asesores intercedió por la peluquera.
                   —Majestad, si me permite.
                   —¿Qué?
                   —Creo que podemos llevar a esta joven a uno de los probadores y examinar cual es el origen de esa belleza    que usted aprecia. Aunque ya le digo que nadie es tan  bella como que usted.
         Exmara se apiadó de la joven y la soltó, aunque su expresión malhumorada no mejoró ni un poco al hacerlo. La pobre infeliz aún así, no podía dejar de llorar. Incluso con la cara llena de lágrimas, cada vez que Exmara la miraba, no podía dejar de verla más bella que a nadie en el mundo. Y eso la hacía enfurecerse a cada paso que daban por el pasillo camino de uno de los probadores reales. Al llegar la hicieron subirse al pedestal que había en el centro y que normalmente ocupaba la emperatriz. La joven obedeció, sintiéndose extraña y atemorizada. Intentó dejar de llorar y haciendo uso de toda su voluntad, lo consiguió a duras penas. Se mantuvo en el pedestal con la cabeza gacha mientras la emperatriz y sus asesores la miraban de arriba abajo juzgando su aspecto.
                   —No tiene nada de particular, majestad. Solo es una peluquera del montón.
                   —¿No tenéis ojos en la cara? Hasta con los ojos enrojecidos por el llanto esta puñetera es más guapa que yo.
                   —Se equivoca majestad. Su escasa belleza no le llega ni a la suela de los zapatos.
         Los asesores intentaban convencer a la emperatriz de que la desdichada peluquera no era para tanto puesto que les convenía tenerla contenta, pero en el fondo no podían ignorar la belleza innata de la joven. Era una belleza sencilla y sin adornos.
                   —¡Quítate el uniforme! ¡Y suéltate ese moño!—Le gritó Exmara con el ceño bien fruncido.
         La emperatriz estaba buscando el origen de la belleza de esa mujer incluso debajo de su apariencia externa. Sin embargo los asesores sabían dónde estaba exactamente la belleza de la joven, incluso sin mirarla: en el brillo de sus ojos y en su sonrisa, que ahora se había difuminado con el llanto.
         Al quitarse el uniforme y quedar en ropa interior, la emperatriz pudo ver el vientre de la joven lleno de horrorosas estrías.
                   —Por favor, que asco de cuerpo. ¿Cómo puedes ser bella con semejante abdomen?
         Todos guardaron silencio alrededor de Exmara.
                   —¡Responde!
                   —Majestad, las estrías de mi vientre son la causa de mi felicidad. Recientemente tuve un bebé precioso que es la alegría de mi vida.
                   —¿Un bebé? Eso no te convierte en más bella.
                   —Lo sé, majestad, pero me hace tan feliz, que la belleza ha dejado de importarme.
                   —¡Menuda estupidez! Vístete y sal de mi vista. No quiero volver a verte.
         La joven se vistió y salió de palacio corriendo. Por suerte, esa sentencia de la emperatriz la había liberado de seguir a su servicio, así que recogió sus peines y se fue a su casa con su familia. Ahora estaba más feliz todavía que antes.
                   —Majestad, si me permite —Dijo uno de los asesores
                   —¿Qué quieres?
                   —¿Podría ponerse frente al espejo?
         La emperatriz así lo hizo. Y al verse vio a la mujer más fea del mundo. Toda enfadada y con la frente arrugada.
                   —¿Lo ve?
                   —¿Qué tengo que ver, imbécil?
                   —Su belleza
                   —¿Mi belleza? Os mandaré ahorcar por hacerme perder el tiempo. Habéis visto igual que yo que hasta una peluquera me supera en belleza.
         A pesar de la ira de la emperatriz, el asesor siguió intentando explicarse, aún  a riesgo de perder su propia vida.
                   —Majestad. Mírese a la cara. ¿Ve esas arruguitas entre los ojos? Creo que son las que la están robando su belleza. Intente sonreír y dejar de mostrar ese enfado.
                   —¡Esa estúpida era bella incluso después de llorar!
                   —Inténtelo, majestad. Le prometo que no se arrepentirá.
         Exmara intentó sonreír, pero era algo que llevaba tanto tiempo sin hacer que apenas recordaba como se hacía.
                   —¿Ve? —dijo el asesor ante la mueca que se dibujó en la cara de su señora. —Ahora es mucho más bella. Lo único que tenía esa peluquera y que usted no tenía era su sonrisa.
         Exmara sonrió con maldad ante tal afirmación. Viéndose de nuevo bella por un momento.
                   —La he dejado sin trabajo, no creo que vuelva a sonreír en mucho tiempo.
         Dijo la emperatriz, regocijándose en su propia maldad. Pero al hacerlo vio como el rostro del espejo cambiaba y se volvía horroroso de nuevo. Parecía ser verdad que una sonrisa era lo único que necesitaba para ser más bella. Entonces sacó la vieja foto que guardaba y la miró con detenimiento. Estaba bellísima en esa foto, a pesar de que llevaba un vestido elegante pero sencillo. Se fijó y en efecto: lo más bello de la foto era su sonrisa.
         Volvió de nuevo su rostro al espejo e intentó sonreir de nuevo buscando su belleza perdida…entonces, el espejo estalló en mil pedazos.

Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2019.

·  Objetivo 12: Crea tu propia versión de un cuento conocido (¿habeis adivinado cúal? se admiten apuestas)
·  Objeto oculto: nº29: Un videojuego.
·  Objeto oculto: nº23: Una foto vieja o polaroid.
·  Palabras: 1923 (milpalabrista)· 
Además, la pegatina:


jueves, 10 de octubre de 2019

APRESTO

APRESTO (relato #Origireto 2019 Octubre) 

Continuando con mi participación en el #Origireto 2019, aquí teneis el relato correspondiente al mes de Octubre. Vamos pronto a empezar el més con un relato diferente y creo que original. Espero vuestros comentarios para poder mejorar.


 para mas datos sobre este fantástico reto creativo podeis visitar:
 y también
y además: 
Os dejo el relato.



APRESTO

                   —¡Esto es una locuraaa!
                   —¡Te lo dije, Fausto!¡Uoooo!
         Todo giraba a una velocidad desorbitada. Nuestra liberación había sido espectacular. Carmelo, Silvano y Jon habían contado siempre la leyenda de que tras la liberación el mundo estaría lleno de luz y diversión y ahora que lo estábamos viviendo en nuestros propios cuerpos no podíamos sino darles la razón. El viaje era pura magia. Desde la llegada de la luz, inundándolo todo y dándonos el aire y el espacio que durante tanto tiempo nos habían faltado, hasta el torbellino imparable y húmedo en el que nos encontrábamos, pasando por el emocionante descenso en caída libre hacia lo desconocido.
         Nuestra vida tras la liberación estaba siendo como ir pasando de una atracción a otra en una feria de la locura y la alegría. Todos estábamos maravillados. Apenas podíamos vernos las caras a través de aquel agua que giraba y giraba cada vez más deprisa, formando una especie de volcán en el centro. Todos nos movíamos de arriba abajo dejándonos llevar por el movimiento de aquella estupenda piscina de parque acuático que parecía no tener fin. Definitivamente, la larguísima espera había merecido la pena.
         Durante meses habíamos permanecido hacinados a oscuras y sin apenas aire en la más absoluta quietud. Algún repentino movimiento seco y unas horas de traqueteo nos habían llevado a otro lugar donde seguimos sin luz, sin aire y sin movimiento. Durante todo el tiempo después del traqueteo habíamos notado que hacía más calor que en el lugar donde nos habían tenido antes. Pero esa era la única pista que teníamos del mundo exterior. Nuestro añorado mundo exterior, donde habíamos sido creados y donde nos habíamos conocido unos a otros.
         Según contaba Silvano aquel lugar se llamaba laboratorio ¡Vaya nombre más ridículo! El había permanecido allí, entre unas enormes paredes metálicas hasta que un día el aire le llevó hasta donde estábamos nosotros, que acabábamos de ver la luz. Aquella luz apenas nos duró un instante, pues rápidamente nos dejaron caer en nuestras celdas y las sellaron, dejándonos en la más absoluta oscuridad a todos amontonados. Pasamos mucho miedo en aquel primer momento, hasta que Silvano, Carmelo y Jon lograron hacerse oir y nos tranquilizaron un poco. Nos dieron sobre todo esperanzas, aunque ninguno estábamos seguros de que ellos mismos las tuvieran. Por aquel entonces sí que tuvimos un poco de movimiento. Silvano decía que nos estaban empaquetando y etiquetando, significara lo que significase aquello. Todos le creímos, a él y a los otros dos veteranos, porque los tres decían que habían tenido una larga vida en aquel exterior estridente y luminoso.
         Contaban como una ráfaga de aire les había apartado de sus hermanos y les había abandonado a su suerte en aquel lugar aséptico y frío. Desde lo que acabó siendo su hogar veían como día tras día miles de los nuestros se creaban solo para ser encerrados en celdas de papel plastificado y luego esas celdas eran empaquetadas y etiquetadas por unos monstruos extraños, gigantescos y de piel cálida, como si fueran de carne. Decían que todas las celdas que aquellos horripilantes monstruos se llevaban, jamás volvían.
         También contaron que una vez vieron como uno de esos seres enormes abría una celda y liberaba a miles de los nuestros en una piscina gigante y como pudieron oir los gritos y risas de júbilo y disfrute de nuestros congéneres. Después el monstruo agarró la piscina con sus enormes patas y nunca más volvieron a saber de ellos.
         Aquellas leyendas que contaban nos mantenían expectantes y esperanzados, porque sabíamos que tras la penitencia de nuestro encierro vendría el paraíso de la felicidad, antes o después, seguramente. Lo cierto es que no estábamos muy seguros de que eso fuera a ser así, pero necesitábamos algo a lo que agarrarnos para seguir adelante y no tirar la toalla. Por suerte para todos nosotros resultó que todas las historias eran verdaderas. Y allí estábamos, disfrutando de la vida a tope.
         Una nueva atracción se acercaba. Los monstruos gigantescos se acercaron a por la piscina en la que estábamos y con sus enormes garras la levantaron sin problemas. Nos llevaban a alguna parte. Nos entró el pánico, pero Jon nos convenció de que no debíamos tenerlo porque lo que se avecinaba seguro que sería divertido.
         De repente sentimos una fuerte succión. Una succión que nos impulsaba hacia un ascensor transparente, una especie de tubo por el que todos iban subiendo irremediablemente. Todos subían felices ¿qué nueva atracción nos esperaba en el fantástico mundo exterior?
         A través del cristal de la enorme piscina en la que seguía girando cada vez más cerca del tubo pude ver una réplica de uno de los monstruos gigantes. Estaba seguro de que no era un monstruo porque no tenía ni garras, ni cabeza. Lo que sí que tenía era un enorme vestido de reina. Vi como mis amigos salían despedidos con una inusitada fuerza contra la falda de aquel imponente vestido blanco. Parecía un buen sitio para vivir, pero sentía mucho miedo de lo que nos podría deparar esa nueva vida.
         En aquel momento el tubo me aspiró y en pocos segundos salí despedido a toda velocidad, envuelto en una burbuja del mismo líquido de la piscina y fui a estamparme en la tela del vestido de reina. Era un lugar cálido y suave. Mis amigos estaban a mi alrededor, descansando del enorme viaje que nos había proporcionado nuestra liberación. Sería feliz allí.




                   —Yo no le pondría más apresto.
                   —Mira la foto de novia de mi madre. Este vestido necesita más volumen para que realmente se parezca al suyo. No me casaré con él si no logro que sea igualito al de la foto.
                   —Vale, haremos más apresto. Dame otro sobrecito, que voy a por más agua para hacerlo.
         Sin saberlo, Lorena y Mila estaban liberando a un montón de los nuestros cada vez que abrían un sobrecito de apresto de almidón. Y si todos íbamos a ir a parar a aquel precioso y cálido vestido, todos podríamos ser felices allí.

  
    Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2019.

·  Objetivo 16:EScribe un relato que transcurra bajo el agua.
·  Objeto oculto: nº26: Un vestido de novia.
·  Objeto oculto: nº28: Un ascensor.
·  Palabras:1002 (milpalabrista)· 
 Además: he usado el objeto 23, una foto vieja  y he incluido en la publicación una imagen muy chula del vestido de novia que utilizó supuestamente Isabel de Baviera. Que no puntúa, ya lo sé...