Mostrando entradas con la etiqueta educar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educar. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2020

PECADO

        PECADO          

                    —Amén.

                   —Amén.

         Recitamos todos al unísono. Para mí solo eran palabras huecas, pero mi hermana estaba segura de que iría al infierno si no cumplía con todos los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Siempre tan preciosa, con su larguísima melena recogida en una recatada trenza que se enroscaba formando un moño monumental y sin embargo, siempre asustada de la vida.

         Cuando la conocí era una preciosa niña de siete años, con vestido de callos, calcetines y dos coletas rubias con enormes lazos. Tenía la dulce mirada de la inocencia y una piel blanca como la leche. Su madre la traía de la mano cuando llegó a la estación a recogerme. Por aquel entonces yo tenía el aspecto de un mozalbete de doce años, alto, flaco, desgarbado y con unos pantalones demasiado cortos para mi estatura. Gothel me miró de arriba abajo apretando los labios mientras sujetaba con fuerza la mano de Raquel, que la miraba con miedo a quejarse, seguramente temiendo una reprimenda si abría la boca.

                   —Vamos.

         Esa fue la única palabra que dijo aquella mujer a la que nunca conseguí llamar mamá. Estuvimos caminado durante más de media hora hasta llegar a un pequeño piso del centro de Madrid. Gothel abrió y volvió a hablar.

                   —Límpiate bien los pies en el felpudo antes de entrar.

         La mirada que me dedicó era fría como el hielo. Miré a mi nueva hermana buscando algo de complicidad, pero ella ya había pasado y se había metido en una de las habitaciones. Gothel me mostró donde estaban el baño y al cocina. Después abrió la puerta de un diminuto cuarto que por todo mobiliario tenía un jergón, un pequeño armario y un reclinatorio. Nunca había visto uno de esos en una casa.


                   —Cenamos a las ocho y media. Aséate antes de ir a la mesa. Puedes deshacer tu…—miró con desprecio mi pequeña mochila—equipaje, y descansar un poco del viaje. Aprovecha para agradecerle a Dios haberte permitido realizarlo sin contratiempos.

         Así de fría y distante se mostraba siempre aquella bruja conmigo. Se dirigía a mi siempre por mi nombre: Alex. A la pequeña la llamaba “cariño”, masticando la palabra, que de sus labios sonaba como una maldición.

         Las normas en aquella casa eran de una rigidez castrense: se bendecía la mesa antes de cada comida,  se acudía a misa todos los domingos y fiestas de guardar y se miraba que toda la ropa cubría convenientemente todo lo que debía cubrir, incluso durante los asfixiantes veranos de Madrid. La religiosidad lo impregnaba todo en aquellas habitaciones presididas por crucifijos y cuadros de la Virgen María.

                   —No cariño, no irás a ninguna fiesta.

                   —Pero cumplo catorce años y nunca he ido a ninguna. Mis amigas me han organizado una fiesta de cumpleaños.

                   —Esas fiestas son nidos donde el pecado y la lascivia se incuban y crecen. No irás. Es mi última palabra.

         Raquel, que había vivido toda su infancia bajo los férreos preceptos de su madre entornó los ojos mientras avanzaba por el pasillo camino de su cuarto. Con el tiempo mi relación con ella no era “de hermanos”, pero habíamos alcanzado cierto grado de complicidad, así que esperé a que Gothel se sentara de nuevo en su butaca para rezar el rosario y me acerqué al cuarto de la niña.

                   —Soy Alex, ábreme la puerta, por favor.

                   —Vete. Si mamá te pilla en mi cuarto nos matará a los dos.

                   —Solo me iré si me garantizas que vas a estar bien.

                   —Rezaré un rosario para calmar mi soberbia. He cometido un pecado desafiando a mi madre, a quien debería honrar.

                   —Si te hace sentir mejor te acompañaré mañana a la iglesia para que puedas confesarte.

         No sabía que otra cosa podía hacer, porque acompañar a Raquel a la iglesia era de las pocas cosas que podíamos hacer juntos sin que Gothel estuviera presente. A pesar de que yo ya había cumplido 19 años, las normas no se habían relajado ni un poco. En algunos aspectos se habían recrudecido. Yo recordaba con nostalgia los años vividos con mi padre: con él la vida era más lógica y yo podía entenderla sin tener que leer la biblia en busca de respuestas. Lo extrañaba mucho, y estaba dispuesto a volver a buscarlo en cuanto lograra poner a Raquel a salvo de Gothel, que vigilaba cada minuto de su vida.

         Por desgracia para nosotros, Gothel había sido la que había determinado que Raquel debía acudir a la iglesia al día siguiente para pedir perdón por sus pecados, así que allí estábamos los tres, rezando a un dios en el que yo nunca había creído. Mi fingida devoción satisfacía a la bruja mientras ignoraba mis verdaderos sentimientos. Si llegaba a saber que yo en realidad nunca había creído en su Dios seguramente me habría echado de casa, pero mi engaño llevaba cinco años dando resultados. Necesitaba mantenerme al lado de Raquel, desde el primer día había visto el miedo en el fondo de su mirada y no podía resistirme a rescatarla de una vida que no merecía.

         En aquellos cinco años que habíamos compartido casa, Raquel y yo no habíamos tenido más de dos o tres ocasiones para poder jugar a solas o hacer algún puzle. Gothel era omnipresente y no quitaba el ojo de encima nunca a su pequeña princesa, aunque los mimos en aquella especie de hogar siempre habían brillado por su ausencia la vigilancia y al rigidez eran el pan nuestro de cada día.

         Me asfixiaba en aquel ambiente cargado de santos y rezos, como si tuviera una ballena sobre mi pecho impidiéndome respirar,  pero no podía dejar allí a aquella preciosa niñita que era cautiva de una educación retrógrada y sin sentido para mí. Me propuse salvarle y darle una oportunidad de vivir una vida sin semejantes ataduras. Pero ella no parecía sentirse encerrada… al menos hasta que su madre le prohibió la fiesta de cumpleaños con sus amigas. Raquel no sabía lo que era una fiesta de cumpleaños. La única celebración que habían tenido sus onomásticas hasta entonces se habían compuesto de soplar las velas sobre un bizcocho que su madre cocinaba y que siempre estaba excesivamente seco, como su corazón.

         Estaba acabando la misa cuando Raquel me miró de reojo. Capté su mirada y entendí que estaba buscando una ventana para poder respirar, así que le devolví una mirada de confianza para que supiera que podía contar conmigo pasara lo que pasara.

         Cuando el sacerdote ordenó que nos diésemos la paz, sujeté la mano de mi hermana un segundo de más, sin llamar la atención de Gothel. Quería darle la seguridad suficiente para poder emprender la huída hacia adelante. Yo tenía unos pequeños ahorros que había logrado juntar trabajando como mozo en un almacén. No era una gran cantidad puesto que casi todo el dinero se lo quedaba la bruja para los gastos de la casa, pero sería suficiente para comprar un par de billetes de tren y regresar a casa de mi padre. No sabía si lo encontraría allí, pero de lo que estaba seguro era de que encontraría el modo de vivir dignamente y lograr que Raquel tuviera una vida normal.

         Cuando salimos de la iglesia, Gothel se retrasó para hablar con don Braulio, el joven sacerdote, y agradecerle su sermón, como solía hacer. Raquel y yo esperábamos en la puerta a que saliera para regresar a casa.

         Me acerqué un poco más a mi hermana y le hablé en un susurro. Su madre tenía oídos en todas partes y esa vez era de vital importancia que no oyera lo que iba a decir.


                   —Raquel, nos vamos.

         Me miró desconcertada. Creo que no entendió mi propuesta.

                   —Solo tenemos unos pocos minutos. Ven conmigo y te librarás de esta cárcel en la que vives. Iremos a casa de mi padre y buscaremos un futuro en el que puedas celebrar tus cumpleaños con tus amigas.

         Raquel seguía mirándome con los ojos como platos. Sabía que la había cogido por sorpresa, pero en aquella casa nuestra comunicación era imposible así que era ahora o nunca. Agarré su mano y comencé a caminar, seguro que de ella me seguiría, pero nuestros brazos se estiraron cuando ella no se movió del sitio.

                   —Raquel, tenemos que irnos ahora. Ahora o nunca.

         Pero ella no se movió del sitio. Busqué una respuesta en sus ojos y me di cuenta de que su inocencia ya no estaba allí. No entendía nada.  Su mirada era intensa y estaba llena de miedo. Sin embargo algo me decía que estaba dispuesta a enfrentarse a ese miedo. Tiró de mí hacia el interior de la iglesia.

                   —No, Raquel. Vámonos. No puedo creer que quieras seguir viviendo en este infierno. Vámonos ahora.

                   —El infierno es para los pecadores.

         Me dejé arrastrar dentro del templo. Un rumor extraño ensuciaba el sagrado silencio. Caminamos sigilosamente hasta el altar, en cuyo lateral estaba la puerta de la sacristía. El sonido de unos gruñidos era cada vez más evidente. El miedo en los pasos de mi hermana, también. La puerta de la sacristía estaba entreabierta y por la ranura que quedaba podía verse parciamente el interior. No podía creer lo que estaba viendo.

                   —No puede ser ¿desde cuándo lo sabes?—Le pregunté a Raquel. Ella se arremangó las mangas del vestido para mostrarme sendas cicatrices en sus muñecas.

                   —No quiero ser como ella.

         Empujó la puerta, que se abrió con un chirrido y pude ver . Los ojos de Gothel brillaron desorbitados y llenos de ira mientras la sangre del sacerdote escurría de su boca. Ni todas las oraciones del mundo podrían librarla nunca de sus raíces paganas ni de ser lo que era.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

JULIO:
Objetivo 3: Escribe una historia basada en la religión
Cuentos y leyendas B: Rapunzell.
Criaturas del camino III: Wendigo.
Objetos ocultos: 4 una ballena y 7 una docena.
Además: milpalabrista (1606 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

sábado, 14 de diciembre de 2019

COMPAÑEROS

COMPAÑEROS  (Relato de MAYO para el #Origireto2019)


El Origireto es una genial iniciativa de Stiby y de Katty. Las normas de este reto se pueden consultar en las bitácoras de las organizadoras, @stiby2 y @musajue:
http://plumakatty.blogspot.com/2018/12/origireto-creativo-edicion-2019.html

o en http://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2018/12/reto-de-escritura-2019-origireto.html.

Con este relato hago mi última recuperación, la correspondiente al mes de Mayo. Dejadme en comentarios que os parece.



COMPAÑEROS

         —¿Me lo vas a cargar tú en la furgoneta?
         —Si claro, sin problema.
         Miré al cliente con una enorme sonrisa en mi cara para que le quedara bien claro que no necesitaba ayuda. Llevaba doce años siendo carretillera. Era la empleada más veterana de la tienda y estaba realmente hasta el moño de que los clientes siguiesen dudando de mi capacidad para llevar a cabo mi trabajo con éxito. La cosa se había acentuado cuando me amputaron la pierna, pero con la prótesis apenas se me notaba al caminar, sólo me costaba un poco más subir escaleras. Cuando volví mi jefe me había insinuado que debería dejar el trabajo y dedicarme a vender cupones, pero preferí seguir con mi trabajo allí, porque seguía siendo la misma aunque ahora tuviese una pierna de metal.
                   —Rocío deja, ya se lo cargo yo.
                   —Gracias Paco, no hace falta.
         Ya tuvo que aparecer mi compañero el “profesional”, para dejarme mal delante de los clientes. Lo lleva claro el trepa este. Cogí las llaves de la máquina, subí agarrándome, le había cogido el tranquillo rápido a moverme con la prótesis cuando volví después del accidente, arranqué y cogí el pallet. Llegué hasta la furgoneta que el cliente estaba abriendo y cargué la mercancía con precisión y a la primera, como siempre. Mientras vi como el cliente se dedicaba a cuchichear con su amigo sobre si les iba a golpear la furgoneta o se me iba a caer el pallet. Se pensaban que no les estaba oyendo, como de costumbre.
                   —Pues ya está, señores. Vuelvan pronto.—Me despido sin bajarme de la carretilla.
                   —Oye lo has hecho muy bien guapa. Volveremos más veces.
         “Ya lo sé, cretino. Es mi puto trabajo desde hace años, sé perfectamente cómo hacerlo”, pienso para mis adentros mientras aparco la carretilla y cierro con el candado la puerta del almacén. “Ya está bien por hoy”. Entro en la tienda para ayudar con el cierre y veo que Paco, que aunque sea diez años mayor que yo es el nuevo porque solo lleva en la empresa tres meses, se me acerca con una sonrisa socarrona, como de costumbre.
                   —Rocío, cuando vienen clientes nuevos, déjame que les cargue yo. No quieren que les cargue una chica.
                   —Paco, no me digas como tengo que hacer mi trabajo ¿vale? Llevo doce años haciéndolo sin ti.
         Me miró mal, pero cerró el pico. “Nos está costando conseguir la igualdad, pero lo más difícil es educar a estos hombres de cromañón.”
                   —Solo te lo digo por la tienda, nos iría mejor.
                   —No me tires de la lengua Paco. Métete en tus asuntos y déjame en paz. Ha sido un día largo.
         “Claro, y así se apunta un tanto delante del jefe. Estoy segura de que la tiene tan pequeña que se la mira con un microscopio, por eso tiene que fanfarronear tanto”.
                   —Espera mujer, no te pongas así. Perdóname ¿Tomamos una caña si quieres y lo olvidamos?
         No me apetece, pero no tengo ganas de discutir. Por desgracia somos compañeros y nos vamos a seguir viendo a menudo. Acepto esa caña con buena voluntad… pero el muy kabrón me lleva al único bar de la calle que tiene escaleras…

COMPAÑEROS

         —¿Me lo vas a cargar tú en la furgoneta?
         —Si claro, sin problema.
         Miré al cliente con cara de decirle, claro majo, claro. Llevaba doce años siendo carretillero en la empresa. Era el empleado más veterano de la tienda y estaba realmente hasta los cojones de cargar las mercancías a los clientes, que venían a por materiales de construcción con intención de no mancharse ni las manos. La cosa se había complicado un poco cuando me amputaron la pierna, pero con la prótesis apenas se me notaba al caminar, sólo me costaba un poco más subir escaleras. Cuando volví mi jefe me había insinuado que debería dejar el trabajo y dedicarme a vender cupones, pero preferí seguir con mi trabajo allí, porque seguía siendo el mismo aunque ahora tuviese una pierna de metal.

                   —Paco deja, ya les atiendo yo.
                   —Gracias Rocío, no hace falta.
         Cogí las llaves de la carretilla, me monté agarrándome al chasis, ya que con la pierna ortopédica no tenía tanta agilidad como antes (o quizá fueran los años, ¿Quién sabe?) arranqué y cogí el pallet. Llegué hasta la furgoneta que el cliente estaba abriendo y cargué la mercancía con precisión y a la primera, como siempre. Mientras el cliente y su amigo fumaban un pitillo sin mirarme siquiera, como si no existiera o no fuera más que un cero a la izquierda.
                   —Pues ya está, señores. Vuelvan pronto.—Me despido sin bajarme de la carretilla.
                   —Vale, gracias.
         “Que aburrimiento de curro. Vende, carga, vende, carga…”, pienso para mis adentros mientras aparco la carretilla y cierro con el candado la puerta del almacén. “Ya está bien por hoy”. Entro en la tienda para ayudar con el cierre y veo que Rocío, que aunque sea diez años mayor que yo es la nueva porque solo lleva en la empresa tres meses, se me acerca con su sonrisa de encantadora de serpientes,  como de costumbre.
                   —Paco, cuando vienen clientes nuevos, déjame que les atienda yo. Prefieren que les atienda una chica.
                   —Rocío, no me digas como tengo que hacer mi trabajo ¿vale? Llevo doce años haciéndolo sin ti.
         Me miró mal, pero cerró el pico. “Ya está la abogada de la igualdad pidiéndola, pero para salir afuera con dos bajo cero a cargar la mercancía no se ofrece ¡vaya lista!.”
                   —Solo te lo digo por la imagen de la tienda, nos iría mejor.
                   —No me tires de la lengua Rocío. Métete en tus asuntos y déjame en paz. Ha sido un día largo.
         “Esta se piensa que los clientes vienen aquí por su cara bonita y solo quiere apuntarse un tanto delante del jefe. Vienen por los precios y porque nos conocen de toda la vida, por lo menos a mi”.
                   —Espera hombre, no te pongas así. Perdóname ¿Tomamos una caña si quieres y lo olvidamos?
         No me apetece, pero no tengo ganas de discutir. Por desgracia somos compañeros y nos vamos a seguir viendo a menudo. Acepto esa caña con buena voluntad… pero la muy zorra me lleva al único bar de la calle que tiene escaleras…


Reflexión:
¿Será cierto que para conseguir la igualdad hay que educar a los hombres “de cromañón” del relato? ¿O sería conveniente educar además a las mujeres?

Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2019.



·  Objetivo 18: Escribe dos versiones de un relato cambiando el género de los personajes, de manera que cambie el significado o relata un hecho que sea la excepción a lo habitual.
·  Objeto oculto: nº 22:Un microscopio.
·  Objeto oculto: nº31: Un candado.
·  Palabras: 1067 (milpalabrista)· 
Ademas: feminista en primera persona, y 2/3 para interesante por personaje no normativo.
Además, la pegatina: