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lunes, 21 de septiembre de 2020

EL FARO

 

EL FARO

         Volvía de nuevo. Como todas las noches. No podía evitarlo. Había algo en aquel faro que la atraía como un imán. No sabía lo que era, pero día tras día acudía a su cita con aquel edificio que, aunque seguía funcionando, había perdido su razón de ser. Su madre le había contado mil historias que su abuela a su vez le había contado a ella. Historias que hablaban de un abuelo que murió joven en aquellos acantilados que ahora tiraban de su ser hacía sus bordes.

         Hacía al menos cien años que el océano había retrocedido debido al movimiento de las placas tectónicas, auspiciado por los terremotos submarinos que cambiaron el rostro del planeta por causa de la guerra nuclear. Así que el faro de Bernardette se encontraba a más de treinta kilómetros de la costa más cercana. Aún así, su luz seguía iluminando absurdamente el paisaje noche tras noche. Y noche tras noche Carmen recorría el sendero que llevaba a la atalaya, aunque con la llegada del alba nunca era capaz de explicar qué había ido a hacer allí.

         Aquel día decidió levantarse temprano y acudir al faro por la mañana. Necesitaba encontrar la razón por la que el faro de Bernardette le atraía de aquel modo tan extraño. Y necesitaba verlo claro y a la luz del día, puesto que a menudo los recuerdos de las noches en que lo visitaba se volvían vagas nebulosas en su cerebro.



         Caminaba nerviosa, esperando encontrar las causas de su inquietud frente a sus ojos, pero según se acercaba a la edificación un rumor de olas llegó a sus oídos. No podía ser. El mar quedaba demasiado lejos de allí. Miró hacia arriba: la luz del faro estaba encendida a pesar de ser de día. Eso indicaba que nadie se estaba ocupando de su funcionamiento. De hecho en el pueblo se decía que aquel faro estaba maldito, y que su luz era la luz del mismo diablo. Sin embargo Carmen sintió como el rumor de las olas le tranquilizaba mientras se acercaba cada vez más. Se paró por un momento en el camino. Un impulso inexplicable le llevó a salirse de la senda para caminar campo a través por el pedregoso terreno plagado de irregularidades. Debía tener cuidado para no tropezar o dar una mala pisada, estaba demasiado lejos del pueblo y casi nadie solía pasear por allí, hasta donde ella sabía. Si se caía podría tardar días en recibir ayuda.

         Sin embargo su curiosidad crecía con cada paso. El rumor de las inexistentes olas parecía traerle unas voces casi inaudibles que dirigían sus pasos hacia un lateral del imponente faro. De día la edificación causaba verdadero respeto: era mucho más grande de lo que parecía por la noche. Entonces lo vio: bajando por una especie de escaleras naturales talladas en la propia roca, aparecía un nuevo camino. Carmen sin dudarlo lo bajó, extremando el cuidado, pero sin ningún miedo. Sentía como si de verdad allí fuera a encontrar el destino último de su vida. Como si su última meta estuviera allí, esperándola. Con cada paso que daba descendiendo por aquella escalera retorcida al pie del faro, sentía como las voces subían de volumen en su cabeza. Cada vez eran más intensas y nítidas. Cuando alcanzó a entender lo que decían la sangre se le heló en las venas. No podía ser. Aquellas voces la llamaban directamente a ella. Aquellas voces la estaban llamando. Dentro de su corazón sabía que aquella palabra solo se podía dirigir a su persona… y sin embargo, no podía ser. Aquellas voces infantiles llamaban claramente a su mamá.

         Siguió bajando la interminable escalera hasta el fondo de lo que hace años fuera un imponente acantilado. Al llegar abajo un pequeño muro delimitaba un semicírculo contra la pared rocosa: estaba atrapada. Para salir de allí solamente podía subir por donde había bajado. Sin embargo las voces eran más claras e intensas allí. Parecían venir de la propia pared. Miro con detenimiento cada grieta y cada saliente, sin encontrar nada. Pasó la mano por la roca, y una fina capa de polvo empezó a caer a sus pies, como si el tiempo hubiera cubierto con aquella pátina una antigua puerta de madera raída. Las voces se intensificaron. La urgencia de sus llamadas a mamá se agudizó. Allí había atrapados varios niños, estaba claro. Su corazón latía a un ritmo frenético mientras frotaba la roca con las manos intentando descubrir por completo la puerta, buscando la forma de abrirla para liberar a sus hijos. A esos hijos que nunca había tenido pero que la estaban llamando a ella, porque estaba segura de que era a ella a quien llamaban en su desesperación.

         La vieja puerta se fue descubriendo hasta quedar por completo expuesta. No vio más que un pomo oxidado y el ojo de una cerradura antigua.

                   —No os preocupéis pequeños, mamá está aquí ¿Si? Ya he llegado.

         De pronto las voces callaron. Carmen se asustó por primera vez desde que se salió del sendero.

                   —¿Porqué os calláis, niños? Mamá os va a sacar de ahí.

         Sentía que debía darse prisa, que a sus recién encontrados hijos se los estaba acabando el tiempo. Sentía como su instinto maternal le urgía a sacarlos de aquel cautiverio y abrazarles y tranquilizarles como solo una madre puede hacer.

         Manoteó por toda la puerta, intentando encontrar la forma de abrirla. Sus nervios se estaban afilando tanto que en cualquier momento podrían cortar sus entrañas como si fueran un bisturí. Miró hacia arriba pidiéndole ayuda al cielo para poder liberarlos antes de que fuera demasiado tarde, pero eso no la tranquilizó en absoluto, puesto que pudo ver como el haz de luz que proyectaba el faro parpadeaba como si se estuviera fundiendo. Eso no era bueno, nada bueno. Ella lo sabía. Pero eso no fue todo. El rumor de las olas volvía a oírse, cada vez más cercano. Al bajar la mirada vio como el agua estaba a punto de mojarle los pies. De un instintivo salto se subió al primer escalón de la escalera, con la intención de no mojarse. Desde allí siguió buscando la forma de abrir aquella condenada puerta. Las voces volvieron a repetir su llamada: ¡Mamá! ¡Mamá! Su corazón estaba desbordado por la angustia que sentía al saber a su progenie atrapada en aquella cueva, mientras el nivel del mar iba subiendo. Un pequeño cangrejo arrastrado por las olas  salió del agua para atravesar la puerta por el pequeño hueco que dejaba una tabla rota, abajo del todo. 

         Se agachó para intentar mirar por el agujero, que le había pasado desapercibido, pero el ligero romper de las pequeñas olas le mojó la cara y le llenó los ojos de sal. No pudo ver nada y tuvo que erguirse de nuevo, aturdida, enfadada y sintiéndose estúpida por no haberse dado cuenta de que el nivel del agua subía demasiado deprisa. De hecho las incesantes olas tapaban ya la parte inferior de la puerta. Los niños seguían llamándola asustados. Podía sentir como su raciocinio se resquebrajaba mientras la luz del faro parpadeaba como una vieja bombilla al final de su vida. Algo la decía que el faro no debía apagarse, que el faro podía salvar a sus pequeños.

         Sintió un cosquilleo en su tobillo y cuando lo sacudió, una pequeña gamba huyó por debajo de su pantalón.

         Un momento: todo aquello no podía ser. El mar estaba a más de treinta kilómetros. “Venga Carmen, que te estás mojando los pies. ¿No puedes creer lo que ves?” Su cerebro intentó traerla a la realidad en un último intento de salvar su cordura, pero las voces de sus hijos cesaron de pronto. Ella interrumpió su  movimiento: necesitaba oír cualquier ruido que le dijera que los niños estaban bien. De pronto una aguda voz de las que habían estado clamando por su presencia, resonó claramente en su cerebro:

                   —Mamá, enséñanos tu anillo por la cerradura. Si eres tú te abriremos la puerta.

         Su anillo. El anillo de su madre que portaba en su mano desde hacía más de 30 años. El anillo que su madre le había legado mientras le advertía que no debía perderlo porque era su posesión más valiosa. El anillo que según su madre perteneció a su abuelo, al que nunca había conocido. Sin duda aquellos eran hijos suyos, no podía ser de otro modo.

         Sin pensárselo dos veces acercó la mano a la cerradura, con el desasosiego que le producía el no estar segura de si los niños lo reconocerían y le abrirían la puerta. Su corazón necesitaba abrazarlos ya, sus latidos atronaban en su cabeza.

         Con un crujido la puerta se abrió, dando paso a una oscuridad húmeda que la envolvió al instante. Esperaba sentir una especie de calor por la cercanía de sus hijos. Sin embargo, mientras el nivel del agua subía por sus piernas implacable, sintió como un ser velado y húmedo rozaba su cara.

                   —¿Niños? Soy mamá.

         El eco de la cueva le devolvió sus propias palabras, envueltas en un frío gélido que casi podía sentir como laceraba su piel. Las voces de los niños volvieron a escucharse una vez más, al fondo de la cueva. Seguían llamándola. Así que Carmen se adentró en la gruta en pos de ellos. Necesitaba sacarlos de allí. El agua seguía subiendo. Si no salían pronto de allí, se ahogarían. Nunca podría perdonarse no haberlos salvado. No podría seguir viviendo con semejante losa sobre su conciencia. Caminó en la oscuridad hasta llegar a una estancia irregular a la que un haz de luz iluminaba pobremente. La cueva parecía no tener fin. La voz de los niños seguía resonando en sus oídos, arrancando girones de su cordura ante la impotencia de no poder encontrarlos. Miró en derredor esperando encontrar alguna huella, algún signo de que estaban allí. El agua del mar se movía a sus pies. Pequeñas criaturas marinas jugueteaban alrededor suyo. Su mirada se detuvo de nuevo en un cangrejo, segura de que era el mismo que la había descubierto la cueva. Mientras lo miraba vio como crecía y se ponía de pié. Sus tenazas se transformaron en dos gráciles brazos y sus antenas dejaron paso a una cabellera morena que enmarcaba un rostro hermoso.

         Sus cerebro no podía creer lo que estaba viendo. No tenía tiempo para esas fantasías. Tenía que encontrar a los niños y salir de allí cuanto antes.

                   —Soy Metis.

         No podía ser. Aquella aparición fantástica la estaba hablando. La reina de los mares se erguía ante ella.

                   —No soy ninguna reina, solo soy una ninfa del océano.

                   —El océano está a treinta kilómetros por lo menos. No sé que está pasando, pero rescataré a mis niños y me iré. No te molestaré más.

                   —El océano te está mojando los pies ¿no lo ves?

         Algo volvió a crujir en su cerebro. Los engranajes que lo hacían funcionar se estaban desencajando. No podía fiarse de sus sentidos. No podía fiarse de su corazón.                      

                   —Dame la mano, Carmen. Has llegado a tu destino.

         Le dio la mano. Al sentir su piel escamosa supo que sus hijos estaban a salvo. Al sentir la humedad del mar en su cuerpo una paz infinita la invadió. En efecto, su destino estaba allí, al final de la escalera, al fondo de la cueva.

 

 


 

         La luz del faro dejó de parpadear y aquella noche volvió a ser clara y nítida, como siempre. La luz de Carmen alumbraría durante años aquella planicie seca y árida, cuyo antiguo acantilado reclamaba la atención de su próxima víctima. Un viejo anillo rodó desde la puerta del faro hasta quedar en medio del sendero. Seguramente alguien lo encontraría, antes o después.

 

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

SEPTIEMBRE:
Objetivo 7: Cuenta una historia marítima o que involucre un faro.
Cuentos y leyendas L: El lobo y los siete cabritillos.
Criaturas del camino V: Hadas (hada del océano y Oceánide)
Objetos ocultos: 15 una gamba y 18 un cangrejo.
Además: milpalabrista ( 1943 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

martes, 30 de junio de 2020

VIVIRÁS CON MIEDO

VIVIRÁS CON MIEDO

            Cruzaron las vías del tren. En este lado había un campo y más allá de aquel campo estaba su futuro. No sabían lo que les esperaba, pero estaban seguros de que nada sería peor que lo que dejaban atrás.
                        —¿Qué haces, Jandro?
            El muchacho se había agachado y parecía estar clavando algo en el suelo.
                        —Clavar esta estaca junto a la vía. La enterraré hasta dentro. Tiene grabada la fecha de hoy y nuestros nombres.
                        —Greta, no me mires así. Esta estaca nos impedirá volver… en cuanto consiga enterrarla y ponerle encima la Piedra.
                        —¡Jandro! ¡No dejaremos la Piedra Límite aquí! Nos puede hacer falta más adelante.
                        —No Greta —La mirada del chico era intensa e incuestionable.—Aquí es donde debe estar. No hay mejor forma de asegurarnos el futuro que bloquear para siempre el pasado.
            Greta le miró, sopesando su respuesta. “Puede que tenga razón. Por nada del mundo quiero volver a la casa de esa vieja bruja”. Algo le decía a Greta que no todo su pasado estaba en aquel espantoso lugar.
            Jandro terminó de clavar la estaca en el suelo y colocó las manos a los lados de ella. Levantó la mirada buscando los ojos de la chica, y ella se arrodilló frente a él, imitando su postura, de modo que las puntas de sus dedos se tocaron y un torrente de energía empezó a circular por sus cuerpos como si fuera electricidad. Se miraron de nuevo a los ojos y pronunciaron el hechizo confiando plenamente el uno en el otro.
                        —¡Amunta Sama Terén!
            La Piedra Límite emitió un resplandor irisado y comenzó a emanar un agradable calor. Los chicos la cogieron con la punta de sus dedos y la depositaron ceremoniosamente encima de la estaca. Una vibración intensa sacudió la tierra a su alrededor y la luz de la Piedra se apagó. Ambos se pusieron de pie y guardaron un involuntario minuto de silencio, quizá por el pasado, que acababa de quedar enterrado para siempre, junto con la estaca… si el hechizo había salido bien y la Piedra hacía su magia, claro.
            Como si la estuviera leyendo el pensamiento, Jandro apretó las manos de Greta, intentando tranquilizarla.
                        —Todo va a salir bien. Somos libres.
            Greta quería creerle. Pero lo que de verdad ansiaba era alejarse de allí cuanto antes. La vía estaba justo a su lado y al otro lado de aquella frontera de hierro vivía el horror que les había torturado durante años. Aquel horror contra el que nunca habían podido luchar porque eran demasiado pequeños para enfrentarlo.
            Empezaron a caminar en dirección opuesta, alejándose para siempre de su pasado y mirando al futuro con esperanza. En el horizonte les esperaban unas imponentes montañas y encaminaron sus decididos pasos hacía ellas.

            El viento les daba de cara y les traía un rumor armónico y reminiscente que a Greta le estaba poniendo muy nerviosa. Aunque a Jandro parecía no afectarle, a ella se le estaba metiendo en el corazón, intentando despertar viejos recuerdos que había enterrado cuando era muy niña.
            Algo no iba bien. Nada bien. No podía ser que Jandro no lo notara… aunque nunca había sido un niño muy intuitivo, la verdad. Cuando eran muy pequeños y vivían con sus padres (¡Sus padres! Llevaba años sin acordarse de ellos) todos los días iban a la fábrica donde trabajaban. Allí, en la entrada, se quedaban con los hijos de otros trabajadores que, como sus padres, no tenían con quien dejarlos. Entonces su madre enfermó y murió y su padre se quedó sin trabajo. Cambiaron su pequeña casita por una pequeña habitación en un piso con otras tres familias.
             Greta empezó a descubrir miradas llenas de dolor en los ojos de su padre. Salía todos los días a todas las fábricas de la ciudad a buscar un empleo que le permitiese mantenerles, pero todos los días volvía derrotado sin haberlo conseguido. Todo aquello era una especie de nebulosa en la memoria de Greta. Jandro era demasiado pequeño cuando ocurrió, seguro que ni siquiera lo recordaba.
            Mientras caminaban en dirección a las montañas el cerebro de Greta comenzó a hervir. Había algo que le decía que nada bueno les esperaba allí y las borrosas caras de sus padres no se retiraban de su memoria. Si de algo no había dudado nunca Jandro había sido del amor de sus padres, aunque tuvieran que dejarlos en el orfanato porque no podían mantenerles. Sin embargo Greta tenía otra opinión: ella era más mayor y sus recuerdos eran confusos, pero sabía que el dinero no había sido la única causa que les llevara a vivir huérfanos y en manos de la directora doña Críspula. Aquella bruja les había tratado como apestados entre todos los niños que, mugrientos y muertos de hambre, les rodeaban. Por algún motivo que Greta no alcanzaba a descifrar ellos siempre eran el blanco de todos los castigos. Ellos dos siempre pagaban los platos rotos.
            Todos los niños del orfanato estaban seguros de que doña Críspula tenía poderes: lo veía todo y lo sabía todo. Sin embargo Jandro pudo comprobar que los tenía realmente, porque vio con sus propios ojos más de una vez como maldecía la comida para que su sabor se tornara salado o amargo en el plato de los dos hermanos. También habían sufrido terribles pesadillas cada vez que la vieja bruja les daba las buenas noches y les susurraba al oído unas palabras que solo ellos oían: “noche de miedo, pequeños”. Aquella maldición les hacía gritar y llorar dormidos, intentando escapar de las terribles visiones que el sueño les traía. Sin embargo nunca vieron que les hiciera esas cosas a los otros niños.
            Así que Jandro estaba seguro de que su vida sería feliz a partir de ese momento. No habían matado a la bruja, como pasaba en los cuentos, pero la habían dejado atrás para siempre. Ya no podría hacerles daño.
            Entonces de un matorral que había en el borde del camino le llegó una voz:
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.
                        —¿Lo has oído, Greta?
                        —Si, viene de ese matorral.
            La muchacha se agachó y le pareció ver un insecto entre las hojas del matorral. Un insecto que se escondió… trasformando el matojo en el rostro de doña Críspula.
            Greta ahogó un grito. No quería asustar a Jandro.
                        —Vamos enano, seguramente no sea nada.
            Pero claro que era algo. Esa voz le resultaba familiar. La visión de la cara de aquella bruja le recordó la maldición con la que les había recibido en la puerta del orfanato:”dos querubines nuevos para mí, me comeré vuestras almas”. La niña no entendió lo que doña Críspula había querido decir, pero desde ese momento vivió aterrada, esperando que la vieja se les comiera una noche mientras dormían.
            Por suerte habían tenido tiempo de crecer lo suficiente como para escapar de aquel lugar antes de que la bruja se los comiera…lo malo es que no tenían ningún otro sitio al que ir. No tenían un hogar al que volver. Y aunque Jandro estaba seguro de que sus padres les estarían esperando para abrazarles y con ellos podrían volver a ser felices, Greta no era tan optimista. 
            Greta no era como las otras niñas, cuyos padres les enseñaban los rudimentos básicos de la magia desde que eran pequeñas para poder vivir en un mundo cambiante, en el que el tiempo y el espacio siempre eran relativos y donde solo con esa pizca de magia se podía vivir. A Greta su madre solo le había anunciado que un día le enseñaría todo lo necesario, pero ese día nunca había llegado. Por eso  los cuatro años que habían pasado en aquel infierno de orfanato los había invertido en estudiar todos los libros de hechizos que cayeron en sus manos, aunque el que realmente tenía poder era su hermano, un poder puro y potente, aunque no lo había usado casi nunca, por miedo a no ser capaz de controlarlo. No era corriente que los niños tuvieran poder, solían ser las niñas las que tenían el poder de la tierra en su sangre, pero el caso de Jandro era especial. Greta lo descubrió por accidente, cuando vio a su hermanito en la cuna, agitando sus manitas y creando diminutos arcoíris a su alrededor que le hacían sonreír.
            Llevaban más de tres horas caminando y se les estaba agotando el agua. Decidieron parar a la sombra de un manzano, donde Greta podría conseguir algo que beber usando un sencillo conjuro en las raíces superficiales del frutal. Al sentarse volvieron a oir la voz, que les repetía la misma letanía de antes. Greta no quiso mirar a ninguna parte, la voz salía del árbol, pero no quería volver a ver la cara de doña Críspula.
            Después de refrescarse y descansar un poco volvieron al camino, las montañas aún quedaban lejos, pero ya se veían las azoteas de las casas y las chimeneas de las fábricas. Si nada se torcía quizá pudieran llegar antes de la noche. En la ciudad buscar agua y alimentos era más difícil con los pocos recursos de que disponían, pero Greta estaba dispuesta a confiar en el poder de Jandro, quien aseguraba que ya podía oir el latido del corazón de su madre. Greta sabía que eso era imposible, pero no quería ensombrecer la alegría de su hermano con sus propios miedos.
            Durante el camino recordaron todo lo que habían vivido, intentando centrarse solo en las cosas buenas: las buenas amigas que les habían ayudado a escapar y que les habían protegido en el orfanato, la luz del sol de la mañana dándoles en la cara tras cuatro años de dormir encerrados en un sótano sin ventanas... Aunque el gesto de Greta era de preocupación por la voz que les repetía no dejes atrás tus miedos… era un susurro constante y cada vez más insistente. Parecía que fuera el mismo aire quien se lo repitiera una y otra vez como un mantra. Esas frases estaban logrando minar la esperanza de Greta y al cabo de otro par de horas, parecía que estaban menoscabando la fe de Jandro también.
            Apretaron el paso con la decidida idea de llegar cuanto antes a la ciudad, buscar a sus padres y ¿qué? No lo sabían, pero sería bueno, seguro.
            Cuando llegaron al olmo seco que presidía de la entrada de la ciudad, la voz dejó de ser un susurro para convertirse en un grito atronador y de detrás del árbol vieron salir una fragante nube violeta que pretendía envolverlos mientras voceaba: No dejes atrás tus miedos…
            Jandro cogió la mano de su hermana, asustado. Greta supo en ese momento de donde venía realmente la voz, supo a quien pertenecía.
                        —¿Mamá?
            Jandro  miró atónito a Greta. Él no recordaba la voz de su madre.
                        No dejes atrás tus miedos, pues siempre retornarán.
siempre hay que plantarles cara, vencerles o vencerán.
El terror es insolente y siempre vuelve al presente.

            Definitivamente era la cariñosa voz de su madre. Intentaba avisarles de algo. Greta se dio cuenta demasiado tarde:
                        —Deberíais hacer caso a vuestra madre, querubines.—Dijo doña Críspula a sus espaldas.
            Cuando Greta se giró y vio a la vieja señalándoles con su bastón supo que el poder de Jandro no era tan fuerte, que la Piedra Límite no había sido capaz de encerrar su pasado al otro lado de la vía. Siempre vivírían con miedo.
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                   —El alma de los querubines es deliciosa, pero no me ha saciado.
         Doña Críspula recordaba con deleite el sabor de aquel alma que devoró hacía cuatro años. Aquel alma fuerte y dulce de madre si que le había quitado el hambre.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando  aquí o aquí.

JUNIO:

Objetivo 1: Escribe tu propio cuento con enseñanza.
Cuentos y leyendas A: Hansel y Gretel.
Criaturas del camino II: Brujas.
Objetos ocultos: 1 Una estaca y 3 arco iris.
Además: milpalabrista (2003 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber que es lo que tú cambiarias en este relato.

jueves, 23 de abril de 2020

MÁS QUE AMIGOS


MAS QUE AMIGOS    

             El estómago le daba vueltas mientras sus pupilas dilatadas por el viaje no lograban fijarse en nada. Podía sentir como la sangre corría por sus venas enfermas, como si fueran carreteras llenas de clavos. También sentía como aquella sangre infectada era incapaz de abastecer a sus miembros exhaustos y a sus órganos del oxígeno que necesitaban. Sus movimientos eran espasmódicos e inconexos. Boqueaba como un pez fuera del agua intentando llenar su cuerpo de aquello que le faltaba. Había logrado llegar arrastrándose hasta la puerta de un bar que por desgracia estaba cerrado. Intentó levantarse, pero sus manos no encontraban dónde asirse. Imágenes imposibles poblaban su cabeza moviéndose a cámara rápida mientras el cuerpo le dolía y le gritaba.
         Recordaba vagamente porqué estaba allí: no tenía ningún otro lugar al que ir. Quizá en aquel lugar tampoco encontrase ayuda, pero no tenía nada que perder, salvo su propia vida…