domingo, 15 de noviembre de 2020

ESPEJO DEFORMADO

 

ESPEJO DEFORMADO

         Por casualidades de la vida y de twiter, cayó en mis manos “Espejo Deformado”, de Luis M. Núñez (@LordAlce). Según el autor, que tiene casi una docena de libros publicados, es una historia de terror psicológico, pero aquí no estamos para parafrasear a nadie, sino para opinar sobre esta lectura.

         Lo primero que tengo que decir que se trata de un libro que se sale de la zona de confort del autor puesto que si miras el resto de sus títulos, sus criaturas viven en el mundo de la fantasía y de la ciencia ficción. Sin embargo esta obra se instala en la más corriente realidad de nuestra época.



         Este libro cuenta la historia de cómo Beatriz Hernández está trabajando en su tesis doctoral, sobre un libro que narra la biografía de un tipo de hace más de tres siglos. El trabajo extenuante en esta tesis y su propia fragilidad mental hacen que en la historia se entremezclen la realidad común y la realidad particular que hay en la mente de la prota.

         Tengo que reconocer que al principio el libro se me hizo un poco lento, debido sobre todo al uso de demasiadas frases subordinadas, que restaban dinamismo. Pero la historia se planteaba jugosa y mi curiosidad me hizo seguir adelante. Beatriz Hernández, la protagonista, empieza a obsesionarse con Hernán Gonzalvo, el objeto de su tesis, y yo empecé a pensar que eran familia, pero eso es algo que solo podrás descubrir leyendo el libro.

         ¿Así es como escribes una reseña? Vamos ¡Céntrate!

         Empecemos por la estructura de la obra, porque creo que es parte esencial de la historia. El libro se organiza en tres bloques claramente diferenciados.

         Un primer bloque que corresponde al clásico planteamiento, donde Luis nos presenta a los protagonistas de la historia y también el origen de la trama. Es un bloque de lectura relajada, con descripciones claras que te meten en la historia poco a poco. A base de pequeños detalles te va sembrando un montón de dudas que esperas que se resuelvan más adelante, al más puro estilo de seguir las miguitas de pan de Hansel y Grettel. Sin embargo, en la segunda parte, cuando esperas que ocurra algo interesante con todos esos datos acerca de Bea, su novio, su amiga, su directora de tesis, su hermana…la narración se rompe y cambia totalmente de registro para fluir en un tono épico muy apropiado. Aquí te presenta al verdadero co-protagonista de la historia. Te cuenta todos los detalles que supuestamente Beatriz ha estudiado en profundidad para llevar a cabo su tesis: la historia de Hernán Gonzalvo, un pícaro del siglo XVIII al que la vida ha puesto a prueba una y otra vez del modo más cruel, convirtiéndole en una especie de héroe al que llegas a amar y odiar a partes iguales. Las escenas más espeluznantes del libro las encontrarás en esta parte y te aseguro que alguna de ellas hasta te revolverá las tripas, no tanto por su atrocidad como por su veracidad. Sin embargo toda esta vuelta al pasado no te hace perder el hilo de la trama principal, que vuelve con fuerza en la tercera parte. Aquí las frases son más cortas y más afiladas, ofreciendo una lectura trepidante, como correspondería a una novela de detectives. Esto es porque, de algún modo, todos los personajes entran en un bucle de búsqueda incesante: Beatriz busca respuesta mientras su novio, su amiga y su hermana la buscan a ella.

         Todo esto conformaría una historia relativamente simple ¿no?  Pues no, porque sino no estaría yo aquí opinando y contando como disfruté de esta apasionante lectura.



         Lo que hace diferente a este libro es un tercer protagonista que hace su aparición en forma de sombras tenebrosas que acompañan a los personajes en los dos tiempos en los que transcurre la historia, unificándola y dotándola de un aire de irrealidad que te lleva a meterte dentro de la mente enferma de Beatriz. La acompañarás en un viaje confuso hacia un desenlace que solo es real en su cabeza y que hará preguntarte dónde está el límite de la cordura y cuál es el umbral de la fragilidad de la mente humana.

         Una lectura totalmente recomendable que te hará pasar un buen rato, conociendo un trocito de una historia real, mezclada con la tensión de la búsqueda y las dudas acerca de los límites de la realidad.

domingo, 8 de noviembre de 2020

VENENO

 VENENO

         Yo no tenía ni idea de historia ni de política, salvo lo que oía por la radio algunas veces. En los últimos días estaba más pendiente de la prensa que en toda mi vida, debía asegurarme de que todo iba bien. Necesitaba poder continuar después de haber salido del infierno que había sido mi matrimonio. No podía creer que ahora, precisamente ahora, aprobaran una ley de divorcio. ¡A buenas horas!

         Tras aquello regresé a la casa de mis abuelos. Llevaba cerrada muchos años, pero era mía y de mis hermanos. Allí estaría a salvo. Había llegado esa misma mañana y tras pasar por el arco de piedra de la fachada, que había visto tiempos mejores,  estaba recorriéndola, intentando rescatar algo de cordura de los recuerdos que guardaba de ella. En el cuarto de mi abuela encontré sábanas viejas y con olor a cerrado, pero limpias. Utilizaría su cama esa noche. Al sacar las sábanas del cajón un pequeño sobre cayó a mis pies. Era una carta. Pensé que sería importante, si mi abuela la había guardado.

 



 

                                               “        Limoux, a 15 de octubre de 1939

Querida Encarna,

 

espero que al recibo de ésta te encuentres bien de salud y que tú y tu familia estéis todos bien.

         No me he atrevido a escribirte hasta hoy porque no quería ponerte en un aprieto, pero creo que ahora es seguro enviarte esta misiva. Solo quería agradecerte todo lo que has hecho siempre por mí, desde que éramos niñas en el colegio María Inmaculada, cuando Sor Gracia nos hacía recitar las tablas de multiplicar. Sé que aunque yo fui la que huyó de España, la vida tampoco debe haber sido fácil para ti durante este tiempo.

         Yo ahora vivo tranquila en Limoux. Sé que no volveré a mi tierra nunca más, pero no me siento triste por ello. He encontrado un poco de paz finalmente.

         ¿Recuerdas aquel invierno de 1931? Era emocionante vivir en Santander. Todo estaba cambiando y parecía que mi vida se iba a poder arreglar por fin, pero aquello solo fue un respiro. Aunque lo suficientemente grande como para ayudarme a tomar la decisión que me salvó la vida. Te escribo esta carta para agradecerte ahora lo que no te pude agradecer entonces. Sé que amabas a tu hermano y que te dolió todo lo que te dije, pero también sé que tú ya sabías que yo no lo quería. Sin embargo la vida era así, ¿verdad? Sabes que tuve que casar con él por empeño de mi padre, que vio en Julián un buen partido. Por aquel entonces la naviera de tu familia iba viento en popa, y Julián no estaba dispuesto a sentar la cabeza. Ahora entiendo que tu padre también estuviera de acuerdo en la idea de que debía casar conmigo. Yo era tan cándida entonces… Tu padre pensó que casando conmigo, con la recatada, responsable y hacendosa Isabel, Julián sentaría la cabeza, pero nunca nos preguntó si estábamos de acuerdo. Tú sabes todo lo que lloré. Tú eras la única persona con la que podía hablar de todas las cosas y recuerdo como me consolabas mientras veía como mi vida se iba a convertir en un infierno. Si no hubiera sido por tu apoyo, me habría vuelto loca. Pero por suerte para mi estuviste a mi lado para ayudarme en mi nueva vida.

         Tu hermano era un díscolo que dilapidaba el dinero de tu familia sin piedad, y aunque mientras estuve casada con él nunca me faltó de nada, sabes que no fui feliz. También sabes que para él yo no era nadie, ni siquiera llegué a ser su mujer, porque su vida estaba muy lejos de aquella casa que yo me empeñaba en que fuera un hogar, ya sabes que siempre fui abnegada. ¡Ay! ¡Encarna, cuanto me arrepiento de no haber abierto los ojos antes! ¡Y cuanto te agradezco que me ayudaras a abrirlos! Siempre fuiste mi ángel de la guarda.

         Recuerdo cuando me hablaste por primera vez de aquella señora: Clara Campoamor. Yo no tenía ni idea de política ni de leyes y todo lo que me decías me sonaba a chino. Pero debía ser importante, porque tú estabas exultante cuando me hablabas de ella. Entendí que lo que aquella mujer estaba haciendo pretendía mejorar nuestras vidas, las de las mujeres, pero no creía que pudiera ser posible. Siento tanto que ahora hayáis perdido todo aquello. Lo siento de verdad. Sabes que yo nunca llegué a votar, no hubiera sabido cómo hacerlo, pero me encantaba ver tu felicidad porque tus sueños incluían ese tipo de cosas. Yo me limitaba a ser feliz con tu felicidad, porque tú eras mi mundo entero.

         No me atreví a confesártelo entonces, porque al casar con tu hermano toda esperanza se desvanecía, pero sabes que era lo que tenía que hacer.

         Recuerdo como aquel mismo invierno me viniste un día hablando de un tal Álvaro de Albornoz. Yo no sabía quién era ese señor, pero tú estabas segura de que aquello sí que cambiaría nuestra vida, más que lo otro eso del sufragio. Según me contaste había propuesto una ley de divorcio que haría  que pudiera separarme de tu hermano, pero yo tenía miedo. ¿Te acuerdas? Tu hermano había salido a la mar dos años antes, y nunca más regresó. Tu padre estaba indignado porque había perdido a su hijo, pero creo que le dolió más la pérdida de su mejor barco. A veces venía a visitarme porque decía que mi casa seguía siendo la casa de su hijo. Eso era verdad, yo no podía negarlo. Siempre me trató bien tu padre, me apreciaba mucho aunque no hubiera conseguido que Julián formase una familia conmigo. Ahora puedo confesártelo: nuestro matrimonio nunca se consumó. Para mí era un esfuerzo inhumano tener que meterme con él en la cama todas las noches, pero por suerte para mí, yo nunca le interesé lo más mínimo. Pero no era nada personal Encarna. Nunca me gustaron los hombres, aunque me tratasen tan bien como tu padre. Yo creo que Julián lo sabía, aunque fui muy cuidadosa siempre. ¿Te imaginas que alguien se hubiera enterado de eso? Sin duda habría dado con mis huesos en la cárcel, o algo peor. España siempre fue un lugar de grandes pasiones. Eso sí que lo extraño. Y que una mujer bien educada como yo, no hubiera tenido hijos el primer año de casada empezaba a levantar rumores.

         Pero entonces me hablaste de aquello. La ley del divorcio. ¿Cómo me iba a divorciar yo de tu hermano? Él había desaparecido y no sabíamos si estaba vivo o muerto, pero yo no podía divorciarme. ¿Qué iba a ser de mí? Menos mal que me abriste los ojos Encarna. Recuerdo el 25 de febrero cuando irrumpiste en mi casa. ¡Estabas feliz! No entendía que te alegrase aquella ley: a ti no te aportaba nada. Y en realidad yo no me había planteado esa posibilidad. Era una aberración romper lo que Dios había unido, sin embargo, el hombre, en este caso Julián, ya lo había separado.

         Me llevaste a ver a ese abogado. Yo estaba segura de que tu padre me mataría, si no lo hacía el mío antes cuando se enterase. Pero todo fue muy rápido, al estar Julián desaparecido. Pasé de estar casada y sola a estar divorciada. Nada había cambiado. Cuando volví a mi casa tu padre me estaba esperando. Me entró pánico, pero tú me ayudaste. Nunca podré agradecerte lo suficiente que me ayudaras aquella noche. Entraste conmigo a recoger mis cosas: el ajuar de mi boda y el botijo recuerdo de Mijas que me habías regalado. La casa era de tu padre, así que yo tenía que irme. Nunca me contaste que pasó después. Me llevaste a tu casa y al día siguiente cogí el tren que me trajo a Francia. No creo que tu padre fuera benévolo contigo, después de ayudarme. Era muy severo el señor don Gerardo. Cuando recuerdo su rostro aquella noche aún se me saltan las lágrimas del miedo que me da.

         Sin embargo ahora soy libre, y te lo debo a ti. Y no volveré a Santander, aunque la guerra haya terminado. Ya sé que han derogado la ley, ahora sé todas esas cosas. Sé que todos los divorcios de aquellos años son nulos, pero leí en la prensa que habían dado por fin por muertos  a los tripulantes del “Covadonga”. Ahora no soy casada ni divorciada, porque soy viuda. O sea, lo sería si volviera a España, pero no puedo volver.

         Te envío mis mejores deseos para la extraña paz que parece que se está forjando en mi tierra, pero esa paz no es para mí.

         Tu amiga que te quiere,

                                      Isabel. “

 



         Doblé la carta y volví a meterla en su amarillento sobre. ¡Qué poco había cambiado la vida! Mi Eusebio se parecía tanto al Julián de la carta de mi abuela que parecía mentira , pero mi Eusebio no era marinero ni había desaparecido, sino que dilapidaba nuestro dinero entre bares y lupanares. Luego llegaba a casa y pagaba sus frustraciones conmigo. Yo estaba atrapada en ese infierno.

         Ahora  la radio no paraba de desgañitarse en contra y a favor de la norma que Francisco Fernández Ordoñez acababa de sacar adelante. Las mujeres volvíamos a ser libres de divorciarnos si así lo queríamos.Al volver a aquella casa me sentía un poco como un ratón de aquellos que iban detrás del sonido de la flauta en el clásico cuento. Sin embargo aquella ley llegaba demasiado tarde para mí. Isabel se había quedado viuda por decisión de la ley. En ese sentido yo era más libre que ella: yo había elegido ser viuda.



 Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí


NOVIEMBRE:
Objetivo 11: Infórmate bien sobre un suceso revolucionario feminista y basa tu relato en ello. ( La ley del divorcio de febrero de 1932, que fue derogada en 1939 y volvió a la palestra, reformada en 1981)
Cuentos y leyendas J: el flautista de Hamelín.
Criaturas del camino VI: Ángel.
Objetos ocultos:24: arco y 20: botijo.
Además: milpalabrista ( 1612 palabras),  rosa insolente por protagonista femenina .No estoy segura de si el genero epistolar cuenta para  para sororidad, Triada por personajes LGTBI, Inconformista por la crítica social implícita y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario a continuación, solo con tus críticas puedo mejorar.

domingo, 25 de octubre de 2020

DIMENSIÓN DE PLÁSTICO

Antes de leer este relato te sugiero que leas La Fuga, pues es una continuación de aquella historia.

DIMENSIÓN DE PLÁSTICO

 

                   —¡Que me envíe el dichoso recibo, digo!

         El operador al otro lado del teléfono intentaba hacerle entender que podía acceder a los recibos a través de la web, pero Mauricio estaba que echaba humo.

                   —¡No me interesa ver el recibo en la web! ¡No puedo ver la web! ¡No me funciona internet! Así que no voy a pagar ningún recibo mientras no me lo arreglen.

         Elena estaba más que acostumbrada a los gritos constantes, pero lo de aquella tarde era demasiado. Al parecer todo el mundo tenía la culpa de que internet no funcionara y llevaba haciendo llamadas casi tres horas seguidas.

                   —¡Le repito que me da igual su filosofía empresarial! ¡A mí me tienen que enviar los recibos a mi buzón! ¡A mi buzón! ¿Me oye? ¡Metido en un sobre, como toda la vida!

                   —Mauricio… Eso ya no lo hace ninguna empresa, cielo. Deberías tranquilizarte. Te acabará por dar un infarto.

         En realidad Elena estaba segura de que gritar por teléfono era lo que más le gustaba a su marido, así que había hecho que instalasen un terminal en la biblioteca, así Mauricio podía gritar todo lo que quisiera sin molestarla.

         Por si aquello fallaba, como estaba fallando en ese momento, la mujer había ido más allá. Como Mauricio era un cabezota obsesivo le había regalado una impresora 3D, pero por piezas, convencida de que eso le mantendría tranquilo y ocupado un montón de tiempo, según le había contado Miguel el comercial.  La idea se la había dado su querida vecina Griselda: “Tú lo que tienes que hacer es llamar al técnico y que te explique cómo funciona la aerotermia. Toma el número. Hazme caso, llámale y luego me cuentas.” Y así lo había hecho, casi.

         Elena había llamado a Martín, el técnico buenorro, quien muy amablemente le había facilitado el teléfono de Miguel, el comercial. Elena decidió que  su plan fuera marear a Mauricio con el tema de la aerotermia. Calculaba que, con lo obsesivo que era, eso le tendría ocupado un par de meses. Sin embargo cuando llegó su marido no estaba en casa, así que tuvo que escuchar ella todas las magníficas explicaciones que el experto le daba, intentando retener en su cabeza alguno de los datos que Miguel le estaba proporcionando, para poder enredar a Mauricio.

         En mitad de aquel galimatías tecnológico se dio cuenta de que ya tenía suficiente información inútil y cambió de estrategia. Tras dedicar una mirada más al tal Miguel decidió atacar directamente.

                   —Mira Miguel, te agradezco todas tus explicaciones pero no me estoy enterando de nada.—dijo mientras se levantaba del sillón y se sentaba más cerca del joven— en realidad lo que yo necesito es algo para entretener a mi esposo, que se pasa la vida gritando y me tiene loca.

         Por suerte al técnico le hizo gracia la cosa y a su vez, decidió que podía tomarse unos momentos de relax con aquella señora tan maja y tan sincera.

                   —De acuerdo Elena. Tengo una idea, pero necesito que me digas que me das a cambio.—dijo poniéndole ojitos.

                   —Primero tendrás que convencerme de que es una idea muy buena.

         Se sorprendió a  sí misma respondiendo en tono meloso. Elena no se lo podía creer: el comercial buenorro le estaba dando cancha. Pero contra lo que a ella le estaba pareciendo, Miguel se acomodó en el asiento y empezó a hablar como un sacamuelas.

                   —Deberías regalarle una impresora 3D. Es un juguete moderno con el que podrá jugar a las construcciones pero sintiéndose como si fuera un científico o un inventor.



         Miguel hablaba con entusiasmo. Le contó que él mismo tenía una y que había una asociación de makers que se reunían y hacían proyectos juntos. Lo mejor era que eso tenía pinta de ocupar muuuucho tiempo. Justo lo que ella necesitaba. Apartó del todo su idea de echar una canita al aire con aquel chaval y le compró su propuesta de la impresora. Al parecer, Miguel estaba tan contento con el tema que se le olvidó pedir el precio que había insinuado al principio.

         Unos cuantos días después un mensajero trajo un porrón de cajas y Elena pudo comprobar, una vez más, que era una genia: Mauricio se había prendado de la maquinita al momento y le dedicaba un montón de tiempo. Quedaba con sus amigos de la asociación y se pasaba la vida imprimiendo figuritas cada vez más elaboradas. Así que en su casa volvía a haber silencio, y también un montón de muñecos de plástico por todas partes. Por fin pudo dedicarle al yoga el tiempo que ella quería. Y la última ballena de plástico que le había regalado era graciosa así que la cosa iba bien.

         Pero entonces pasó lo más terrible del mundo, según Mauricio: internet había dejado de funcionar, y eso frustraba los planes del hombre de chatear con sus socios sobre sus últimos logros con la maquinita. Por desgracia eso trajo un torrente de nuevos gritos y bufidos. Elena no podía más, así que cogió un té y se bajó a casa de Griselda. En casa de su amiga siempre pasaban cosas divertidas.

                   —Hola, ¿algún día me dejarás que te invite yo a un té o piensas traerlo siempre de tu casa?

                   —No me hables, que Mauricio ya estaba echando de menos gritar por teléfono y lleva un día…

                   —Ya le he oído. Internet ¿no?

                   —¿Tan fuerte grita?

         Griselda se sentó a su lado.

                   —Demasiado fuerte. Yo también estoy harta de oírle.

         Las dos mujeres se dedicaron una mirada de comprensión antes de sentarse a tomar el té en el sofá.

                   —Lo siento. La verdad es que la impresora estaba entreteniéndole mucho, pero al fastidiarse internet ha vuelto a explotar.

                   —No te preocupes, cualquier día le acabará dando un soponcio por ponerse como se pone. Tú no tienes la culpa.

         A Elena había algo que la estaba sonando muy raro. Había algo en la mirada de su amiga que la estaba poniendo nerviosa ¿Qué ocultaba Griselda? Miró al techo, donde unas semanas antes había una mancha de humedad que las había llevado a la dimensión extraña, pero la mancha no estaba.

                   —¿Al final concluiste que fue lo que pasó con nuestro “viaje” a la dimensión desconocida?

                   —Ni idea, Elena. No ha vuelto a pasar nada.

                   —Fue divertido.

                   —Fue terrible. Pero no te preocupes que no va a volver a pasar. Ven, tengo algo que enseñarte.

         Elena la siguió, entre curiosa y mosqueada. Había algo que no terminaba de gustarle, pero no sabía qué. Su amiga estaba como siempre, pero había algo diferente que no era capaz de identificar, algo que no la gustaba nada y que solo lo advertía por una extraña intuición.

                   —Elena ¿ves la gotera que tengo en el techo?

         Miró a donde Griselda señalaba, y en efecto, una enorme mancha coronaba la mitad del techo del dormitorio.

                   —¡Venga ya! ¡Ninguna tubería pasa por ahí! Pero bueno, de todos modos no te preocupes que pediré a Mauricio que llame al seguro. Con lo que grita por teléfono, antes del lunes lo tienes arreglado.

         Griselda sonreía maliciosamente cuando Elena volvió a mirarla. Era una sonrisa realmente aterradora.

                   —No necesito que llames a ningún seguro, querida. Vas a venir conmigo a la otra dimensión a arreglarla, como la otra vez.

                   —¿En serio crees que hay otra dimensión? ¿La dimensión de las goteras?

         Definitivamente su vecina se había vuelto majara. Además, la otra vez la mancha del techo las había absorbido sin más ¿Cómo se suponía que iban a volver a ir a ese lugar?

                   —No te preocupes, Elena. La dimensión Orofí es mi segundo hogar.

         Diciendo esto agarró a su amiga y la hizo sentarse en la cama, sentándose a su lado. Elena se estaba asustando de verdad. Griselda se había vuelto tarumba del todo.. Ni siquiera estaba segura de lo que había ocurrido la otra vez, pero recordaba que Griselda estaba muerta de miedo todo el tiempo que pasaron en el otro lado.

                   —¿Dimensión Orofí?

         Un haz de luz salió de la mancha, como la otra vez. En tres segundos ambas habían pasado por el remolino iridiscente y habían llegado al extraño desván, que seguía tan vacío como la otra vez. La misma fuente presidía la sala, y aquel fluido pestilente seguía manando de ella. Elena buscó el extintor con la mirada: si estaban allí de nuevo, podían volver como la otra vez. Pero esta vez no había extintor, así que se giró para mirar a su amiga a la cara.

         Lo que vio la dejó sin habla.

         La piel de la cara de Griselda colgaba en jirones de su calavera de un blanco insultante. A Elena le recorrió un escalofrío,  y algo dentro de su estómago protestó en forma de náusea.

                   —Griselda…—logró decir en un susurro, mientras daba pequeños pasos hacia atrás.

                   —Tranquila Elena, soy yo. Hoy no hay extintor, porque el conjuro está completo. La fuente que fue rosada volvió a ser gris y el brillo del silencio lo cubre todo. No hace falta que regresemos, aquí seremos felices, mientras llega la fundadora…

                   —¿Qué fundadora? ¿La fundadora de qué? Me estás asustando.

         Asustando era un eufemismo, Elena estaba realmente muerta de miedo.

                   —La Gran Diosa Gamba Sagrada Cósmica Intergaláctica.

         Los ojos de Griselda no eran humanos. Su voz no era humana tampoco. Algo muy retorcido estaba ocurriendo y el miedo de Elena estaba atenazando su cerebro y no la dejaba pensar con claridad. Lo único que sabía a ciencia cierta era que Griselda estaba loca y que tenía que salir de allí como fuera. Siguió alejándose de ella mientras buscaba con la mirada cualquier cosa que pudiera servirle para escapar, pero el vacío más absoluto lo cubría todo. Griselda se estaba acercando cada vez más…Sabía que la iba a matar ¿la iba a matar? No podía creerlo pero tenía toda la pinta, había visto suficientes películas para saber que eso era lo que ocurriría.

         Siguió reculando, pero trastabilló y cayó al suelo. Algo dentro de su bolsillo trasero la hizo daño en el ídem. “¿Qué es esto?”, pensó mientras echaba la mano a la dolorida nalga. Una pequeña ballena de plástico azul era lo que se le había clavado al caer. “Puta ballena del idiota de Mauricio”, mientras esta frase se construía en su pensamiento, una idea se le cruzó por delante como un rayo.

.


         Blandió la pequeña ballena ante los ojos muertos de su amiga. ¿Qué esperaba que pasara? Griselda no era un vampiro y aquel muñeco no era una estaca. No pasó nada, por supuesto. ¿O sí?

         La mirada muerta de Griselda se clavó en la figurita que Elena sostenía, cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir lo que era.

                   —Así que estás de parte de la Maliciosa Ballena Azul Interdimensional…

         No entendía nada, pero tenía que seguirle el rollo al espectro que tenía delante.

                   —Mauriciosa Ballena Azul te maldice ahora y me sacará de esta dimensión sin un rasguño. ¡Póstrate ante ella!

         No se lo podía creer, pero en los ojos de Griselda vio estupor, justo antes de que un resplandor azul emanara de la pequeña figura y bañara con su luz todo el desván. La fuente empezó a manar una espuma también azul, que rápidamente lo cubrió todo con un siseo. El suelo se resquebrajó y cayó con estrépito sobre la cama de su amiga.

         La extraña voz de la que fue su amiga le llegaba lejana, pero no esperó a oírla con más claridad. Se incorporó y salió corriendo todo lo deprisa que sus aterradas piernas le permitieron. Al llegar a la puerta la voz era más alta y más clara. Además estaba más enfurecida. Abrió y subió corriendo las escaleras. Justo en ese momento Mauricio salía de casa. Le empujó en su carrera y cerró la puerta tras ella. El hombre se asustó al ver a Elena en semejante estado de pánico.

                   —¿Qué te pasa Elena?

         Intento abrazarla y acompañarla dentro, pero ella le llevó hacia la biblioteca, donde estaba la impresora. Al llegar vio un resplandor en el carrete de PLA. Estaba a salvo.


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OBJETIVO PERSONAL:
 El objetivo personal que me propuse a principios de año era el de escribir seis relatos extra, enlazando relatos del origireto2019 y escondiendo en cada uno 2 objetos del origireto2020

Este relato es el segundo de los seis ( no sé si llegaré a seis, la verdad).
Está enlazado con La Fuga, relato de Abril del Origireto2019.
He elegido este relato porque se quedó todo muy benévolo y tenía ganas de darle un giro hacia el terror. No sé si lo habré logrado.

Objetos ocultos: 4: ballena  y 15: una gamba.

Además: milpalabrista (2008 palabras), 

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

domingo, 11 de octubre de 2020

ENDÉMICO

 

ENDÉMICO

         Por suerte en mi ciudad se ha celebrado la feria que más espero durante todo el año: la feria del libro. Debido a la situación pandémica que nos envuelve con el aforo limitado, control de accesos y todas las medidas higiénicas para garantizar la seguridad sanitaria de expositores y visitantes ha sido, sin duda, una feria del libro estupenda. Egoístamente he de reconocer que la he disfrutado mucho porque he podido ver con detalle todas las novedades, he podido conversar con autores y editores y he podido adquirir algunas joyas para mi colección.

         Entre ellas quiero hablaros del libro que acabo de terminar de leer. No conocía  a la autora, Ángela Pinaud, sin embargo unos amigos que se encontraban en la caseta de Apache Libros me lo sugirieron y decidí traérmelo a casa.



         Endémico es una novela de terror de las que dan miedo de verdad. Ángela Pinaud ha sabido manejar  muy bien a sus protagonistas, Gael y Anastasia, a través de una trama trepidante que incluye todos los elementos de las historias de este género. Desde el principio la intriga nos hace querer saber qué hace un exorcista del Vaticano en uno de los pueblos perdidos de la España profunda, donde el silencio es la ley y donde casi nada es lo que parece. Un pueblo marcado por una terrible tragedia que diezmó a sus habitantes y que los llevó por unos derroteros que no eres capaz de imaginar.

         Para acompañar al lector en esta historia de maldiciones y suicidios que no son tales aparece Anastasia, una joven periodista que haciendo un guiño a Bugs Bunny trata de sacar a Gael de su esencia de personaje Bukowskiano para poder resolver el conflicto, que parece tener relación  con el hecho que le llevó a ese pueblo diez años atrás. La historia incluye desde exorcismos hasta muertos vivientes sin estridencias, y con un homenaje al maestro Lovecraft. El Necronomicón  se sitúa en el centro de la trama para llevarnos de horror en horror a través de casi doscientas páginas.

         Si hay algo que destacaría de esta novela es el desasosiego en el que te sumerge desde el principio, que no te permite dejar de leer hasta un final que podría ser un nuevo principio.



         Personalmente he disfrutado mucho de esta historia, que me trae recuerdos de grandes clásicos como El exorcista o El Club Dumas. Sin duda recomiendo su lectura a todos aquellos que busquen una novela de terror con cinismo, misterio, cierta elegancia y giros inesperados que os llevarán en volandas hasta un final que tampoco es lo que parece y que te dejará con más preguntas que respuestas.

         Un final que te hace desear que Ángela Pinaud esté escribiendo ya la segunda parte, y que Apache esté preparado para sacarla la luz.



domingo, 4 de octubre de 2020

SUCESIÓN

 

SUCESIÓN

 

                   —¿Crees que las intimido?

                   —Majestad…

                   —Respóndeme con franqueza, Isabel.

                   —Majestad, su sola presencia las intimida. De eso no hay duda.

                   —Pero Isabel, ¿las intimida mi cargo o mi persona? Sé franca, por favor.

                   —Majestad, su cargo es su propia persona.

                   —Mírame Isabel.

         La reina agarró las manos de la doncella que llevaba ayudándola a vestirse durante los últimos cuarenta años y la colocó frente a ella. Isabel sostuvo su mirada sin insolencia.

                   —Mírame y dime lo que ves.

                   —Veo a mi reina.

                   —Isabel, llevas muchos años conmigo. No necesito todo este protocolo mientras me ayudas con los ropajes. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿no crees?

                   —Así es, Majestad.

                   —A partir de ahora quiero que no vuelvas a dirigirte a mí como Majestad cuando estemos en privado.—Una sonrisa pícara asomó a los labios de la doncella y se reflejó a su vez en los ojos de la reina. A los dos segundos las dos mujeres reían a carcajadas.

                   —Mercedes, me vas a volver loca.—Logró articular Isabel entre risas.

         Ambas se sentaron en el regio lecho, exhaustas tras las risas.

                   —¿Sabes Isa? Estoy harta del corsé. Ni siquiera puedo reír a gusto.

                   —Yo también estoy harta. Me lo quitaré.

                   —¡Ojalá yo fuera tú! —La reina se levantó, atusándose la falda para recuperar su porte regio.—Me lo quitaría también. Pero me debo a mi reino: he de ser ejemplar.

                   —Ardua tarea.

                   —Y que lo digas.

 

(fotograma de la superproducción Glow&Darkness)

         Mientras las dos mujeres se preparaban para la recepción, en otra estancia del castillo el infante don Alonso canturreaba una triste canción, deseando que la feria de las futuras esposas pasara cuanto antes. No quería asistir, no quería una esposa y tampoco quería reinar. Sin embargo la ausencia de su hermano mayor y la falta de noticias desde que partió al frente hacían presagiar que ese sería su futuro. Desde luego su madre, la Reina Mercedes, lo tenía claro. Y por ello estaba preparándolo todo para que el futuro del reino de Polendis quedase garantizado. Además debía darse prisa, sentía que el guardián de la montaña podría despertar en cualquier momento. Era su deber como regente mantener el orden y garantizar la sucesión.

         Lo segundo creía haberlo solucionado hacía años, cuando dio a luz a sus dos hermosos hijos, tras dos embarazos sin contratiempos. Pero parecía que la cosa se había torcido. Con la muerte de su esposo el rey, su hijo mayor, Gonzalo, ocuparía el trono. Tenía garantizado un provechoso matrimonio con la princesa Sidi, del reino vecino. Pero unas estúpidas rencillas acabaron en una guerra que había dado al traste con el matrimonio y probablemente con la sucesión.

         Por suerte aún le quedaba Alonso. Debía casarlo cuanto antes y para no cometer el mismo error que con Gonzalo había decidido permitirle elegir esposa entre un buen montón de candidatas cuidadosamente elegidas. Alonso siempre había sido un muchacho retraído y nunca había mostrado interés por las jóvenes de su edad, por lo que Mercedes estaba seriamente preocupada. Y la actitud de su hijo era cada vez más cerrada, lo que desazonaba del todo a la reina.

         Sin embargo estaba convencida de que en la preciosa recepción que había organizado, invitando a lo más granado de todas las monarquías cercanas y también a potentados nobles de las comarcas más ricas que tenían hijas casaderas, Alonso terminaría por prendarse de alguna de las muchachas y el problema se resolvería. También estaban invitadas todas las jóvenes del reino que tuvieran alta cuna aunque estuvieran en la pobreza. Lo más complicado había sido seleccionar a las chicas. Para ello llevaba semanas aplicando su infalible método de enviar a sus doncellas más jóvenes a pasar unos días con las aspirantes. El sistema era sencillo: mientras convivían con las chicas en sus propias casas, debían colocar un guisante debajo de sus colchones, y asegurarse de que no eran capaces de dormir con semejante menudencia entorpeciendo su sueño. Solo así podría estar segura de que todas las invitadas a la recepción tenían sangre azul. Por suerte casi la mitad de las candidatas habían asegurado que no pudieron pegar ojo, por lo que la noche se presentaba realmente concurrida. Mercedes estaba esperanzada.

         La reina necesitaba pasarle el relevo de la corona a su descendencia para poder al fin disfrutar de su vida sin tener que medir cada palabra que decía y cada movimiento que hacía. Estaba segura de que ella se merecía poder disfrutar de la vida como cualquier otra persona, pero su sentido del deber podía más que su albedrío y por eso no haría nada sin dejar antes el reino en buenas manos. Y aunque Alonso no fuera un dechado de cualidades sociales, no tenía duda de que estaba sobradamente preparado para gobernar y llevar la paz y la prosperidad a sus súbditos. En realidad en ese sentido era mucho mejor opción que su hermano Gonzalo, tan agresivo e impulsivo. De cualquier modo, estaba segura de que su hijo podría mantener dormido al guardián. El volcán de la Isla no arrasaría con todo si se cumplía la historia que estaba escrita en las estrellas.

 

         Se abrieron las puertas del gran salón, que estaba repleto de jóvenes princesas vestidas con sus mejores galas, y el lacayo golpeó tres veces el suelo.

                   —Hace entrada su Majestad.

         Un silencio expectante lo invadió todo. Todas las miradas se giraron hacia la puerta y Mercedes hizo su solemne entrada. Con la cabeza erguida y la espalda tan recta que ni siquiera parecía humana, caminó hasta el trono.

         La música empezó a sonar cuando la monarca tomó asiento, mientras su doncella Isabel acomodaba su vestido alrededor del trono para que luciera impecable. El frus frus de vuelos llenó el ambiente, mientras las jóvenes comentaban como sería el príncipe heredero. No tuvieron que esperar mucho, puesto que a los pocos minutos tres golpes de bastón del lacayo anunciaron su entrada.

         El silencio volvió a hacerse mientras las miradas curiosas de las jóvenes buscaban a su pretendido. Alonso entró en el salón, de forma mucho menos solemne que su madre, pero luciendo un porte apuesto y cautivador. Aunque más de una princesa pudo ver que la mirada del joven estaba muy lejos de aquel baile. Alonso seguía cantando para sí la misma canción: “Cuando el día amanece triste y gris, burlándose de mi… silencioso en un tren sin dirección, así me siento yo…”

         Caminó hasta el trono, a rendir una reverencia a la reina, y a continuación ocupó su lugar en sillón contiguo.

                   —Hijo, creo que podrás encontrar alguna chica de tu agrado entre todas estas princesas.—Le susurró su madre mientras la música volvía a sonar.

         Alonso estaba seguro de que no sería así, pero no podía decírselo a nadie, y menos a la reina. Nunca lo entendería.

         Sonó una canción, y después otra y otra más, y Alonso no se levantaba para bailar con las damas, ante la impaciencia de su madre, que le instaba a hacerlo. Alonso estaba esperando su momento. Ya faltaba poco.

         De repente la tierra tembló bajo sus pies, haciendo que varios de los músicos, así como algunas de las jóvenes cayeran al suelo. Alonso alargó su mano buscando la seguridad de la de su madre. Sin embargo la reina estaba perdiendo la paciencia, y el temblor no había logrado siquiera cambiarle el rictus severo que a cada minuto era más acentuado. El joven la miró sin atreverse a decir nada. Esperaba encontrar cuanto menos sobresalto en la cara de su madre, pero ella clavó sus ojos en su hijo mientras nadie en el salón les prestaba atención, pues estaban ocupados en levantarse del suelo, preguntarse si estaban bien y recomponerse.

                   —Tu indiferencia lo ha despertado Alonso.

                   —¿A quién?

                   —Al guardián.

                   —¿A qué guardián, madre?

                   —A Murcus, el guardián del volcán que preside la isla.




         Alonso no podía creer las palabras de su madre. ¿De verdad ella creía en la vieja leyenda de que había un enorme Dragón viviendo bajo la montaña y alimentando el fuego del volcán? ¿Un dragón llamado Murcus que podía leer en los corazones de los habitantes del castillo y que velaba porque sucediera la historia tal y como estaba escrita en las estrellas? No podía ser.

                   —Madre, no me digas…

                   —Calla insensato. Lo has despertado, y solo los dioses saben lo que puede ocurrir ahora. Será mejor que elijas a una de las princesas, con un poco de suerte aún no es demasiado tarde para complacerle y dejar que la historia siga su curso.

                   —¿En serio, madre?—Dijo, paseando su mirada de su madre hasta Isabel y vuelta a su madre, quien pareció turbarse momentáneamente.

         Alonso no cabía en sí del asombro. No podía creer que su madre, su sensata madre, su serena e inteligente madre, capaz de gobernar un reino con mano firme y guardar un enorme secreto, estuviera a merced de semejantes supersticiones. Se levantó del sillón, momento en el que de nuevo las miradas se volvieron a clavar en su persona. La expectación era máxima.

                   —Oídme todas. Ninguna de vosotras será mi esposa.

         La tierra volvió a temblar, mientras de fondo empezaba a escucharse una especie de rugido. Las jóvenes empezaron a murmurar con desaprobación y sorpresa,  mientras miraban interrogantes a la reina madre. Pero Mercedes estaba atenazada por el miedo, rígida en su trono mientras esperaba a que se desatara el desastre.

                   —Ninguna de vosotras será mi esposa, aunque estoy seguro de que todas podríais desempeñar ese papel a la perfección.

         Esa frase pareció tranquilizar a las chicas. Al menos si no encontraba esposa entre todas ellas, no sería su culpa.

                   —Mi madre os ha convocado a todas para asegurarse de la continuidad de la corona más allá de su reinado. Sin embargo quiero tranquilizaros: la paz en el reino está en camino y no será necesario que ninguna de vosotras sacrifique sus sueños por casar conmigo. Sé que mi hermano es vuestro favorito…

                  El rugido cada vez era más nítido. Las serenas palabras de Alonso habían conseguido tranquilizar a las jóvenes, sin embargo el miedo a que el dragón despertara a la montaña crecía por momentos. La tierra volvió a temblar. Alonso levantó la voz.

                   —Tranquilas. Tranquila, madre. Murcus está de camino —ojos espantados y chillidos ahogados llenaron la sala— pero contrariamente a lo que todos creéis, él traerá la paz y la prosperidad.

         Una sombra oscureció la escasa luz que le quedaba a la tarde. Todos los ojos se volvieron a las cristaleras. Las jóvenes se abrazaban unas otras dominadas por el miedo, mientras Alonso levantaba sus manos intentando tranquilizarlas. La silueta gigante de la bestia se recortó al otro lado de las vidrieras coloreadas del salón del trono. La reina permanecía rígida y pálida. Alonso le hizo una seña a Isabel para que se acercara a ella y tomara su mano para tranquilizarla. Él tenía que ocuparse de que las doncellas no se asustasen del dragón. Su porte, su mirada y sus palabras habían calado en el nutrido grupo y todas ellas permanecían expectantes, confiando en el príncipe que tan seguro las había hablado.

         Por desgracia la discreción no era el punto fuerte de Murcus, que entró en el salón haciendo añicos las cristaleras. Caminó unos pocos pasos, los que su envergadura le permitieron, y dejó caer un fardo que traía en su lomo.

         Mercedes se desmayó. No podía ser. Mientras Isabel se ocupaba de la reina, Alonso se acercó al fardo. El silencio volvía a ser tenso, solo se oía la ronca respiración de Murcus. El bulto que había rodado por el suelo pareció moverse. Alonso se agachó a su lado.

                   —Gonzalo, levántate. Madre te ha preparado un fiesta de mujeres para que encuentres esposa y reines, como siempre quisiste hacer.

         El príncipe se levantó, aturdido, sujetándose a las manos de su hermano, que le llevó hasta el sillón junto al trono, donde su madre había vuelto en sí, pero respiraba fatigada.

         Alonso montó en el lomo de la bestia, y ambos se alejaron mientras el aire traía los ecos de la canción que el joven seguía cantando: “el silencio de la noche, me dice una vez más, que en algún lugar te tengo que encontrar.”

 


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OCTUBRE:
Objetivo 10: Crea una historia que involucre un volcán o cataclismo.
Cuentos y leyendas H: La princesa y el guisante.
Criaturas del camino X: Dragones.
Objetos ocultos: 21 Sangre Azul y 19 una canción. Y para más Inri, la canción es de la banda Sangre Azul, y si  la quereis escuchar lo podeis hacer en este enlace
Además: milpalabrista ( 2014 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina (de esto no estoy segura, porque tiene dos protas en realidad) pero estoy segura de que si que cuenta para Sororidad porque pasa el test de Bechdel, Triada por personajes LGTBI (leed entre líenas si no los habéis encontrado) y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

domingo, 27 de septiembre de 2020

COVID-19

No quería publicar esto para no caer en el tópico, pero creo que lo mejor es que lo deje salir. Han pasado muchas cosas desde que lo escribí el 22 de abril y sin embargo, tan pocas soluciones... 


COVID-19     

         La cabeza me bulle en mil ideas inconexas. Opiniones acerca de informaciones que no se si son veraces o no, puesto que no podemos fiarnos de las fuentes oficiales. Lo único cierto que sabemos es que esas fuentes nos mienten y no tenemos forma de saber cuáles del resto de las miles de informaciones que nos llegan son ciertas ni en qué grado lo son.

         El gobierno está demostrando que el sistema no funciona. Creo que era algo que todos, a pie de calle, sabíamos, pero ahora se está poniendo de manifiesto de forma estrepitosa. El sistema no funciona y se ve en cada rueda de prensa que ofrecen. Todas son interminables, repletas de circunloquios expositivos vacíos de las soluciones que tanto necesitamos. Soluciones que no llegan. Que cuando lo hacen no se adecúan a las necesidades reales de nuestra sociedad. Soluciones que lo único que hacen es complicarnos la vida a todos y mucho. Porque el desastre económico que se nos viene encima es monumental, pero la catástrofe social, humana, que estamos viviendo, con un número de muertos que ni siquiera nos permiten saber cuál es, con un número de enfermos que tampoco nos dejan saber cual es… sin saber las consecuencias médicas reales que van  a sufrir los que lo han superado, pero además sin poder medir ni poner coto al inmenso dolor que estamos sufriendo ya todos, viendo como mueren personas mayores a montones, y no tan mayores… y que ni siquiera nos permiten despedirnos para poder pasar nuestro duelo particular. Atados de pies y manos. Encerrados en nuestras casas, de las que podemos salir por motivos que han elegido aleatoriamente, como quien puede o no ir a trabajar. Sin que nos proporcionen medidas de seguridad.

         La desesperación de millones de personas que no sabe cuándo podrá cobrar para hacer frente a los impuestos que no nos han aplazado ni suprimido… además de, obviamente, para hacer frente al pago de hipotecas y alquileres y por supuesto para poder comer…

         La desesperación del que su única certidumbre es saber que no tendrá un puesto de trabajo al que volver. La de los que están seguros que no podrán poner en marcha de nuevo sus pequeños negocios…

         El sufrimiento que están causando de manera gratuita a tantas personas que podrían salir ya a la calle porque están inmunizadas,  o porque a la calle a la que van a salir es el campo, donde no se cruzarán con nadie, o porque el pueblo en el que viven son pocos vecinos y ninguno de ellos está infectado.

         El sufrimiento a esos abuelos que no pueden estar con sus nietos, a esos nietos que no pueden ver el cielo en una etapa de su vida en la que necesitan correr y que les dé el sol… El de los enfermos que necesitan caminar pero están enjaulados en pisos de muy pocos metros cuadrados…

         El estado mental de todos los que vemos que pasan los días, uno detrás de otro y las soluciones no llegan, y las medidas siguen siendo aleatorias, y las preguntas cada vez son más mientras las respuestas cada vez son menos. De los que a diario vemos que la improvisación y el despropósito están al mando mientras el sentido común ha desaparecido. De los que vemos ejemplos de intentar solucionarlo fuera de nuestras fronteras pero ninguna intención clara de atajarlo de forma eficaz dentro de ellas. El estado mental de los que somos prisioneros de esta guerra en la que no va a ganar nadie porque ni siquiera hay bandos.

         Todas esas consecuencias que irán llegando, que algunas ya están aquí y que pagaremos como siempre los de siempre: los más débiles.

         Todo esto que nos sume en la desesperanza y la frustración… y que cuando nos paramos a pensar concluimos que quizá es lo que los poderes quieren: que estemos abatidos, enfermos, empobrecidos y frustrados para así poder mantener sus exagerados privilegios sin que la masa trabajadora, la clase media-baja, los que nos partimos el lomo a diario para acabar engordando sus arcas tengamos fuerzas ni ganas para protestar, para alzar la voz y pedir que el sistema cambie.

         Cuando llegamos a este tipo de conclusiones es cuando obtenemos alguna certidumbre y no precisamente esperanzadora sino todo lo contrario. Llegamos a la certidumbre de que saldremos de ésta, como salimos de todas: heridos, abatidos y vivos de milagro. Y solo nos va a quedar intentar sobreponernos para poder dar un paso más…