Antes de leer este relato te sugiero que leas La Fuga, pues es una continuación de aquella historia.
DIMENSIÓN DE PLÁSTICO
—¡Que
me envíe el dichoso recibo, digo!
El operador al
otro lado del teléfono intentaba hacerle entender que podía acceder a los
recibos a través de la web, pero Mauricio estaba que echaba humo.
—¡No
me interesa ver el recibo en la web! ¡No puedo ver la web! ¡No me funciona
internet! Así que no voy a pagar ningún recibo mientras no me lo arreglen.
Elena estaba
más que acostumbrada a los gritos constantes, pero lo de aquella tarde era
demasiado. Al parecer todo el mundo tenía la culpa de que internet no
funcionara y llevaba haciendo llamadas casi tres horas seguidas.
—¡Le
repito que me da igual su filosofía empresarial! ¡A mí me tienen que enviar los
recibos a mi buzón! ¡A mi buzón! ¿Me oye? ¡Metido en un sobre, como toda la vida!
—Mauricio…
Eso ya no lo hace ninguna empresa, cielo. Deberías tranquilizarte. Te acabará
por dar un infarto.
En realidad
Elena estaba segura de que gritar por teléfono era lo que más le gustaba a su
marido, así que había hecho que instalasen un terminal en la biblioteca, así
Mauricio podía gritar todo lo que quisiera sin molestarla.
Por si aquello
fallaba, como estaba fallando en ese momento, la mujer había ido más allá. Como
Mauricio era un cabezota obsesivo le había regalado una impresora 3D, pero por
piezas, convencida de que eso le mantendría tranquilo y ocupado un montón de
tiempo, según le había contado Miguel el comercial. La idea se la había dado su querida vecina
Griselda: “Tú lo que tienes que hacer es llamar al técnico y que te explique cómo
funciona la aerotermia. Toma el número. Hazme caso, llámale y luego me
cuentas.” Y así lo había hecho, casi.
Elena había
llamado a Martín, el técnico buenorro, quien muy amablemente le había
facilitado el teléfono de Miguel, el comercial. Elena decidió que su plan fuera marear a Mauricio con el tema de
la aerotermia. Calculaba que, con lo obsesivo que era, eso le tendría ocupado
un par de meses. Sin embargo cuando llegó su marido no estaba en casa, así que
tuvo que escuchar ella todas las magníficas explicaciones que el experto le
daba, intentando retener en su cabeza alguno de los datos que Miguel le estaba
proporcionando, para poder enredar a Mauricio.
En mitad de
aquel galimatías tecnológico se dio cuenta de que ya tenía suficiente
información inútil y cambió de estrategia. Tras dedicar una mirada más al tal Miguel
decidió atacar directamente.
—Mira
Miguel, te agradezco todas tus explicaciones pero no me estoy enterando de
nada.—dijo mientras se levantaba del sillón y se sentaba más cerca del joven—
en realidad lo que yo necesito es algo para entretener a mi esposo, que se pasa
la vida gritando y me tiene loca.
Por suerte al
técnico le hizo gracia la cosa y a su vez, decidió que podía tomarse unos
momentos de relax con aquella señora tan maja y tan sincera.
—De
acuerdo Elena. Tengo una idea, pero necesito que me digas que me das a cambio.—dijo
poniéndole ojitos.
—Primero
tendrás que convencerme de que es una idea muy buena.
Se sorprendió
a sí misma respondiendo en tono meloso.
Elena no se lo podía creer: el comercial buenorro le estaba dando cancha. Pero
contra lo que a ella le estaba pareciendo, Miguel se acomodó en el asiento y
empezó a hablar como un sacamuelas.
—Deberías
regalarle una impresora 3D. Es un juguete moderno con el que podrá jugar a las
construcciones pero sintiéndose como si fuera un científico o un inventor.
Miguel hablaba
con entusiasmo. Le contó que él mismo tenía una y que había una asociación de
makers que se reunían y hacían proyectos juntos. Lo mejor era que eso tenía
pinta de ocupar muuuucho tiempo. Justo lo que ella necesitaba. Apartó del todo
su idea de echar una canita al aire con aquel chaval y le compró su propuesta
de la impresora. Al parecer, Miguel estaba tan contento con el tema que se le
olvidó pedir el precio que había insinuado al principio.
Unos cuantos
días después un mensajero trajo un porrón de cajas y Elena pudo comprobar, una
vez más, que era una genia: Mauricio se había prendado de la maquinita al
momento y le dedicaba un montón de tiempo. Quedaba con sus amigos de la
asociación y se pasaba la vida imprimiendo figuritas cada vez más elaboradas.
Así que en su casa volvía a haber silencio, y también un montón de muñecos de plástico
por todas partes. Por fin pudo dedicarle al yoga el tiempo que ella quería. Y
la última ballena de plástico que le había regalado era graciosa así que la
cosa iba bien.
Pero entonces
pasó lo más terrible del mundo, según Mauricio: internet había dejado de
funcionar, y eso frustraba los planes del hombre de chatear con sus socios
sobre sus últimos logros con la maquinita. Por desgracia eso trajo un torrente
de nuevos gritos y bufidos. Elena no podía más, así que cogió un té y se bajó a
casa de Griselda. En casa de su amiga siempre pasaban cosas divertidas.
—Hola,
¿algún día me dejarás que te invite yo a un té o piensas traerlo siempre de tu
casa?
—No
me hables, que Mauricio ya estaba echando de menos gritar por teléfono y lleva
un día…
—Ya
le he oído. Internet ¿no?
—¿Tan
fuerte grita?
Griselda se sentó
a su lado.
—Demasiado
fuerte. Yo también estoy harta de oírle.
Las dos
mujeres se dedicaron una mirada de comprensión antes de sentarse a tomar el té
en el sofá.
—Lo
siento. La verdad es que la impresora estaba entreteniéndole mucho, pero al fastidiarse
internet ha vuelto a explotar.
—No
te preocupes, cualquier día le acabará dando un soponcio por ponerse como se
pone. Tú no tienes la culpa.
A Elena había
algo que la estaba sonando muy raro. Había algo en la mirada de su amiga que la
estaba poniendo nerviosa ¿Qué ocultaba Griselda? Miró al techo, donde unas
semanas antes había una mancha de humedad que las había llevado a la dimensión
extraña, pero la mancha no estaba.
—¿Al
final concluiste que fue lo que pasó con nuestro “viaje” a la dimensión
desconocida?
—Ni
idea, Elena. No ha vuelto a pasar nada.
—Fue
divertido.
—Fue
terrible. Pero no te preocupes que no va a volver a pasar. Ven, tengo algo que
enseñarte.
Elena la
siguió, entre curiosa y mosqueada. Había algo que no terminaba de gustarle,
pero no sabía qué. Su amiga estaba como siempre, pero había algo diferente que
no era capaz de identificar, algo que no la gustaba nada y que solo lo advertía
por una extraña intuición.
—Elena
¿ves la gotera que tengo en el techo?
Miró a donde
Griselda señalaba, y en efecto, una enorme mancha coronaba la mitad del techo
del dormitorio.
—¡Venga
ya! ¡Ninguna tubería pasa por ahí! Pero bueno, de todos modos no te preocupes
que pediré a Mauricio que llame al seguro. Con lo que grita por teléfono, antes
del lunes lo tienes arreglado.
Griselda
sonreía maliciosamente cuando Elena volvió a mirarla. Era una sonrisa realmente
aterradora.
—No
necesito que llames a ningún seguro, querida. Vas a venir conmigo a la otra
dimensión a arreglarla, como la otra vez.
—¿En
serio crees que hay otra dimensión? ¿La dimensión de las goteras?
Definitivamente
su vecina se había vuelto majara. Además, la otra vez la mancha del techo las
había absorbido sin más ¿Cómo se suponía que iban a volver a ir a ese lugar?
—No
te preocupes, Elena. La dimensión Orofí es mi segundo hogar.
Diciendo esto
agarró a su amiga y la hizo sentarse en la cama, sentándose a su lado. Elena se
estaba asustando de verdad. Griselda se había vuelto tarumba del todo.. Ni
siquiera estaba segura de lo que había ocurrido la otra vez, pero recordaba que
Griselda estaba muerta de miedo todo el tiempo que pasaron en el otro lado.
—¿Dimensión
Orofí?
Un haz de luz
salió de la mancha, como la otra vez. En tres segundos ambas habían pasado por
el remolino iridiscente y habían llegado al extraño desván, que seguía tan
vacío como la otra vez. La misma fuente presidía la sala, y aquel fluido
pestilente seguía manando de ella. Elena buscó el extintor con la mirada: si
estaban allí de nuevo, podían volver como la otra vez. Pero esta vez no había
extintor, así que se giró para mirar a su amiga a la cara.
Lo que vio la
dejó sin habla.
La piel de la
cara de Griselda colgaba en jirones de su calavera de un blanco insultante. A
Elena le recorrió un escalofrío, y algo
dentro de su estómago protestó en forma de náusea.
—Griselda…—logró
decir en un susurro, mientras daba pequeños pasos hacia atrás.
—Tranquila
Elena, soy yo. Hoy no hay extintor, porque el conjuro está completo. La fuente
que fue rosada volvió a ser gris y el brillo del silencio lo cubre todo. No
hace falta que regresemos, aquí seremos felices, mientras llega la fundadora…
—¿Qué
fundadora? ¿La fundadora de qué? Me estás asustando.
Asustando era
un eufemismo, Elena estaba realmente muerta de miedo.
—La Gran
Diosa Gamba Sagrada Cósmica Intergaláctica.
Los ojos de
Griselda no eran humanos. Su voz no era humana tampoco. Algo muy retorcido
estaba ocurriendo y el miedo de Elena estaba atenazando su cerebro y no la
dejaba pensar con claridad. Lo único que sabía a ciencia cierta era que
Griselda estaba loca y que tenía que salir de allí como fuera. Siguió alejándose
de ella mientras buscaba con la mirada cualquier cosa que pudiera servirle para
escapar, pero el vacío más absoluto lo cubría todo. Griselda se estaba
acercando cada vez más…Sabía que la iba a matar ¿la iba a matar? No podía
creerlo pero tenía toda la pinta, había visto suficientes películas para saber
que eso era lo que ocurriría.
Siguió
reculando, pero trastabilló y cayó al suelo. Algo dentro de su bolsillo trasero
la hizo daño en el ídem. “¿Qué es esto?”, pensó mientras echaba la mano a la
dolorida nalga. Una pequeña ballena de plástico azul era lo que se le había
clavado al caer. “Puta ballena del idiota de Mauricio”, mientras esta frase se
construía en su pensamiento, una idea se le cruzó por delante como un rayo.
.
Blandió la
pequeña ballena ante los ojos muertos de su amiga. ¿Qué esperaba que pasara?
Griselda no era un vampiro y aquel muñeco no era una estaca. No pasó nada, por
supuesto. ¿O sí?
La mirada
muerta de Griselda se clavó en la figurita que Elena sostenía, cuando estuvo lo
bastante cerca como para distinguir lo que era.
—Así
que estás de parte de la Maliciosa Ballena Azul Interdimensional…
No entendía
nada, pero tenía que seguirle el rollo al espectro que tenía delante.
—Mauriciosa
Ballena Azul te maldice ahora y me sacará de esta dimensión sin un rasguño.
¡Póstrate ante ella!
No se lo podía
creer, pero en los ojos de Griselda vio estupor, justo antes de que un
resplandor azul emanara de la pequeña figura y bañara con su luz todo el
desván. La fuente empezó a manar una espuma también azul, que rápidamente lo
cubrió todo con un siseo. El suelo se resquebrajó y cayó con estrépito sobre la
cama de su amiga.
La extraña voz
de la que fue su amiga le llegaba lejana, pero no esperó a oírla con más
claridad. Se incorporó y salió corriendo todo lo deprisa que sus aterradas
piernas le permitieron. Al llegar a la puerta la voz era más alta y más clara.
Además estaba más enfurecida. Abrió y subió corriendo las escaleras. Justo en
ese momento Mauricio salía de casa. Le empujó en su carrera y cerró la puerta
tras ella. El hombre se asustó al ver a Elena en semejante estado de pánico.
—¿Qué
te pasa Elena?
Intento
abrazarla y acompañarla dentro, pero ella le llevó hacia la biblioteca, donde
estaba la impresora. Al llegar vio un resplandor en el carrete de PLA. Estaba a
salvo.
Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí o aquí
OBJETIVO PERSONAL:
El objetivo personal que me propuse a principios de año era el de escribir seis relatos extra, enlazando relatos del origireto2019 y escondiendo en cada uno 2 objetos del origireto2020
Este relato es el segundo de los seis ( no sé si llegaré a seis, la verdad).
Está enlazado con La Fuga, relato de Abril del Origireto2019.
He elegido este relato porque se quedó todo muy benévolo y tenía ganas de darle un giro hacia el terror. No sé si lo habré logrado.
Objetos ocultos: 4: ballena y 15: una gamba.
Además: milpalabrista (2008 palabras),
Gracias por leer hasta aquí.
Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.