domingo, 11 de octubre de 2020

ENDÉMICO

 

ENDÉMICO

         Por suerte en mi ciudad se ha celebrado la feria que más espero durante todo el año: la feria del libro. Debido a la situación pandémica que nos envuelve con el aforo limitado, control de accesos y todas las medidas higiénicas para garantizar la seguridad sanitaria de expositores y visitantes ha sido, sin duda, una feria del libro estupenda. Egoístamente he de reconocer que la he disfrutado mucho porque he podido ver con detalle todas las novedades, he podido conversar con autores y editores y he podido adquirir algunas joyas para mi colección.

         Entre ellas quiero hablaros del libro que acabo de terminar de leer. No conocía  a la autora, Ángela Pinaud, sin embargo unos amigos que se encontraban en la caseta de Apache Libros me lo sugirieron y decidí traérmelo a casa.



         Endémico es una novela de terror de las que dan miedo de verdad. Ángela Pinaud ha sabido manejar  muy bien a sus protagonistas, Gael y Anastasia, a través de una trama trepidante que incluye todos los elementos de las historias de este género. Desde el principio la intriga nos hace querer saber qué hace un exorcista del Vaticano en uno de los pueblos perdidos de la España profunda, donde el silencio es la ley y donde casi nada es lo que parece. Un pueblo marcado por una terrible tragedia que diezmó a sus habitantes y que los llevó por unos derroteros que no eres capaz de imaginar.

         Para acompañar al lector en esta historia de maldiciones y suicidios que no son tales aparece Anastasia, una joven periodista que haciendo un guiño a Bugs Bunny trata de sacar a Gael de su esencia de personaje Bukowskiano para poder resolver el conflicto, que parece tener relación  con el hecho que le llevó a ese pueblo diez años atrás. La historia incluye desde exorcismos hasta muertos vivientes sin estridencias, y con un homenaje al maestro Lovecraft. El Necronomicón  se sitúa en el centro de la trama para llevarnos de horror en horror a través de casi doscientas páginas.

         Si hay algo que destacaría de esta novela es el desasosiego en el que te sumerge desde el principio, que no te permite dejar de leer hasta un final que podría ser un nuevo principio.



         Personalmente he disfrutado mucho de esta historia, que me trae recuerdos de grandes clásicos como El exorcista o El Club Dumas. Sin duda recomiendo su lectura a todos aquellos que busquen una novela de terror con cinismo, misterio, cierta elegancia y giros inesperados que os llevarán en volandas hasta un final que tampoco es lo que parece y que te dejará con más preguntas que respuestas.

         Un final que te hace desear que Ángela Pinaud esté escribiendo ya la segunda parte, y que Apache esté preparado para sacarla la luz.



domingo, 4 de octubre de 2020

SUCESIÓN

 

SUCESIÓN

 

                   —¿Crees que las intimido?

                   —Majestad…

                   —Respóndeme con franqueza, Isabel.

                   —Majestad, su sola presencia las intimida. De eso no hay duda.

                   —Pero Isabel, ¿las intimida mi cargo o mi persona? Sé franca, por favor.

                   —Majestad, su cargo es su propia persona.

                   —Mírame Isabel.

         La reina agarró las manos de la doncella que llevaba ayudándola a vestirse durante los últimos cuarenta años y la colocó frente a ella. Isabel sostuvo su mirada sin insolencia.

                   —Mírame y dime lo que ves.

                   —Veo a mi reina.

                   —Isabel, llevas muchos años conmigo. No necesito todo este protocolo mientras me ayudas con los ropajes. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, ¿no crees?

                   —Así es, Majestad.

                   —A partir de ahora quiero que no vuelvas a dirigirte a mí como Majestad cuando estemos en privado.—Una sonrisa pícara asomó a los labios de la doncella y se reflejó a su vez en los ojos de la reina. A los dos segundos las dos mujeres reían a carcajadas.

                   —Mercedes, me vas a volver loca.—Logró articular Isabel entre risas.

         Ambas se sentaron en el regio lecho, exhaustas tras las risas.

                   —¿Sabes Isa? Estoy harta del corsé. Ni siquiera puedo reír a gusto.

                   —Yo también estoy harta. Me lo quitaré.

                   —¡Ojalá yo fuera tú! —La reina se levantó, atusándose la falda para recuperar su porte regio.—Me lo quitaría también. Pero me debo a mi reino: he de ser ejemplar.

                   —Ardua tarea.

                   —Y que lo digas.

 

(fotograma de la superproducción Glow&Darkness)

         Mientras las dos mujeres se preparaban para la recepción, en otra estancia del castillo el infante don Alonso canturreaba una triste canción, deseando que la feria de las futuras esposas pasara cuanto antes. No quería asistir, no quería una esposa y tampoco quería reinar. Sin embargo la ausencia de su hermano mayor y la falta de noticias desde que partió al frente hacían presagiar que ese sería su futuro. Desde luego su madre, la Reina Mercedes, lo tenía claro. Y por ello estaba preparándolo todo para que el futuro del reino de Polendis quedase garantizado. Además debía darse prisa, sentía que el guardián de la montaña podría despertar en cualquier momento. Era su deber como regente mantener el orden y garantizar la sucesión.

         Lo segundo creía haberlo solucionado hacía años, cuando dio a luz a sus dos hermosos hijos, tras dos embarazos sin contratiempos. Pero parecía que la cosa se había torcido. Con la muerte de su esposo el rey, su hijo mayor, Gonzalo, ocuparía el trono. Tenía garantizado un provechoso matrimonio con la princesa Sidi, del reino vecino. Pero unas estúpidas rencillas acabaron en una guerra que había dado al traste con el matrimonio y probablemente con la sucesión.

         Por suerte aún le quedaba Alonso. Debía casarlo cuanto antes y para no cometer el mismo error que con Gonzalo había decidido permitirle elegir esposa entre un buen montón de candidatas cuidadosamente elegidas. Alonso siempre había sido un muchacho retraído y nunca había mostrado interés por las jóvenes de su edad, por lo que Mercedes estaba seriamente preocupada. Y la actitud de su hijo era cada vez más cerrada, lo que desazonaba del todo a la reina.

         Sin embargo estaba convencida de que en la preciosa recepción que había organizado, invitando a lo más granado de todas las monarquías cercanas y también a potentados nobles de las comarcas más ricas que tenían hijas casaderas, Alonso terminaría por prendarse de alguna de las muchachas y el problema se resolvería. También estaban invitadas todas las jóvenes del reino que tuvieran alta cuna aunque estuvieran en la pobreza. Lo más complicado había sido seleccionar a las chicas. Para ello llevaba semanas aplicando su infalible método de enviar a sus doncellas más jóvenes a pasar unos días con las aspirantes. El sistema era sencillo: mientras convivían con las chicas en sus propias casas, debían colocar un guisante debajo de sus colchones, y asegurarse de que no eran capaces de dormir con semejante menudencia entorpeciendo su sueño. Solo así podría estar segura de que todas las invitadas a la recepción tenían sangre azul. Por suerte casi la mitad de las candidatas habían asegurado que no pudieron pegar ojo, por lo que la noche se presentaba realmente concurrida. Mercedes estaba esperanzada.

         La reina necesitaba pasarle el relevo de la corona a su descendencia para poder al fin disfrutar de su vida sin tener que medir cada palabra que decía y cada movimiento que hacía. Estaba segura de que ella se merecía poder disfrutar de la vida como cualquier otra persona, pero su sentido del deber podía más que su albedrío y por eso no haría nada sin dejar antes el reino en buenas manos. Y aunque Alonso no fuera un dechado de cualidades sociales, no tenía duda de que estaba sobradamente preparado para gobernar y llevar la paz y la prosperidad a sus súbditos. En realidad en ese sentido era mucho mejor opción que su hermano Gonzalo, tan agresivo e impulsivo. De cualquier modo, estaba segura de que su hijo podría mantener dormido al guardián. El volcán de la Isla no arrasaría con todo si se cumplía la historia que estaba escrita en las estrellas.

 

         Se abrieron las puertas del gran salón, que estaba repleto de jóvenes princesas vestidas con sus mejores galas, y el lacayo golpeó tres veces el suelo.

                   —Hace entrada su Majestad.

         Un silencio expectante lo invadió todo. Todas las miradas se giraron hacia la puerta y Mercedes hizo su solemne entrada. Con la cabeza erguida y la espalda tan recta que ni siquiera parecía humana, caminó hasta el trono.

         La música empezó a sonar cuando la monarca tomó asiento, mientras su doncella Isabel acomodaba su vestido alrededor del trono para que luciera impecable. El frus frus de vuelos llenó el ambiente, mientras las jóvenes comentaban como sería el príncipe heredero. No tuvieron que esperar mucho, puesto que a los pocos minutos tres golpes de bastón del lacayo anunciaron su entrada.

         El silencio volvió a hacerse mientras las miradas curiosas de las jóvenes buscaban a su pretendido. Alonso entró en el salón, de forma mucho menos solemne que su madre, pero luciendo un porte apuesto y cautivador. Aunque más de una princesa pudo ver que la mirada del joven estaba muy lejos de aquel baile. Alonso seguía cantando para sí la misma canción: “Cuando el día amanece triste y gris, burlándose de mi… silencioso en un tren sin dirección, así me siento yo…”

         Caminó hasta el trono, a rendir una reverencia a la reina, y a continuación ocupó su lugar en sillón contiguo.

                   —Hijo, creo que podrás encontrar alguna chica de tu agrado entre todas estas princesas.—Le susurró su madre mientras la música volvía a sonar.

         Alonso estaba seguro de que no sería así, pero no podía decírselo a nadie, y menos a la reina. Nunca lo entendería.

         Sonó una canción, y después otra y otra más, y Alonso no se levantaba para bailar con las damas, ante la impaciencia de su madre, que le instaba a hacerlo. Alonso estaba esperando su momento. Ya faltaba poco.

         De repente la tierra tembló bajo sus pies, haciendo que varios de los músicos, así como algunas de las jóvenes cayeran al suelo. Alonso alargó su mano buscando la seguridad de la de su madre. Sin embargo la reina estaba perdiendo la paciencia, y el temblor no había logrado siquiera cambiarle el rictus severo que a cada minuto era más acentuado. El joven la miró sin atreverse a decir nada. Esperaba encontrar cuanto menos sobresalto en la cara de su madre, pero ella clavó sus ojos en su hijo mientras nadie en el salón les prestaba atención, pues estaban ocupados en levantarse del suelo, preguntarse si estaban bien y recomponerse.

                   —Tu indiferencia lo ha despertado Alonso.

                   —¿A quién?

                   —Al guardián.

                   —¿A qué guardián, madre?

                   —A Murcus, el guardián del volcán que preside la isla.




         Alonso no podía creer las palabras de su madre. ¿De verdad ella creía en la vieja leyenda de que había un enorme Dragón viviendo bajo la montaña y alimentando el fuego del volcán? ¿Un dragón llamado Murcus que podía leer en los corazones de los habitantes del castillo y que velaba porque sucediera la historia tal y como estaba escrita en las estrellas? No podía ser.

                   —Madre, no me digas…

                   —Calla insensato. Lo has despertado, y solo los dioses saben lo que puede ocurrir ahora. Será mejor que elijas a una de las princesas, con un poco de suerte aún no es demasiado tarde para complacerle y dejar que la historia siga su curso.

                   —¿En serio, madre?—Dijo, paseando su mirada de su madre hasta Isabel y vuelta a su madre, quien pareció turbarse momentáneamente.

         Alonso no cabía en sí del asombro. No podía creer que su madre, su sensata madre, su serena e inteligente madre, capaz de gobernar un reino con mano firme y guardar un enorme secreto, estuviera a merced de semejantes supersticiones. Se levantó del sillón, momento en el que de nuevo las miradas se volvieron a clavar en su persona. La expectación era máxima.

                   —Oídme todas. Ninguna de vosotras será mi esposa.

         La tierra volvió a temblar, mientras de fondo empezaba a escucharse una especie de rugido. Las jóvenes empezaron a murmurar con desaprobación y sorpresa,  mientras miraban interrogantes a la reina madre. Pero Mercedes estaba atenazada por el miedo, rígida en su trono mientras esperaba a que se desatara el desastre.

                   —Ninguna de vosotras será mi esposa, aunque estoy seguro de que todas podríais desempeñar ese papel a la perfección.

         Esa frase pareció tranquilizar a las chicas. Al menos si no encontraba esposa entre todas ellas, no sería su culpa.

                   —Mi madre os ha convocado a todas para asegurarse de la continuidad de la corona más allá de su reinado. Sin embargo quiero tranquilizaros: la paz en el reino está en camino y no será necesario que ninguna de vosotras sacrifique sus sueños por casar conmigo. Sé que mi hermano es vuestro favorito…

                  El rugido cada vez era más nítido. Las serenas palabras de Alonso habían conseguido tranquilizar a las jóvenes, sin embargo el miedo a que el dragón despertara a la montaña crecía por momentos. La tierra volvió a temblar. Alonso levantó la voz.

                   —Tranquilas. Tranquila, madre. Murcus está de camino —ojos espantados y chillidos ahogados llenaron la sala— pero contrariamente a lo que todos creéis, él traerá la paz y la prosperidad.

         Una sombra oscureció la escasa luz que le quedaba a la tarde. Todos los ojos se volvieron a las cristaleras. Las jóvenes se abrazaban unas otras dominadas por el miedo, mientras Alonso levantaba sus manos intentando tranquilizarlas. La silueta gigante de la bestia se recortó al otro lado de las vidrieras coloreadas del salón del trono. La reina permanecía rígida y pálida. Alonso le hizo una seña a Isabel para que se acercara a ella y tomara su mano para tranquilizarla. Él tenía que ocuparse de que las doncellas no se asustasen del dragón. Su porte, su mirada y sus palabras habían calado en el nutrido grupo y todas ellas permanecían expectantes, confiando en el príncipe que tan seguro las había hablado.

         Por desgracia la discreción no era el punto fuerte de Murcus, que entró en el salón haciendo añicos las cristaleras. Caminó unos pocos pasos, los que su envergadura le permitieron, y dejó caer un fardo que traía en su lomo.

         Mercedes se desmayó. No podía ser. Mientras Isabel se ocupaba de la reina, Alonso se acercó al fardo. El silencio volvía a ser tenso, solo se oía la ronca respiración de Murcus. El bulto que había rodado por el suelo pareció moverse. Alonso se agachó a su lado.

                   —Gonzalo, levántate. Madre te ha preparado un fiesta de mujeres para que encuentres esposa y reines, como siempre quisiste hacer.

         El príncipe se levantó, aturdido, sujetándose a las manos de su hermano, que le llevó hasta el sillón junto al trono, donde su madre había vuelto en sí, pero respiraba fatigada.

         Alonso montó en el lomo de la bestia, y ambos se alejaron mientras el aire traía los ecos de la canción que el joven seguía cantando: “el silencio de la noche, me dice una vez más, que en algún lugar te tengo que encontrar.”

 


Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

OCTUBRE:
Objetivo 10: Crea una historia que involucre un volcán o cataclismo.
Cuentos y leyendas H: La princesa y el guisante.
Criaturas del camino X: Dragones.
Objetos ocultos: 21 Sangre Azul y 19 una canción. Y para más Inri, la canción es de la banda Sangre Azul, y si  la quereis escuchar lo podeis hacer en este enlace
Además: milpalabrista ( 2014 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina (de esto no estoy segura, porque tiene dos protas en realidad) pero estoy segura de que si que cuenta para Sororidad porque pasa el test de Bechdel, Triada por personajes LGTBI (leed entre líenas si no los habéis encontrado) y me apunto uno para giratiempo por publicar antes del día 10. Espero no dejarme nada.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

domingo, 27 de septiembre de 2020

COVID-19

No quería publicar esto para no caer en el tópico, pero creo que lo mejor es que lo deje salir. Han pasado muchas cosas desde que lo escribí el 22 de abril y sin embargo, tan pocas soluciones... 


COVID-19     

         La cabeza me bulle en mil ideas inconexas. Opiniones acerca de informaciones que no se si son veraces o no, puesto que no podemos fiarnos de las fuentes oficiales. Lo único cierto que sabemos es que esas fuentes nos mienten y no tenemos forma de saber cuáles del resto de las miles de informaciones que nos llegan son ciertas ni en qué grado lo son.

         El gobierno está demostrando que el sistema no funciona. Creo que era algo que todos, a pie de calle, sabíamos, pero ahora se está poniendo de manifiesto de forma estrepitosa. El sistema no funciona y se ve en cada rueda de prensa que ofrecen. Todas son interminables, repletas de circunloquios expositivos vacíos de las soluciones que tanto necesitamos. Soluciones que no llegan. Que cuando lo hacen no se adecúan a las necesidades reales de nuestra sociedad. Soluciones que lo único que hacen es complicarnos la vida a todos y mucho. Porque el desastre económico que se nos viene encima es monumental, pero la catástrofe social, humana, que estamos viviendo, con un número de muertos que ni siquiera nos permiten saber cuál es, con un número de enfermos que tampoco nos dejan saber cual es… sin saber las consecuencias médicas reales que van  a sufrir los que lo han superado, pero además sin poder medir ni poner coto al inmenso dolor que estamos sufriendo ya todos, viendo como mueren personas mayores a montones, y no tan mayores… y que ni siquiera nos permiten despedirnos para poder pasar nuestro duelo particular. Atados de pies y manos. Encerrados en nuestras casas, de las que podemos salir por motivos que han elegido aleatoriamente, como quien puede o no ir a trabajar. Sin que nos proporcionen medidas de seguridad.

         La desesperación de millones de personas que no sabe cuándo podrá cobrar para hacer frente a los impuestos que no nos han aplazado ni suprimido… además de, obviamente, para hacer frente al pago de hipotecas y alquileres y por supuesto para poder comer…

         La desesperación del que su única certidumbre es saber que no tendrá un puesto de trabajo al que volver. La de los que están seguros que no podrán poner en marcha de nuevo sus pequeños negocios…

         El sufrimiento que están causando de manera gratuita a tantas personas que podrían salir ya a la calle porque están inmunizadas,  o porque a la calle a la que van a salir es el campo, donde no se cruzarán con nadie, o porque el pueblo en el que viven son pocos vecinos y ninguno de ellos está infectado.

         El sufrimiento a esos abuelos que no pueden estar con sus nietos, a esos nietos que no pueden ver el cielo en una etapa de su vida en la que necesitan correr y que les dé el sol… El de los enfermos que necesitan caminar pero están enjaulados en pisos de muy pocos metros cuadrados…

         El estado mental de todos los que vemos que pasan los días, uno detrás de otro y las soluciones no llegan, y las medidas siguen siendo aleatorias, y las preguntas cada vez son más mientras las respuestas cada vez son menos. De los que a diario vemos que la improvisación y el despropósito están al mando mientras el sentido común ha desaparecido. De los que vemos ejemplos de intentar solucionarlo fuera de nuestras fronteras pero ninguna intención clara de atajarlo de forma eficaz dentro de ellas. El estado mental de los que somos prisioneros de esta guerra en la que no va a ganar nadie porque ni siquiera hay bandos.

         Todas esas consecuencias que irán llegando, que algunas ya están aquí y que pagaremos como siempre los de siempre: los más débiles.

         Todo esto que nos sume en la desesperanza y la frustración… y que cuando nos paramos a pensar concluimos que quizá es lo que los poderes quieren: que estemos abatidos, enfermos, empobrecidos y frustrados para así poder mantener sus exagerados privilegios sin que la masa trabajadora, la clase media-baja, los que nos partimos el lomo a diario para acabar engordando sus arcas tengamos fuerzas ni ganas para protestar, para alzar la voz y pedir que el sistema cambie.

         Cuando llegamos a este tipo de conclusiones es cuando obtenemos alguna certidumbre y no precisamente esperanzadora sino todo lo contrario. Llegamos a la certidumbre de que saldremos de ésta, como salimos de todas: heridos, abatidos y vivos de milagro. Y solo nos va a quedar intentar sobreponernos para poder dar un paso más…

lunes, 21 de septiembre de 2020

EL FARO

 

EL FARO

         Volvía de nuevo. Como todas las noches. No podía evitarlo. Había algo en aquel faro que la atraía como un imán. No sabía lo que era, pero día tras día acudía a su cita con aquel edificio que, aunque seguía funcionando, había perdido su razón de ser. Su madre le había contado mil historias que su abuela a su vez le había contado a ella. Historias que hablaban de un abuelo que murió joven en aquellos acantilados que ahora tiraban de su ser hacía sus bordes.

         Hacía al menos cien años que el océano había retrocedido debido al movimiento de las placas tectónicas, auspiciado por los terremotos submarinos que cambiaron el rostro del planeta por causa de la guerra nuclear. Así que el faro de Bernardette se encontraba a más de treinta kilómetros de la costa más cercana. Aún así, su luz seguía iluminando absurdamente el paisaje noche tras noche. Y noche tras noche Carmen recorría el sendero que llevaba a la atalaya, aunque con la llegada del alba nunca era capaz de explicar qué había ido a hacer allí.

         Aquel día decidió levantarse temprano y acudir al faro por la mañana. Necesitaba encontrar la razón por la que el faro de Bernardette le atraía de aquel modo tan extraño. Y necesitaba verlo claro y a la luz del día, puesto que a menudo los recuerdos de las noches en que lo visitaba se volvían vagas nebulosas en su cerebro.



         Caminaba nerviosa, esperando encontrar las causas de su inquietud frente a sus ojos, pero según se acercaba a la edificación un rumor de olas llegó a sus oídos. No podía ser. El mar quedaba demasiado lejos de allí. Miró hacia arriba: la luz del faro estaba encendida a pesar de ser de día. Eso indicaba que nadie se estaba ocupando de su funcionamiento. De hecho en el pueblo se decía que aquel faro estaba maldito, y que su luz era la luz del mismo diablo. Sin embargo Carmen sintió como el rumor de las olas le tranquilizaba mientras se acercaba cada vez más. Se paró por un momento en el camino. Un impulso inexplicable le llevó a salirse de la senda para caminar campo a través por el pedregoso terreno plagado de irregularidades. Debía tener cuidado para no tropezar o dar una mala pisada, estaba demasiado lejos del pueblo y casi nadie solía pasear por allí, hasta donde ella sabía. Si se caía podría tardar días en recibir ayuda.

         Sin embargo su curiosidad crecía con cada paso. El rumor de las inexistentes olas parecía traerle unas voces casi inaudibles que dirigían sus pasos hacia un lateral del imponente faro. De día la edificación causaba verdadero respeto: era mucho más grande de lo que parecía por la noche. Entonces lo vio: bajando por una especie de escaleras naturales talladas en la propia roca, aparecía un nuevo camino. Carmen sin dudarlo lo bajó, extremando el cuidado, pero sin ningún miedo. Sentía como si de verdad allí fuera a encontrar el destino último de su vida. Como si su última meta estuviera allí, esperándola. Con cada paso que daba descendiendo por aquella escalera retorcida al pie del faro, sentía como las voces subían de volumen en su cabeza. Cada vez eran más intensas y nítidas. Cuando alcanzó a entender lo que decían la sangre se le heló en las venas. No podía ser. Aquellas voces la llamaban directamente a ella. Aquellas voces la estaban llamando. Dentro de su corazón sabía que aquella palabra solo se podía dirigir a su persona… y sin embargo, no podía ser. Aquellas voces infantiles llamaban claramente a su mamá.

         Siguió bajando la interminable escalera hasta el fondo de lo que hace años fuera un imponente acantilado. Al llegar abajo un pequeño muro delimitaba un semicírculo contra la pared rocosa: estaba atrapada. Para salir de allí solamente podía subir por donde había bajado. Sin embargo las voces eran más claras e intensas allí. Parecían venir de la propia pared. Miro con detenimiento cada grieta y cada saliente, sin encontrar nada. Pasó la mano por la roca, y una fina capa de polvo empezó a caer a sus pies, como si el tiempo hubiera cubierto con aquella pátina una antigua puerta de madera raída. Las voces se intensificaron. La urgencia de sus llamadas a mamá se agudizó. Allí había atrapados varios niños, estaba claro. Su corazón latía a un ritmo frenético mientras frotaba la roca con las manos intentando descubrir por completo la puerta, buscando la forma de abrirla para liberar a sus hijos. A esos hijos que nunca había tenido pero que la estaban llamando a ella, porque estaba segura de que era a ella a quien llamaban en su desesperación.

         La vieja puerta se fue descubriendo hasta quedar por completo expuesta. No vio más que un pomo oxidado y el ojo de una cerradura antigua.

                   —No os preocupéis pequeños, mamá está aquí ¿Si? Ya he llegado.

         De pronto las voces callaron. Carmen se asustó por primera vez desde que se salió del sendero.

                   —¿Porqué os calláis, niños? Mamá os va a sacar de ahí.

         Sentía que debía darse prisa, que a sus recién encontrados hijos se los estaba acabando el tiempo. Sentía como su instinto maternal le urgía a sacarlos de aquel cautiverio y abrazarles y tranquilizarles como solo una madre puede hacer.

         Manoteó por toda la puerta, intentando encontrar la forma de abrirla. Sus nervios se estaban afilando tanto que en cualquier momento podrían cortar sus entrañas como si fueran un bisturí. Miró hacia arriba pidiéndole ayuda al cielo para poder liberarlos antes de que fuera demasiado tarde, pero eso no la tranquilizó en absoluto, puesto que pudo ver como el haz de luz que proyectaba el faro parpadeaba como si se estuviera fundiendo. Eso no era bueno, nada bueno. Ella lo sabía. Pero eso no fue todo. El rumor de las olas volvía a oírse, cada vez más cercano. Al bajar la mirada vio como el agua estaba a punto de mojarle los pies. De un instintivo salto se subió al primer escalón de la escalera, con la intención de no mojarse. Desde allí siguió buscando la forma de abrir aquella condenada puerta. Las voces volvieron a repetir su llamada: ¡Mamá! ¡Mamá! Su corazón estaba desbordado por la angustia que sentía al saber a su progenie atrapada en aquella cueva, mientras el nivel del mar iba subiendo. Un pequeño cangrejo arrastrado por las olas  salió del agua para atravesar la puerta por el pequeño hueco que dejaba una tabla rota, abajo del todo. 

         Se agachó para intentar mirar por el agujero, que le había pasado desapercibido, pero el ligero romper de las pequeñas olas le mojó la cara y le llenó los ojos de sal. No pudo ver nada y tuvo que erguirse de nuevo, aturdida, enfadada y sintiéndose estúpida por no haberse dado cuenta de que el nivel del agua subía demasiado deprisa. De hecho las incesantes olas tapaban ya la parte inferior de la puerta. Los niños seguían llamándola asustados. Podía sentir como su raciocinio se resquebrajaba mientras la luz del faro parpadeaba como una vieja bombilla al final de su vida. Algo la decía que el faro no debía apagarse, que el faro podía salvar a sus pequeños.

         Sintió un cosquilleo en su tobillo y cuando lo sacudió, una pequeña gamba huyó por debajo de su pantalón.

         Un momento: todo aquello no podía ser. El mar estaba a más de treinta kilómetros. “Venga Carmen, que te estás mojando los pies. ¿No puedes creer lo que ves?” Su cerebro intentó traerla a la realidad en un último intento de salvar su cordura, pero las voces de sus hijos cesaron de pronto. Ella interrumpió su  movimiento: necesitaba oír cualquier ruido que le dijera que los niños estaban bien. De pronto una aguda voz de las que habían estado clamando por su presencia, resonó claramente en su cerebro:

                   —Mamá, enséñanos tu anillo por la cerradura. Si eres tú te abriremos la puerta.

         Su anillo. El anillo de su madre que portaba en su mano desde hacía más de 30 años. El anillo que su madre le había legado mientras le advertía que no debía perderlo porque era su posesión más valiosa. El anillo que según su madre perteneció a su abuelo, al que nunca había conocido. Sin duda aquellos eran hijos suyos, no podía ser de otro modo.

         Sin pensárselo dos veces acercó la mano a la cerradura, con el desasosiego que le producía el no estar segura de si los niños lo reconocerían y le abrirían la puerta. Su corazón necesitaba abrazarlos ya, sus latidos atronaban en su cabeza.

         Con un crujido la puerta se abrió, dando paso a una oscuridad húmeda que la envolvió al instante. Esperaba sentir una especie de calor por la cercanía de sus hijos. Sin embargo, mientras el nivel del agua subía por sus piernas implacable, sintió como un ser velado y húmedo rozaba su cara.

                   —¿Niños? Soy mamá.

         El eco de la cueva le devolvió sus propias palabras, envueltas en un frío gélido que casi podía sentir como laceraba su piel. Las voces de los niños volvieron a escucharse una vez más, al fondo de la cueva. Seguían llamándola. Así que Carmen se adentró en la gruta en pos de ellos. Necesitaba sacarlos de allí. El agua seguía subiendo. Si no salían pronto de allí, se ahogarían. Nunca podría perdonarse no haberlos salvado. No podría seguir viviendo con semejante losa sobre su conciencia. Caminó en la oscuridad hasta llegar a una estancia irregular a la que un haz de luz iluminaba pobremente. La cueva parecía no tener fin. La voz de los niños seguía resonando en sus oídos, arrancando girones de su cordura ante la impotencia de no poder encontrarlos. Miró en derredor esperando encontrar alguna huella, algún signo de que estaban allí. El agua del mar se movía a sus pies. Pequeñas criaturas marinas jugueteaban alrededor suyo. Su mirada se detuvo de nuevo en un cangrejo, segura de que era el mismo que la había descubierto la cueva. Mientras lo miraba vio como crecía y se ponía de pié. Sus tenazas se transformaron en dos gráciles brazos y sus antenas dejaron paso a una cabellera morena que enmarcaba un rostro hermoso.

         Sus cerebro no podía creer lo que estaba viendo. No tenía tiempo para esas fantasías. Tenía que encontrar a los niños y salir de allí cuanto antes.

                   —Soy Metis.

         No podía ser. Aquella aparición fantástica la estaba hablando. La reina de los mares se erguía ante ella.

                   —No soy ninguna reina, solo soy una ninfa del océano.

                   —El océano está a treinta kilómetros por lo menos. No sé que está pasando, pero rescataré a mis niños y me iré. No te molestaré más.

                   —El océano te está mojando los pies ¿no lo ves?

         Algo volvió a crujir en su cerebro. Los engranajes que lo hacían funcionar se estaban desencajando. No podía fiarse de sus sentidos. No podía fiarse de su corazón.                      

                   —Dame la mano, Carmen. Has llegado a tu destino.

         Le dio la mano. Al sentir su piel escamosa supo que sus hijos estaban a salvo. Al sentir la humedad del mar en su cuerpo una paz infinita la invadió. En efecto, su destino estaba allí, al final de la escalera, al fondo de la cueva.

 

 


 

         La luz del faro dejó de parpadear y aquella noche volvió a ser clara y nítida, como siempre. La luz de Carmen alumbraría durante años aquella planicie seca y árida, cuyo antiguo acantilado reclamaba la atención de su próxima víctima. Un viejo anillo rodó desde la puerta del faro hasta quedar en medio del sendero. Seguramente alguien lo encontraría, antes o después.

 

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

SEPTIEMBRE:
Objetivo 7: Cuenta una historia marítima o que involucre un faro.
Cuentos y leyendas L: El lobo y los siete cabritillos.
Criaturas del camino V: Hadas (hada del océano y Oceánide)
Objetos ocultos: 15 una gamba y 18 un cangrejo.
Además: milpalabrista ( 1943 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina.

Gracias por leer hasta aquí.

Déjame tu comentario para saber si este relato te ha gustado o no. Prometo contestar.

jueves, 27 de agosto de 2020

EL ROCK DEL VERANO

 Yaaaaa lo se, no me he podido resistir a hacer un rock del verano porque lo cierto es que Georgie Dan está bastante caducado ¿no? Si, y porque el rock me vibra en las venas, que se le va a hacer. Perdonad la cantación, pero los medios técnicos no son lo mío. (Ni la voz, no disimules)


No quiero distraeros con dialéctica, aquí la teneis. Pinchando en el enlace rosa podéis escucharla.


EL ROCK DEL VERANO



EL ROCK DEL VERANO

Voy a comprarme un boligrafo

para seguir la escribición

con las opciones que plantea el origireto

me he inventado esta canción.

 

Elegir un objetivo es complicado tendre que hacer un sorteo

si quiero ganar todos los puntos tengo también que incluir un cuento

y que salgan criaturas como dragones, sirenas y hechiceros

con las manos llenas de arcoiris, de ballenas y flamencos.

 

Por un poco más que los pelos

lo cuelgo y puedo tuitear

así yo no me llevaré el cangrejo

porque Kalen viene detrás.

 

¡Es el origireto un proyecto bestial!

donde nuestro reto es no procrastinar

Es la gamba el gran logro que quiero ganar

tambien el botijo y daga de cristal.

 

En el chat te cortarán la idea guay stiby y Kat

porque hay normas a tutiplen

tendré que recurrir a Brayan mi abogado fiel

y hacer la rebeldía con él.

 

Cuando RJRandom llega y dice que él ha subido relato

Marga, Isa, Kam, Alicia, Shu y Erica también hace rato

Juan se lo ha currado y afirma que también ha subido uno

la que va en cabeza es Stiby que no ha subido ninguno.

 

¿Y ahora yo cual recomiendo?

La mayoría están muy bien

tengo que publicar antes que Kalen

porque el cangrejo es para él.

 

¡Es el Origireto un proyecto bestial!

donde nuestro reto es no procrastinar

Es la Gamba el gran logro que quiero ganar

tambén el botijo y daga de cristal.

 

Kat hace un evento en verano y todos cantamos…Roberto Brasero tiembla

se agarra fuertemente a las isobaras porque viene la tormenta

nos desgañitamos y entonamos como angeles del infierno

la tormena será grande y nos va a arrastrar a todos al averno.

 

Y si publicas el primero

el cohete te llevarás.

Tienes que publicar antes que Kalen

¡Es el cangrejero oficial!

 

¡Es el Origireto un proyecto bestial!

donde nuestro reto es no procrastinar

Es la Gamba el gran logro que quiero ganar

tambén el botijo y daga de cristal.


Aquí os dejo la versión original, que es pistonuda. Espero que el Reno Renardo me perdone por destrozarla:



Este espanto está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí



lunes, 10 de agosto de 2020

UN MUNDO PARA EL OLVIDO

 

UN MUNDO PARA EL OLVIDO

     Me he propuesto en esta entrada dar mi opinión acerca de “Un mundo para el olvido”, de Dioni Arroyo, sin destripar la trama para que aquellos que os animéis a zambulliros en esta sorprendente novela no me cojáis manía por estropearos el final.

    Dioni Arroyo es uno de los más destacados autores de género que ha dado Castilla y León  en los últimos años. Desde mi prisma personal destacaría sus obras “Fractura” por su crítica a prácticas productivas destructivas con el medio ambiente y “Fracasamos al soñar”, primera novela de sus Crónicas Cibernéticas en la que trata los dilemas éticos y morales del transhumanismo.

    Aunque si lees el resto de sus obras descubrirás un interesante universo de ciencia ficción que no te dejará indiferente.

    En esta ocasión Dioni, de la mano de Nowevolution  Editorial , nos propone un título en el que ya desde  la portada te invita a sumergirte (y nunca mejor dicho) en una historia de amor a la vida y al entorno, que incluye además un extraño triángulo amoroso en dos fases de la mano de Alex,  el personaje principal, otorgando al tiempo la categoría de ser un personaje más de la trama. ¿Tantas cosas en solo 156 páginas? Pues sí. Un mundo para el olvido es una novela que mezcla un inquietante futuro hipotético donde la raza humana ha sucumbido a su propio egoísmo y estupidez en el planeta en el que habitamos con elementos tan míticos de la ciencia ficción como la colonización de otros mundos, donde, dicho sea de paso, deja en evidencia la naturaleza poco generosa y respetuosa del ser humano, siempre buscando su propio beneficio.


    Nos presenta un mundo arrasado por el calentamiento global  que obliga a buscar alternativas habitables que es  bastante cruel  a nivel humano. El sistema económico domina la producción y explotación de recursos hasta su extinción, minimizando hasta casi su desaparición la moral, la ética y el respeto por el medio ambiente. Narrado desde un punto de vista un tanto autobiográfico y crítico pero dejando abierta una ventana a la esperanza.

    En esta novela trata las relaciones interpersonales como una obligación vigilable  y controlable por el poder, al más puro estilo de Aldous Huxley en su “Un mundo feliz” o de Orwell en “1984”. Unas relaciones humanas marcadas por su convivencia con una forma vegetal que es la verdadera protagonista de la historia, y que expone desde las primeras páginas como la presencia humana en el planeta Algae no será beneficiosa ni para el planeta ni para los humanos. Dioni nos explica en esta novela la naturaleza frágil de nuestros cuerpos y nuestras conciencias poniéndonos como evidencia al protagonista, Alex, y como los agentes externos, en este caso una clase de algas, pueden desencadenar historias insólitas y verdaderamente preocupantes. Nos cuenta como la maldad y la avaricia humanas no tienen límites en algunas personas pero también como hay otras que aún tienen sentido de lo que es correcto y que intentan marcarse un objetivo vital donde el amor pueda ganar la partida. Todo ello salpicado por enormes avances tecnológicos que nos hacen replantearnos la vida tal y como la conocemos y  nos generan la duda de hasta donde se ha llegado ya con la investigación y la experimentación en el ámbito neuronal.

    Una novela que recomiendo leer, ya que se lee en dos ratos porque la historia fluye como un río de principio a fin, y aunque el final queda para mi gusto un poco atropellado, te lleva hasta las últimas páginas manteniendo la duda de si Alex tomará la decisión correcta con su vida. Y una vez tomada te hace pensar si realmente esa era la mejor opción.

viernes, 31 de julio de 2020

PECADO

        PECADO          

                    —Amén.

                   —Amén.

         Recitamos todos al unísono. Para mí solo eran palabras huecas, pero mi hermana estaba segura de que iría al infierno si no cumplía con todos los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Siempre tan preciosa, con su larguísima melena recogida en una recatada trenza que se enroscaba formando un moño monumental y sin embargo, siempre asustada de la vida.

         Cuando la conocí era una preciosa niña de siete años, con vestido de callos, calcetines y dos coletas rubias con enormes lazos. Tenía la dulce mirada de la inocencia y una piel blanca como la leche. Su madre la traía de la mano cuando llegó a la estación a recogerme. Por aquel entonces yo tenía el aspecto de un mozalbete de doce años, alto, flaco, desgarbado y con unos pantalones demasiado cortos para mi estatura. Gothel me miró de arriba abajo apretando los labios mientras sujetaba con fuerza la mano de Raquel, que la miraba con miedo a quejarse, seguramente temiendo una reprimenda si abría la boca.

                   —Vamos.

         Esa fue la única palabra que dijo aquella mujer a la que nunca conseguí llamar mamá. Estuvimos caminado durante más de media hora hasta llegar a un pequeño piso del centro de Madrid. Gothel abrió y volvió a hablar.

                   —Límpiate bien los pies en el felpudo antes de entrar.

         La mirada que me dedicó era fría como el hielo. Miré a mi nueva hermana buscando algo de complicidad, pero ella ya había pasado y se había metido en una de las habitaciones. Gothel me mostró donde estaban el baño y al cocina. Después abrió la puerta de un diminuto cuarto que por todo mobiliario tenía un jergón, un pequeño armario y un reclinatorio. Nunca había visto uno de esos en una casa.


                   —Cenamos a las ocho y media. Aséate antes de ir a la mesa. Puedes deshacer tu…—miró con desprecio mi pequeña mochila—equipaje, y descansar un poco del viaje. Aprovecha para agradecerle a Dios haberte permitido realizarlo sin contratiempos.

         Así de fría y distante se mostraba siempre aquella bruja conmigo. Se dirigía a mi siempre por mi nombre: Alex. A la pequeña la llamaba “cariño”, masticando la palabra, que de sus labios sonaba como una maldición.

         Las normas en aquella casa eran de una rigidez castrense: se bendecía la mesa antes de cada comida,  se acudía a misa todos los domingos y fiestas de guardar y se miraba que toda la ropa cubría convenientemente todo lo que debía cubrir, incluso durante los asfixiantes veranos de Madrid. La religiosidad lo impregnaba todo en aquellas habitaciones presididas por crucifijos y cuadros de la Virgen María.

                   —No cariño, no irás a ninguna fiesta.

                   —Pero cumplo catorce años y nunca he ido a ninguna. Mis amigas me han organizado una fiesta de cumpleaños.

                   —Esas fiestas son nidos donde el pecado y la lascivia se incuban y crecen. No irás. Es mi última palabra.

         Raquel, que había vivido toda su infancia bajo los férreos preceptos de su madre entornó los ojos mientras avanzaba por el pasillo camino de su cuarto. Con el tiempo mi relación con ella no era “de hermanos”, pero habíamos alcanzado cierto grado de complicidad, así que esperé a que Gothel se sentara de nuevo en su butaca para rezar el rosario y me acerqué al cuarto de la niña.

                   —Soy Alex, ábreme la puerta, por favor.

                   —Vete. Si mamá te pilla en mi cuarto nos matará a los dos.

                   —Solo me iré si me garantizas que vas a estar bien.

                   —Rezaré un rosario para calmar mi soberbia. He cometido un pecado desafiando a mi madre, a quien debería honrar.

                   —Si te hace sentir mejor te acompañaré mañana a la iglesia para que puedas confesarte.

         No sabía que otra cosa podía hacer, porque acompañar a Raquel a la iglesia era de las pocas cosas que podíamos hacer juntos sin que Gothel estuviera presente. A pesar de que yo ya había cumplido 19 años, las normas no se habían relajado ni un poco. En algunos aspectos se habían recrudecido. Yo recordaba con nostalgia los años vividos con mi padre: con él la vida era más lógica y yo podía entenderla sin tener que leer la biblia en busca de respuestas. Lo extrañaba mucho, y estaba dispuesto a volver a buscarlo en cuanto lograra poner a Raquel a salvo de Gothel, que vigilaba cada minuto de su vida.

         Por desgracia para nosotros, Gothel había sido la que había determinado que Raquel debía acudir a la iglesia al día siguiente para pedir perdón por sus pecados, así que allí estábamos los tres, rezando a un dios en el que yo nunca había creído. Mi fingida devoción satisfacía a la bruja mientras ignoraba mis verdaderos sentimientos. Si llegaba a saber que yo en realidad nunca había creído en su Dios seguramente me habría echado de casa, pero mi engaño llevaba cinco años dando resultados. Necesitaba mantenerme al lado de Raquel, desde el primer día había visto el miedo en el fondo de su mirada y no podía resistirme a rescatarla de una vida que no merecía.

         En aquellos cinco años que habíamos compartido casa, Raquel y yo no habíamos tenido más de dos o tres ocasiones para poder jugar a solas o hacer algún puzle. Gothel era omnipresente y no quitaba el ojo de encima nunca a su pequeña princesa, aunque los mimos en aquella especie de hogar siempre habían brillado por su ausencia la vigilancia y al rigidez eran el pan nuestro de cada día.

         Me asfixiaba en aquel ambiente cargado de santos y rezos, como si tuviera una ballena sobre mi pecho impidiéndome respirar,  pero no podía dejar allí a aquella preciosa niñita que era cautiva de una educación retrógrada y sin sentido para mí. Me propuse salvarle y darle una oportunidad de vivir una vida sin semejantes ataduras. Pero ella no parecía sentirse encerrada… al menos hasta que su madre le prohibió la fiesta de cumpleaños con sus amigas. Raquel no sabía lo que era una fiesta de cumpleaños. La única celebración que habían tenido sus onomásticas hasta entonces se habían compuesto de soplar las velas sobre un bizcocho que su madre cocinaba y que siempre estaba excesivamente seco, como su corazón.

         Estaba acabando la misa cuando Raquel me miró de reojo. Capté su mirada y entendí que estaba buscando una ventana para poder respirar, así que le devolví una mirada de confianza para que supiera que podía contar conmigo pasara lo que pasara.

         Cuando el sacerdote ordenó que nos diésemos la paz, sujeté la mano de mi hermana un segundo de más, sin llamar la atención de Gothel. Quería darle la seguridad suficiente para poder emprender la huída hacia adelante. Yo tenía unos pequeños ahorros que había logrado juntar trabajando como mozo en un almacén. No era una gran cantidad puesto que casi todo el dinero se lo quedaba la bruja para los gastos de la casa, pero sería suficiente para comprar un par de billetes de tren y regresar a casa de mi padre. No sabía si lo encontraría allí, pero de lo que estaba seguro era de que encontraría el modo de vivir dignamente y lograr que Raquel tuviera una vida normal.

         Cuando salimos de la iglesia, Gothel se retrasó para hablar con don Braulio, el joven sacerdote, y agradecerle su sermón, como solía hacer. Raquel y yo esperábamos en la puerta a que saliera para regresar a casa.

         Me acerqué un poco más a mi hermana y le hablé en un susurro. Su madre tenía oídos en todas partes y esa vez era de vital importancia que no oyera lo que iba a decir.


                   —Raquel, nos vamos.

         Me miró desconcertada. Creo que no entendió mi propuesta.

                   —Solo tenemos unos pocos minutos. Ven conmigo y te librarás de esta cárcel en la que vives. Iremos a casa de mi padre y buscaremos un futuro en el que puedas celebrar tus cumpleaños con tus amigas.

         Raquel seguía mirándome con los ojos como platos. Sabía que la había cogido por sorpresa, pero en aquella casa nuestra comunicación era imposible así que era ahora o nunca. Agarré su mano y comencé a caminar, seguro que de ella me seguiría, pero nuestros brazos se estiraron cuando ella no se movió del sitio.

                   —Raquel, tenemos que irnos ahora. Ahora o nunca.

         Pero ella no se movió del sitio. Busqué una respuesta en sus ojos y me di cuenta de que su inocencia ya no estaba allí. No entendía nada.  Su mirada era intensa y estaba llena de miedo. Sin embargo algo me decía que estaba dispuesta a enfrentarse a ese miedo. Tiró de mí hacia el interior de la iglesia.

                   —No, Raquel. Vámonos. No puedo creer que quieras seguir viviendo en este infierno. Vámonos ahora.

                   —El infierno es para los pecadores.

         Me dejé arrastrar dentro del templo. Un rumor extraño ensuciaba el sagrado silencio. Caminamos sigilosamente hasta el altar, en cuyo lateral estaba la puerta de la sacristía. El sonido de unos gruñidos era cada vez más evidente. El miedo en los pasos de mi hermana, también. La puerta de la sacristía estaba entreabierta y por la ranura que quedaba podía verse parciamente el interior. No podía creer lo que estaba viendo.

                   —No puede ser ¿desde cuándo lo sabes?—Le pregunté a Raquel. Ella se arremangó las mangas del vestido para mostrarme sendas cicatrices en sus muñecas.

                   —No quiero ser como ella.

         Empujó la puerta, que se abrió con un chirrido y pude ver . Los ojos de Gothel brillaron desorbitados y llenos de ira mientras la sangre del sacerdote escurría de su boca. Ni todas las oraciones del mundo podrían librarla nunca de sus raíces paganas ni de ser lo que era.

Este relato está enmarcado en el reto de escritura #Origireto2020 organizado por Kat y Stiby. Podeis consultar las bases y apuntaros en sus blogs clickando aquí  o aquí

JULIO:
Objetivo 3: Escribe una historia basada en la religión
Cuentos y leyendas B: Rapunzell.
Criaturas del camino III: Wendigo.
Objetos ocultos: 4 una ballena y 7 una docena.
Además: milpalabrista (1606 palabras), doble dragón por relato de fantasía, rosa insolente por protagonista femenina y creo que no me dejo nada.

Gracias por leer hasta aquí.
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